lunes, 8 de junio de 2015
La escuela creyente y la violencia de género: La opción preferencial por los más vulnerables socialmente (Pro Eduardo Casas, Coordinador General de la Pastoral del Colegio Gabriel Taborin)
La toma de conciencia ciudadana producida por el emergente de las mujeres convertidas en víctimas de la violencia feminicida nos tiene que preocupar socialmente y nos debe llevar a una lectura de fe comprometida con los más vulnerables socialmente. La dignidad humana de cualquier persona es la base inalienable –como derecho y deber básico- para el tratamiento de temas tan complejos y delicados como el que abordamos. Para aquellos que tenemos fe, la dignidad humana tiene, a su vez, un fundamento trascendente que escapa al mero hecho sociológico.
La fe cristiana sostiene que nuestra dignidad está sustentada en que Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza. Hay, por lo tanto, un sello divino escondido en la condición humana, una marca indeleble, un "tatuaje" divino en el corazón que nos remite a contemplarnos como un "reflejo" en el espejo de Dios. En la persona, todo lo humano es sagrado.
Nuestra fe no sólo sostiene que somos creados a imagen y semejanza divina sino que hasta el mismo Dios se ha hecho hombre, se ha humanado. Jesús es verdaderamente Dios y hombre a la vez. Su divinidad no rechazó nuestra humanidad. Al contrario, la asumió plenamente.
Toda persona –para los creyentes cristianos- es, en sí misma, un misterio de dignidad, una creatura hecha a imagen y semejanza de Dios, un valor sagrado inviolable, una memoria viviente de que nuestro Dios se ha hecho humano, compartiendo nuestra suerte, especialmente la de los más vulnerables e indefensos. Él mismo asumió ese destino al morir como un crucificado.
La violencia humana es tan vieja como el mundo. Va adquiriendo nuevos y lamentables rostros según los contextos históricos. Jesús, de alguna forma, fue víctima de un engranaje humano perverso que lo llevó a la muerte. Las razones de su condena fueron político-religiosas pero, sin duda, se constituyó en una víctima inocente del mayor maltrato al que una persona haya podido estar sometida.
Toda violencia, abuso, explotación, exclusión, maltrato y esclavitud –para cualquier fin- es un hecho humano y social que nos degrada como especie.
La escuela creyente forma personas en una concepción integral de vida y valores, contribuyendo a la creación de una conciencia ciudadana crítica. No puede estar al margen de las problemáticas sociales emergentes que nos ponen a todos –personas, familias y escuelas- en situaciones de riesgo e inseguridad jurídica y civil.
Educarnos y formarnos es una manera preventiva, que tenemos como sociedad, de aportar concretamente algo para la erradicación de estos flagelos sociales que nos convierten a todos –y a algunos más que a otros- potencialmente en víctimas.
No podemos vivir con miedo. La solución está en que todos –cada uno desde su propio lugar de incumbencia personal o profesional- ayuden a crear conciencia, a denunciar, a aportar y construir para que la persona humana nunca sea reducida a la cosificación y al maltrato.
Mientras siga ocurriendo esto, tenemos –como sociedad- mucho que trabajar y nosotros, como educadores, mucho que aportar y si somos creyentes, no podemos, de ninguna manera, retirarnos del compromiso humano, social y evangelizador que nos compete.
La escuela es custodia de las personas y de la vida en todas sus formas. Cuida al ser humano desde la primera infancia, lo acompaña en su desarrollo de la niñez y la adolescencia, lo sostiene en la juventud y en la adultez. La escuela, caja de resonancia social de todo sin excepción -lo valioso y lo deshonroso- nos tiene que ayudar a ser mejores personas. Sino ocurre esto, la educación fracasa.
A la escuela le interesan todas las cuestiones sociales porque le importan las personas y su educabilidad. Todo lo que hace una escuela es para ayudar a dignificar. Educar es potenciar y desarrollar la mayor calidad humana posible que existe en el patrimonio de una sociedad.
viernes, 1 de mayo de 2015
lunes, 16 de febrero de 2015
Mensaje de Cuaresma 2015 del Papa Francisco
MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CUARESMA 2015
Fortalezcan sus corazones (St 5,8)
Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.
Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.
La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.
Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.
El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.
1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia
La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen “parte” con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.
La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).
La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.
2. « ¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades
Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).
Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.
En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).
También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.
Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.
Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.
Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.
3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente
También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?
En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.
En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.
Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.
Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.
Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: “Fac cor nostrum secundum Cor tuum”: “Haz nuestro corazón semejante al tuyo” (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.
Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.
Vaticano, 4 de octubre de 2014
Fiesta de san Francisco de Asís
Franciscus
Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2015
Pistas para su lectura
JUAN PABLO ESPINOSA ARCE
Magíster© en Teología (PUC Chile)
Licenciado en Educación Profesor de Religión y Filosofía (UCM Chile)
juanpablo.231190@gmail.com
jpespinosa@puc.cl
Como es ya tradición, el Papa Francisco envía a la Iglesia su mensaje de Cuaresma, como una forma de ir preparando el corazón para vivir este tiempo litúrgico de preparación a la Semana Santa y a las Fiestas Pascuales. El título del mensaje para este 2015 es “Fortalezcan sus corazones” (St 5,8).Lo que queremos hacer en esta columna es ofrecer algunas pistas para su lectura, identificando los temas principales que Francisco aborda y cuáles son los desafíos para la vivencia eclesial de la Cuaresma. A nuestro juicio lo presentado en el mensaje no se limita a los cuarenta días previos a la Semana Santa sino que constituyen una oportunidad para que como cristianos podamos estar en conversión y renovación permanente, como ha sido el deseo de la Misión Continental y de Aparecida.
En primer lugar presentaremos el esquema del Mensaje.
1. Presentación
2. Pasajes bíblicos para la renovación del Pueblo de Dios
2.1 “Si uno mismo sufre, todos sufren con él” (1 Co 12,26) – La Iglesia
2.2 “¿Dónde está tu hermano? (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades
2.3 “Fortalezcan sus corazones” (St 5,8) – La persona creyente
Francisco presenta tópicos recurrentes en sus mensajes, Exhortaciones Apostólicas o Encíclicas. Uno de ellos es presentar la Encarnación del Verbo como centro de la historia de la Salvación, fundamento del cristianismo y sentido de la Iglesia. En el caso del mensaje para la Cuaresma 2015, la Encarnación aparece contrapuesta con la indiferencia, y más aún con la llamada globalización de la indiferencia, concepto que aparece dos veces. ¿Cuáles son las características de este fenómeno mundial?:
- Nos olvidamos de los demás.
- No nos interesan los problemas de los otros, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen.
- Experimentamos una actitud egoísta y un malestar global.
- Nos cerramos en nosotros mismos.
- Hay dureza del corazón y vivencia del odio.
Ahora bien ¿cómo se manifiesta la Encarnación en el contexto de la globalización de la indiferencia? ¿Tiene algo que decir el Dios encarnado en Jesucristo a una sociedad opaca y fragmentada (Documento de Aparecida)? La Encarnación lo que viene a hacer es humanizar una sociedad deshumanizada, en palabras de Francisco “la Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad”.
Si la sociedad propone la indiferencia como paradigma de comprensión y de fundamento de las relaciones interpersonales, la Encarnación constituye un elemento que unifica y da sentido a nuestra historia humana, esto porque este Misterio constituye, a nuestro juicio, un proyecto de humanidad. Algunas de las características que Francisco plantea para significar la Encarnación como superación de la indiferencia son:
- “Dios no es indiferente a nosotros, sino que está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos”
- “Cada uno de nosotros le interesa (a Dios); su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede”
- Dios Padre nunca se olvida de nosotros ni tampoco es indiferente al mundo “hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre”
- “En la Encarnación se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre”
Ahora bien, y si “la Cuaresma es un tiempo de renovación (…) un tiempo de gracia” ¿quiénes deben renovarse? El Papa Francisco hablará de toda la Iglesia como sujeto de renovación, y lo hace bajo la comprensión de Pueblo de Dios. Se habla de la Iglesia como tal porque es toda ella la que necesita renovarse. Francisco sostiene “cuando el Pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente” y más adelante se lee “el pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo”. La Iglesia no necesita recetas mágicas para poder convertirse, sino que debe únicamente ser fiel y escuchar atentamente al Dios que habla, y que lo hizo de manera radical en Jesucristo por medio de la Encarnación.
El tema de la escucha es también recurrente en el Magisterio del Papa Francisco . Así él nos dice “necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan” en otro lugar “la Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios”. Que Francisco hable de los profetas no es algo ingenuo, ya que ellos tienen una función social y política que denuncian justamente esta indiferencia que el hombre tiene o con Dios o con los hermanos. En Cuaresma se vuelve necesaria una Iglesia más profética que despierte al mundo dormido en la globalización de la indiferencia.
El último tema que queremos considerar en estas pistas de lectura del Mensaje de Cuaresma que hemos querido proponer es el tema de la índole escatológica de la Iglesia que Francisco está leyendo desde el Capítulo VII de la Constitución Lumen Gentium sobre la Iglesia en el Concilio Vaticano II. Sobre la índole escatológica de la Iglesia se dice que:
- La Iglesia es communio sanctorum, comunión de los santos tanto por la participación de los santos como por la comunión con cosas santas.
- Lo escatológico de la Iglesia permite, a juicio de Francisco, “superar los confines de la Iglesia en dos direcciones”
1. Unirnos a la Iglesia del cielo en oración.
2. Vivir como Iglesia en salida asumiendo que la naturaleza de la misma Iglesia es ser misionera.
La Iglesia en salida se actualiza en las comunidades y parroquias, es decir, se sigue una eclesiología de la Iglesia particular propia del Concilio Vaticano II y de la Conferencia de Medellín del CELAM el año 68’. En la Iglesia local estamos llamados a vivir la alegría de la victoria de Cristo resucitado, la cual nos permite “superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón”. Sólo así haremos de nuestro corazón uno semejante al de Cristo, que es “fuerte y misericordioso, vigilante y generoso”.
La Cuaresma nos propone vivir la renovación desde el centro mismo de la Iglesia, desde las bases (parroquias y comunidades). Es todo el Pueblo de Dios que se sabe peregrino y escatológico que vive la alegría de la Pascua.
¡Buen camino cuaresmal!
jueves, 25 de julio de 2013
Discurso del santo padre Francisco a los jóvenes argentinos en Brasil
Discurso del santo padre Francisco a los jóvenes
“Gracias por el gesto. Yo le sugerí a quienes organizan el viaje si podría haber un lugarcito para encontrarme con ustedes. Y en un día y medio armaron todo. También quiero agradecer a ellos.
Quisiera decir una cosa: qué es lo que espero, como consecuencia de la JMJ. Espero lío… sabemos que en Río va a haber mucho lío, ¡pero quiero lío en las diócesis!. Quiero ver que la Iglesia se acerque a la gente, quiero que nos despojemos del clericalismo, lo mundano, el estar encerrados en nosotros mismos, en nuestras parroquias, colegios o estructuras, porque ellas son para salir.
Que me perdonen los curas y los obispos si algún comentario puede meterlos en líos. Es un consejo. Gracias. Miren, yo pienso que estamos presenciando una filosofía y una praxis de exclusión de los polos de la humanidad. Exclusión a ancianos, por supuesto, porque no se los cuida. Y exclusión de los jóvenes sin trabajo. ¡El índice de gente sin trabajo es muy grande!. No tienen experiencia de la dignidad que se gana por el trabajo. Esta civilización excluye a las dos puntas. Ustedes tienen que hacerse valer. Los jóvenes tienen que servir. Luchen por esos valores. Y los viejos, transmitan.
No claudiquen de ser la reserva cultural de nuestro pueblo y quienes transmiten la justicia, la historia, los valores, la memoria del pueblo. No se metan con los viejos. Déjenlos hablar.
Que Dios se haya hecho uno de nosotros es un escándalo. La cruz sigue siendo escándalo, pero es el único camino de salvación, desde la encarnación de Jesús. Por favor, no licúen la fe en Jesús. Hay licuados de manzana, naranja, pero por favor, ¡no tomen licuado de fe! ¡La fe es entera! Jesús es quien me amó y murió por mí. Hagan el bien, cuiden a los extremos del pueblo y no se dejen excluir. Y no licúen la fe en Jesús.
También las bienaventuranzas. Si querés saber qué cosas prácticas tenés que hacer, leé Mateo 25. Las bienaventuranzas y Mateo 25, y no necesitan nada más. Se los agradezco de corazón. Le agradezco la cercanía, y me da pena que estén enjaulados. Yo vivo un poco así, y se los confieso: qué feo es estar enjaulado. Gracias por acercarse, gracias por rezar por mí. Se los pido de corazón, necesito su oración. Les voy a dar la bendición y vamos a bendecir la imagen de la Virgen de Luján que va a recorrer misionariamente todo el país.
No se olviden: hagan lío, cuiden los dos extremos de la historia del pueblo y no licúen la fe.
viernes, 8 de marzo de 2013
Tiempo de Cuaresma
Gente: les paso material que les pueden interesar:
* Para motivar el tiempo de Cuaresma: acabo de descubrir un hermoso video con una bonita canción, aunque poco conocida, de Luis Guitarra. La canción se titula "Siempre junto a tí" y, desde mi modesta opinión, refleja la confesión de fe del autor que, a la vez, es una invitación a seguir a Jesús en la vida y en la cruz, dando nuestras capacidades y nuestro amor allí donde hagan falta para que el ser humano viva su vida con dignidad.
Además, el video tiene diversas imágenes, del estupendo dibujante cristiano conocido por Fano, que van siguiendo la letra de la canción, poniendo imagen al mensaje de la misma, ayudándonos a comprender que el amor de Jesús es desinteresado y sincero, pues lo da todo, hasta la vida, sin esperar nada a cambio, pero es precisamente ese amor el que hace que el hombre descubra cuál es el camino de la felicidad.
Sirve para iniciar en clase, quizás, un diálogo sobre los caminos que tiene el ser humano para ser feliz, aunque para el autor de la canción parece que sólo hay uno ¿Cuál será?
https://www.youtube.com/watch?v=1NiRi_9CaYs&feature=player_embedded
* Les dejo aquí la letra:
Siempre junto a ti
Cuando estés cansado, yo te ayudaré.
Cuando todos huyan, yo me quedaré.
Juntos en la vida, juntos en la cruz,
siempre junto a tí, Jesús.
Clavarán tus brazos, clavarán tus pies.
Yo estaré a tu lado, te acompañaré.
Te daré mis manos y mi corazón,
te daré todo mi amor.
No hay otra manera, no hay ninguna opción.
Ese es el camino de la salvación.
Al morir por otros, siempre vivirás,
Dios te resucitará.
Cuando estés cansado, yo te ayudaré.
Cuando todos huyan, yo me quedaré.
Juntos en la vida, juntos en la cruz,
siempre junto a tí, Jesús.
Clavarán tus brazos, clavarán tus pies.
Yo estaré a tu lado, te acompañaré.
Juntos en la vida, juntos en la cruz,
siempre junto a tí, Jesús,
siempre junto a tí, Jesús.
(letra y música: Luis Guitarra)
miércoles, 28 de noviembre de 2012
La crisis del clero
Les paso un artículo interesante sobre La crisis del clero
del teologo José M. Castillo
Adital
nov212012
La noticia circula por la red. Y es tema de cometarios preocupados y preocupantes. Se trata de esto: por cada 10 sacerdotes que mueren en Europa, se ordena de presbítero 1 seminarista.
A este paso, si no se produce muy pronto un milagro impensable, ¿qué futuro le espera a la Iglesia en el continente donde reside el centro de la cristiandad y que ha difundido la fe por todo el mundo? Insisto: si las cosas no cambian muy pronto, de aquí a diez años, el catolicismo será un residuo histórico, una curiosidad del pasado, reducida a casi nada, y que se recordará como ahora recordamos los tiempos antiguos, cuando a los herejes se les quemaba en la plaza pública o los esclavos se compraban en el mercado.
Por supuesto, es posible que estas estadísticas no se ajusten exactamente a la verdad de los hechos, por igual y en todas partes. Eso, sin duda, puede suceder. Y seguramente sucede. De hecho, el Vaticano y la Conferencia Episcopal difunden, de vez en cuando, informaciones que aseguran un aumento de vocaciones en la Iglesia. Y puede ser que, algún que otro año, eso sea cierto. En todo caso, hay hechos que nadie me puede negar. Hace más de quince años, hablé detenidamente con un sacerdote francés que, ya entonces, me dijo que era párroco de cuarenta parroquias.
Y conste que, ante mi asombro, me insistió: "Sí, ha oído Usted bien. Hablo de cuarenta parroquias”. Y añadió: "A lo más que alcanzo, los fines de semana, es a poder decir siete misas”. Ahora, hace pocos días, un cura amigo, que ha estado en la vendimia del sur de Francia, con trabajadores de su pueblo, me contaba la impresión que le ha hecho ver que los párrocos son casi todos africanos, venidos del Congo, o rumanos que han huido de la penosa situación de su país.
Las consecuencias, que todo esto arrastra, le llaman la atención a cualquiera. Por ejemplo, es notable la cantidad de iglesias y conventos que se están vendiendo, en Alemania, Holanda, Austria, Francia…, para dedicarlos a centros comerciales, salas de cultura, almacenes, hoteles, etc. En la mayoría de los conventos, lo que predomina son los ancianos y ancianas, mientras que los noviciados se han agrupado porque ya quedan pocos y además están medio vacíos. Y conste que los síntomas, que se palpan en Europa, se empiezan a notar en otros continentes, por ejemplo, en no pocos países de América Latina. Hoy, con el exceso de información que funciona por todas partes, este tipo de fenómenos nunca son estrictamente locales.
¿Quiere decir esto que la Iglesia se hunde y desaparece? No. Lo que quiere decir, por lo pronto, es que el tipo de sacerdotes, obispos y papas, que viene teniendo la Iglesia, desde hace un siglo, ya no sirve para estos tiempos y para la cultura dominante. Pienso que esto no es una hipótesis. Es un hecho, que ahí está, a la vista de todos. Es más, no se trata sólo del tipo de personas que ocupan esos cargos. El problema está en los cargos mismos. Quiero decir: la Iglesia se tiene que organizar de otra manera. Se les tiene que dar más poder de participación a los laicos. Más presencia a las mujeres. Más autoridad a las Conferencias Episcopales en el gobierno general de la Iglesia.
La Curia Romana tiene de cambiar de manera radical. El poder supremo, en la Iglesia, no puede seguir concentrado en un solo hombre, el papa. Está visto que de esa manera la Iglesia no puede ni aceptar en ella el complimiento de los derechos humanos. Muchos menos, el Evangelio. Por supuesto, debe modificarse el sistema económico de las diócesis y del Vaticano, que, cuanto antes, debe dejar de ser un Estado. Tiene que pensarse muy en serio si lo mejor para la Iglesia es mantener esa forma de presencia de pompa y boato que lleva consigo cualquier obispo, cualquier cardenal y no digamos si es que hablamos del Vaticano y del papado.
Todo eso, tal como lo ve la gente, no se parece, prácticamente en nada, a los que leemos en el Evangelio. Mientras la Iglesia no afronte en serio estas cuestiones, esto no tiene arreglo. Y, además, le queda poco tiempo. Sin olvidar que ninguno de los cambios, que acabo de mencionar, son cuestiones que tienen que mantenerse porque son verdades obligatorias de la fe cristiana. Todo lo contrario, si es que nos atenemos a la forma de vivir que escogió Jesús, tal como la relatan los evangelios.
¿Qué vendrá después, si lo que tenemos se hunde del todo? ¡Cualquiera lo sabe!
[Fuente: Blog Teología sin censura].
lunes, 20 de agosto de 2012
El buen samaritano
Les comparto una parábola para trabajar con chicos y grandes: El buen samaritano
Un hombre bajaba hacia Jericó y en medio camino el pobre topó con unos ladrones que sin compasión le dieron de palos hasta que cayó...
¡Sáquenme de aquí que estoy medio muerto, no quiero morir en este desierto! a
Ayuda pedía sin saber a quién pasó un sacerdote de Jerusalén fingió no escucharle aunque oyó muy bien y haciendose el sordo se alejó de él.
¡Sáquenme de aquí que esto mal herido, no quiero morir en este camino!
Al cabo de un rato se acerca un levita y viendo al herido que le solicita dando un rodeo el encuentro evita, apresura el paso y se pierde de vista.
¡Sáquenme de aquí que estoy medio muerto, no quiero morir en este desierto! a
Asertó a pasar un samaritano que es un extranjero allí despreciado. Al ver las heridas de aquel pobre hermano se compadeció, le tendió la mano. Curó sus heridas con aceite y vino, con mucho cuidado lo subió al colino. En una posada del pueblo vecino lo dejó encargado y siguió su camino.
Díganme quién fue del prójimo hermano: si fue el sacerdote o el samaritano. O si fue el levita...¿cuál fue el más humano?
jueves, 19 de julio de 2012
Un cuento sobre la amistad y el perdón
LOS CLAVOS EN LA PUERTA
Hubo una vez un niño que tenía muy mal genio.
Su padre le regaló una caja de clavos y le dijo que cada vez
que perdiera el control tenía que clavar un clavo en la
Parte trasera de la puerta
El primer día
El niño había clavado 37 clavos en la puerta.
Durante las próximas semanas,
como había aprendido a controlar su rabia,
la cantidad de clavos comenzó a desminuir diariamente.
Descubrió que eras más fácil controlar su temperamento que
clavar los clavos en la puerta.
Finalmente llegó el día en que el niño no perdió los estribos.
Le contó a su padre sobre ésto y su padre
le sugirió que por cada día que se pudiera controlar
Sacara un clavo
Los días transcurrieron y el niño finalmente
le pudo contar a su padre que había sacado
todos los clavos
El padre tomó a su hijo de la mano
y lo llevó hasta la puerta. Le dijo: “Haz hecho bien,
hijo mio, pero mira los hoyos en la puerta.
La puerta nunca volverá a ser la misma.
Cuando dices cosas con rabia,
dejan una cicatriz igual que ésta.
Le puedes clavar un cuchillo a un hombre
y luego sacárselo. Pero no importa cuántas
veces le pidas perdón, la herida siempre seguirá ahí”
Una herida verbal es tan dañina como una física.
Recuerda que los amigos son joyas muy escasas.
Te hacen reir y alentarte para que progreses; te prestan
un oído, comparten palabras de aprecio y siempre
quieren abrirnos su corazón
jueves, 29 de marzo de 2012
REFLEXIÓN SOBRE EL VIERNES DE SEMANA SANTA 2012
Les comparto un compilado de reflexiones sobre el dolor humano y su sentido desde la experiencia cristiana ( Basado en artículos de Panigazzi, Mariani y grupo Renacer).
EL SENTIDO DEL DOLOR
Nos enfrentamos en esta semana a uno de los misterios de la vida: la muerte y el dolor humano. En particular nos centramos en la muerte de Jesús y lo recordamos especialmente el Viernes Santo.
En la tradición de la Semana Santa se suele insistir mucho en los dolores de Jesús. Se los suele colocar en el máximo de las posibilidades del ser humano. En realidad, en nuestro tiempo, podemos constatar dolores más horribles que los padecidos por Jesús: en las cárceles, en los países excluidos, en las torturas, desapariciones, discriminaciones, en la eliminación de personas con los métodos más crueles y a completa sangre fría.
La idea de que el dolor de Jesús “viene de arriba”, de que el Padre lo entrega para quedar satisfecho con su sacrificio por nuestros pecados, es contagiada del paganismo que mantenía el favor de los dioses contentándolos con sacrificios. De allí ha brotado entre los cristianos, una espiritualidad del sacrificio que muchas veces llega al masoquismo.
Por lo tanto, el sacrificio de Jesús no es por obediencia a la Voluntad de Dios, como si Él quisiera su muerte. Es por obediencia a la Voluntad de Dios, pero enfrentada a la voluntad del mundo, de los que viven de acuerdo al espíritu del mundo. Y es ese espíritu del mundo el que causa su muerte, no querida por Dios. La muerte de Jesús se explica por su historia y su propuesta. No por un “decreto de arriba” sino por “decisiones de abajo”: de los poderes de este mundo.
La bondad de Jesús abarcó toda la dimensión de la persona y por eso tuvieron que eliminarla. Su dolor es por y para nosotros. Y allí está su sentido profundo.
UN DIOS EXPULSADO DE LA HISTORIA
Una de las causas de la incredulidad y el ateísmo de nuestro tiempo es la no aceptación de que Dios pueda permanecer impasible ante tantas desgracias que se abalanzan sobre las personas, los inocentes tanto como los culpables y, a veces, hasta con ventaja de estos últimos. Tragedias como las de los terremotos, tsunamis, inundaciones que arrasan con vidas, los accidentes, la tragedia de Once…Todo esto lleva a la conclusión de que Dios no existe o al menos a la duda.
Hay otra manera de juzgar la realidad y es la que sugiere la Biblia. Dios entra en la historia a través del dolor. Por la pobreza, la persecución, la intranquilidad, el desamparo, el rechazo, la cruz. Por eso las bienaventuranzas proclaman el privilegio de los pobres y los que sufren. Porque abren paso a Dios en la Historia. Porque el sufrimiento es una puerta para que ese Dios de amor pueda entrar en la historia sin oprimir y sin suprimir al hombre.
El dolor, que es un modo muy intenso de compartir nuestras limitaciones, tiene en él un sentido de amor, porque es con, por y para nosotros. Es un dolor que él soporta durante toda su vida, ya que es un defensor de la causa del hombre y de la mujer, de su libertad, de su dignidad, de sus derechos y, por eso, molesto para los opresores, los aprovechadores, los soberbios, los excluyentes, los discriminadores de cualquier clase. Y esto causa su muerte.
EL SENTIDO DE NUESTROS DOLORES
Nos detenemos en ese sentido del dolor de Jesús, porque es fundamental para los cristianos. En la vida cristiana, el dolor que se soporta o se enfrenta es para ser consecuente con sus principios, para dar felicidad o defender el derecho de los demás. Ese dolor tiene sentido en sí mismo, porque está impulsado por el amor y supone una superación constante de nuestra debilidad y nuestros egoísmos.
Pero, también tenemos que preocuparnos de recuperar el sentido del dolor más vulgar y cotidiano. El que nos disminuye, nos desgasta, nos oprime, desde las injusticias irremediables, la desocupación, la enfermedad, la depresión psíquica, la pérdida de los seres queridos y otras tantas situaciones difíciles en que nos pone la vida.A veces, la solución se pone en la actitud resignada ante Dios que “si así lo dispone, será por algo” Y este razonamiento, aunque pueda causar resignación y así producir una paz aparente, constituye una verdadera ofensa a Dios, que se ha rebelado contra el dolor, y que quiere liberarnos y hasta ha sido capaz de “dar la vida por los amigos”.
La primera actitud ha de ser entonces recurrir a todos los medios para evitar el dolor. El propio y el ajeno. Nunca se puede pensar que uno se conforma mejor a la voluntad de Dios sufriendo que venciendo al dolor.
Pero, muchas veces esta lucha no conduce a una desaparición del dolor. Y entonces también, desde nuestras posibilidades humanas tenemos que buscarle sentido.
Hablamos en este caso de una situación en la que el sufrimiento no es tan tremendo y no nos anula la posibilidad de utilizar nuestras facultades. Mientras eso es posible, un primer sentido hay que encontrarlo en la solidaridad con los que sufren. No dejar que el dolor cierre nuestros ojos ni nuestros corazones al dolor de los demás. Sufrir con los que sufren, para comprenderlos, para buscar su alivio. Es casi una ley que quien no ha sufrido una cosa concreta no puede entender con algo de profundidad el sufrimiento de los demás y se considera superior o inmune. Aprovechar el sufrimiento para comprender, es ya un sentido muy importante para nosotros mismos y delante del Dios del amor. Así dice de Jesús la carta a los Hebreos: “que compartiendo nuestros sufrimientos, es capaz de comprendernos”.
POR Y PARA LOS DEMÁS
Cuando, a pesar del dolor, uno puede llegar a la conciencia de que su propio sufrimiento puede resultar fortaleza y aliento para los demás, cuando desde el propio dolor se traspasa el natural sentido de encerrarse en él y uno se preocupa por descubrir qué cosas pueden significar alivio para la situación de los demás, el dolor adquiere su sentido redentor asemejándose al de Jesús.
Muchas experiencias muestran que, aún en enfermedades incurables o situaciones terminales, la dedicación al servicio de otros ha constituido el principal alivio y hasta, en algunas oportunidades la curación de los propios males.
De todos modos, cuando el dolor no es suficiente para vencernos en nuestra disponibilidad afectiva y efectiva para acompañar a los que nos rodean, produce una compañía que es como una devolución aliviante para nuestros propios sufrimientos. Muchas veces la soledad de los que sufren puede deberse a su falta de disponibilidad para buscar la felicidad de los otros, o para aceptar su presencia y su buena voluntad para ayudar.
FRENTE A LA CRUZ DE JESÚS
El dolor de Jesús es plenamente con, por y para nosotros. En este camino se descubre sentido al sin-sentido del dolor humano. Con la lucha por evitarlo, acompañamos a ese Jesús que no fue indiferente ante ningún sufrimiento y curó a todos los que encontró en su camino. Con la solidaridad para compartir agrandamos nuestra dimensión interior y entramos en la comprensión de los dolores ajenos. Con la conciencia de que a nuestro lado sigue habiendo necesidades y colaborando desde el dolor y la limitación a la preocupación por solucionarlas, convertimos nuestra situación dolorosa en un modo de amor y así entramos de lleno en el sentido cristiano.
EL SENTIDO DEL DOLOR
Nos enfrentamos en esta semana a uno de los misterios de la vida: la muerte y el dolor humano. En particular nos centramos en la muerte de Jesús y lo recordamos especialmente el Viernes Santo.
En la tradición de la Semana Santa se suele insistir mucho en los dolores de Jesús. Se los suele colocar en el máximo de las posibilidades del ser humano. En realidad, en nuestro tiempo, podemos constatar dolores más horribles que los padecidos por Jesús: en las cárceles, en los países excluidos, en las torturas, desapariciones, discriminaciones, en la eliminación de personas con los métodos más crueles y a completa sangre fría.
La idea de que el dolor de Jesús “viene de arriba”, de que el Padre lo entrega para quedar satisfecho con su sacrificio por nuestros pecados, es contagiada del paganismo que mantenía el favor de los dioses contentándolos con sacrificios. De allí ha brotado entre los cristianos, una espiritualidad del sacrificio que muchas veces llega al masoquismo.
Por lo tanto, el sacrificio de Jesús no es por obediencia a la Voluntad de Dios, como si Él quisiera su muerte. Es por obediencia a la Voluntad de Dios, pero enfrentada a la voluntad del mundo, de los que viven de acuerdo al espíritu del mundo. Y es ese espíritu del mundo el que causa su muerte, no querida por Dios. La muerte de Jesús se explica por su historia y su propuesta. No por un “decreto de arriba” sino por “decisiones de abajo”: de los poderes de este mundo.
La bondad de Jesús abarcó toda la dimensión de la persona y por eso tuvieron que eliminarla. Su dolor es por y para nosotros. Y allí está su sentido profundo.
UN DIOS EXPULSADO DE LA HISTORIA
Una de las causas de la incredulidad y el ateísmo de nuestro tiempo es la no aceptación de que Dios pueda permanecer impasible ante tantas desgracias que se abalanzan sobre las personas, los inocentes tanto como los culpables y, a veces, hasta con ventaja de estos últimos. Tragedias como las de los terremotos, tsunamis, inundaciones que arrasan con vidas, los accidentes, la tragedia de Once…Todo esto lleva a la conclusión de que Dios no existe o al menos a la duda.
Hay otra manera de juzgar la realidad y es la que sugiere la Biblia. Dios entra en la historia a través del dolor. Por la pobreza, la persecución, la intranquilidad, el desamparo, el rechazo, la cruz. Por eso las bienaventuranzas proclaman el privilegio de los pobres y los que sufren. Porque abren paso a Dios en la Historia. Porque el sufrimiento es una puerta para que ese Dios de amor pueda entrar en la historia sin oprimir y sin suprimir al hombre.
El dolor, que es un modo muy intenso de compartir nuestras limitaciones, tiene en él un sentido de amor, porque es con, por y para nosotros. Es un dolor que él soporta durante toda su vida, ya que es un defensor de la causa del hombre y de la mujer, de su libertad, de su dignidad, de sus derechos y, por eso, molesto para los opresores, los aprovechadores, los soberbios, los excluyentes, los discriminadores de cualquier clase. Y esto causa su muerte.
EL SENTIDO DE NUESTROS DOLORES
Nos detenemos en ese sentido del dolor de Jesús, porque es fundamental para los cristianos. En la vida cristiana, el dolor que se soporta o se enfrenta es para ser consecuente con sus principios, para dar felicidad o defender el derecho de los demás. Ese dolor tiene sentido en sí mismo, porque está impulsado por el amor y supone una superación constante de nuestra debilidad y nuestros egoísmos.
Pero, también tenemos que preocuparnos de recuperar el sentido del dolor más vulgar y cotidiano. El que nos disminuye, nos desgasta, nos oprime, desde las injusticias irremediables, la desocupación, la enfermedad, la depresión psíquica, la pérdida de los seres queridos y otras tantas situaciones difíciles en que nos pone la vida.A veces, la solución se pone en la actitud resignada ante Dios que “si así lo dispone, será por algo” Y este razonamiento, aunque pueda causar resignación y así producir una paz aparente, constituye una verdadera ofensa a Dios, que se ha rebelado contra el dolor, y que quiere liberarnos y hasta ha sido capaz de “dar la vida por los amigos”.
La primera actitud ha de ser entonces recurrir a todos los medios para evitar el dolor. El propio y el ajeno. Nunca se puede pensar que uno se conforma mejor a la voluntad de Dios sufriendo que venciendo al dolor.
Pero, muchas veces esta lucha no conduce a una desaparición del dolor. Y entonces también, desde nuestras posibilidades humanas tenemos que buscarle sentido.
Hablamos en este caso de una situación en la que el sufrimiento no es tan tremendo y no nos anula la posibilidad de utilizar nuestras facultades. Mientras eso es posible, un primer sentido hay que encontrarlo en la solidaridad con los que sufren. No dejar que el dolor cierre nuestros ojos ni nuestros corazones al dolor de los demás. Sufrir con los que sufren, para comprenderlos, para buscar su alivio. Es casi una ley que quien no ha sufrido una cosa concreta no puede entender con algo de profundidad el sufrimiento de los demás y se considera superior o inmune. Aprovechar el sufrimiento para comprender, es ya un sentido muy importante para nosotros mismos y delante del Dios del amor. Así dice de Jesús la carta a los Hebreos: “que compartiendo nuestros sufrimientos, es capaz de comprendernos”.
POR Y PARA LOS DEMÁS
Cuando, a pesar del dolor, uno puede llegar a la conciencia de que su propio sufrimiento puede resultar fortaleza y aliento para los demás, cuando desde el propio dolor se traspasa el natural sentido de encerrarse en él y uno se preocupa por descubrir qué cosas pueden significar alivio para la situación de los demás, el dolor adquiere su sentido redentor asemejándose al de Jesús.
Muchas experiencias muestran que, aún en enfermedades incurables o situaciones terminales, la dedicación al servicio de otros ha constituido el principal alivio y hasta, en algunas oportunidades la curación de los propios males.
De todos modos, cuando el dolor no es suficiente para vencernos en nuestra disponibilidad afectiva y efectiva para acompañar a los que nos rodean, produce una compañía que es como una devolución aliviante para nuestros propios sufrimientos. Muchas veces la soledad de los que sufren puede deberse a su falta de disponibilidad para buscar la felicidad de los otros, o para aceptar su presencia y su buena voluntad para ayudar.
FRENTE A LA CRUZ DE JESÚS
El dolor de Jesús es plenamente con, por y para nosotros. En este camino se descubre sentido al sin-sentido del dolor humano. Con la lucha por evitarlo, acompañamos a ese Jesús que no fue indiferente ante ningún sufrimiento y curó a todos los que encontró en su camino. Con la solidaridad para compartir agrandamos nuestra dimensión interior y entramos en la comprensión de los dolores ajenos. Con la conciencia de que a nuestro lado sigue habiendo necesidades y colaborando desde el dolor y la limitación a la preocupación por solucionarlas, convertimos nuestra situación dolorosa en un modo de amor y así entramos de lleno en el sentido cristiano.
jueves, 22 de marzo de 2012
El Dios en nosotros
EL DIOS EN NOSOTROS
"Dios está con nosotros. No pertenece a una religión u otra. No es propiedad de los cristianos. Tampoco de los buenos. Es de todos sus hijos e hijas. Está con los que lo invocan y con los que lo ignoran, pues habita en todo corazón humano, acompañando a cada uno en sus gozos y sus penas. Nadie vive sin su bendición.
Dios está con nosotros. No escuchamos su voz. No vemos su rostro. Su presencia humilde y discreta, cercana e íntima, nos puede pasar inadvertida. Si no ahondamos en nuestro corazón, nos parecerá que caminamos solos por la vida.
Dios está con nosotros. No grita. No fuerza a nadie. Respeta siempre. Es nuestro mejor amigo. Nos atrae hacia lo bueno, lo hermoso, lo justo. En él podemos encontrar luz humilde y fuerza vigorosa para enfrentarnos a la dureza de la vida y al misterio de la muerte". (José Antonio Pagola)
________________________________________La imagen del dios que está afuera, el que defiende la religión tradicional para defender la trascendencia, apreciando menos o incluso descuidando la inmanencia, ha tenido consecuencias nefastas y además no es el Dios encarnado. Para buscar a ese dios de afuera, las gentes tienen que alejarse de su entorno o buscarlo en el templo, convirtiéndose el clero en los dueños y dispensadores de Dios.
Además entonces nuestro entorno y nuestro cuerpo dejan de ser templos, el mundo es malo, peligroso, y el cuerpo es el animal que habrá que domesticar y castigar. La naturaleza habrá que someterla, dominarla, explotarla, quizás hasta destruirla. El prójimo es antes que un hermano un desconocido y posiblemente un enemigo.
El ser humano desconfía de sí mismo y de los demás, impera la desconfianza y el miedo. Lo profano como opuesto y separado de lo sagrado, consecuencias desastrosas para la vida cristiana de los laicos separados, y marginados de los sagrados y consagrados.
Este dios nos sirve para explicar lo que no conocemos y para resolver problemas, que tenemos que resolver nosotros, hace milagros e impide el cambio y el avance de la Iglesia. Es un anestésico para no sentir el dolor del mundo. Además legitima el orden piramidal de la Iglesia y de la sociedad, la obediencia antes que la libertad, la ley sobre el amor, el poder sobre el servicio, la violencia sobre la paz. Es el dios que ve desde afuera las injusticias y el dolor de este mundo. Es el dios que ha creado a los ateos.
El Dios que llevamos dentro, que es desde luego trascendente y por ello es inmanente, es el Dios distinto, pero no distante, es el fundamento de nuestra ser y del universo, fuente de creatividad y de espiritualidad. Sólo hay que darle la vuelta a las consecuencias que hemos dicho antes.
Para encontrar a ese Dios de adentro, las personas no tienen que alejarse de su entorno, sino en su medio, en lo cotidiano, en la vida, en sí mismos, en los otros, en los pobres, en la naturaleza. Y nuestro cuerpo es templo de Dios, y “el universo es el cuerpo de Dios”. El prójimo es mi hermano y allí está Dios, más que en ningún templo y más a flor de piel en el pobre y afligido.
El ser humano confía en sí mismo y en los demás, porque en el fondo del ser humano está su bondad, que es el mismo Dios y desaparece el miedo que paraliza. Lo profano está unido a lo sagrado. El sacerdote no es más que el laico. Es el Dios que hoy sigue encarnado. Con ese Dios se da la confianza, la libertad, la creatividad, el cambio, la responsabilidad y el amor.
Si le dejáramos actuar convertiría el orden piramidal de la Iglesia y de la sociedad en comunidad, y pondría el amor sobre la ley y el servicio sobre el poder, la paz y la justicia sobre la violencia. Es el Dios que goza con el que goza y sufre con el que sufre.
Para encontrarlo no hay ni siquiera saber que lo estamos buscando, con tal de servir al más sencillo, al más humilde. Con tal de amar. Es el Dios que nos hace humildes y serviciales, es el Dios que nace con cada niño y cada niña que nace. Este es el Dios en nosotros...
"Dios está con nosotros. No pertenece a una religión u otra. No es propiedad de los cristianos. Tampoco de los buenos. Es de todos sus hijos e hijas. Está con los que lo invocan y con los que lo ignoran, pues habita en todo corazón humano, acompañando a cada uno en sus gozos y sus penas. Nadie vive sin su bendición.
Dios está con nosotros. No escuchamos su voz. No vemos su rostro. Su presencia humilde y discreta, cercana e íntima, nos puede pasar inadvertida. Si no ahondamos en nuestro corazón, nos parecerá que caminamos solos por la vida.
Dios está con nosotros. No grita. No fuerza a nadie. Respeta siempre. Es nuestro mejor amigo. Nos atrae hacia lo bueno, lo hermoso, lo justo. En él podemos encontrar luz humilde y fuerza vigorosa para enfrentarnos a la dureza de la vida y al misterio de la muerte". (José Antonio Pagola)
________________________________________La imagen del dios que está afuera, el que defiende la religión tradicional para defender la trascendencia, apreciando menos o incluso descuidando la inmanencia, ha tenido consecuencias nefastas y además no es el Dios encarnado. Para buscar a ese dios de afuera, las gentes tienen que alejarse de su entorno o buscarlo en el templo, convirtiéndose el clero en los dueños y dispensadores de Dios.
Además entonces nuestro entorno y nuestro cuerpo dejan de ser templos, el mundo es malo, peligroso, y el cuerpo es el animal que habrá que domesticar y castigar. La naturaleza habrá que someterla, dominarla, explotarla, quizás hasta destruirla. El prójimo es antes que un hermano un desconocido y posiblemente un enemigo.
El ser humano desconfía de sí mismo y de los demás, impera la desconfianza y el miedo. Lo profano como opuesto y separado de lo sagrado, consecuencias desastrosas para la vida cristiana de los laicos separados, y marginados de los sagrados y consagrados.
Este dios nos sirve para explicar lo que no conocemos y para resolver problemas, que tenemos que resolver nosotros, hace milagros e impide el cambio y el avance de la Iglesia. Es un anestésico para no sentir el dolor del mundo. Además legitima el orden piramidal de la Iglesia y de la sociedad, la obediencia antes que la libertad, la ley sobre el amor, el poder sobre el servicio, la violencia sobre la paz. Es el dios que ve desde afuera las injusticias y el dolor de este mundo. Es el dios que ha creado a los ateos.
El Dios que llevamos dentro, que es desde luego trascendente y por ello es inmanente, es el Dios distinto, pero no distante, es el fundamento de nuestra ser y del universo, fuente de creatividad y de espiritualidad. Sólo hay que darle la vuelta a las consecuencias que hemos dicho antes.
Para encontrar a ese Dios de adentro, las personas no tienen que alejarse de su entorno, sino en su medio, en lo cotidiano, en la vida, en sí mismos, en los otros, en los pobres, en la naturaleza. Y nuestro cuerpo es templo de Dios, y “el universo es el cuerpo de Dios”. El prójimo es mi hermano y allí está Dios, más que en ningún templo y más a flor de piel en el pobre y afligido.
El ser humano confía en sí mismo y en los demás, porque en el fondo del ser humano está su bondad, que es el mismo Dios y desaparece el miedo que paraliza. Lo profano está unido a lo sagrado. El sacerdote no es más que el laico. Es el Dios que hoy sigue encarnado. Con ese Dios se da la confianza, la libertad, la creatividad, el cambio, la responsabilidad y el amor.
Si le dejáramos actuar convertiría el orden piramidal de la Iglesia y de la sociedad en comunidad, y pondría el amor sobre la ley y el servicio sobre el poder, la paz y la justicia sobre la violencia. Es el Dios que goza con el que goza y sufre con el que sufre.
Para encontrarlo no hay ni siquiera saber que lo estamos buscando, con tal de servir al más sencillo, al más humilde. Con tal de amar. Es el Dios que nos hace humildes y serviciales, es el Dios que nace con cada niño y cada niña que nace. Este es el Dios en nosotros...
martes, 4 de octubre de 2011
El Padrenuestro
Lucas 11, 1-4
Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos.»
El les dijo entonces: «Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación.»
Para reflexionar
• Jesús aparece orando "en cierto lugar". Jesús ora porque necesita ir a la raíz de su experiencia filial, porque necesita respirar el cariño de su Abbá. Y, desde esa raíz se encuentra con todo y con todos. Su acción despierta un deseo en los discípulos: "Señor, enséñanos a orar". Querían una fórmula. Jesús en cambio les ofrece la oportunidad de un diálogo, un lugar, una identidad, un estilo de vida. Querían aprender unas formas como las que Juan enseñó a sus discípulos. Jesús les presenta e inaugura una forma de orar inaudita.
• La oración judía oficial se realizaba en el templo; Jesús convierte el sitio donde se encuentra en “lugar, nuevo templo” posible, para la oración y el encuentro con Dios. Y por primera vez, ante la sorpresa de sus discípulos, hay quien se dirige a Dios con confianza filial: “Abba”. La oración de Jesús, manda al piso cualquier barrera que se pueda interponer ante la presencia de Dios. No hay lejanía entre Dios y las personas, cada uno se puede dirigir a Él directamente sin necesidad de intermediarios.
• Padre nuestro: con estas dos palabras nos lleva a penetrar en la intimidad divina y en un modo de ser frente a Dios. Al decir “Padre” llamo a Dios para que me engendre a su propia vida y al decir “nuestro” llamo, reúno y creo fraternidad entre todos los hombres.
• Al decir “Padre nuestro”, unido a la humanidad entera, me arrojo en los brazos de un Dios que quiere ser totalmente Padre y le pido nos abra a su acción re-creadora. Me gozo porque vuelve a tomar incansablemente la obra ya comenzada de su creación, porque su paternidad es siempre actual, deliberada, querida y nos recrea, nos remodela, nos hace recobrar el verdadero lugar de nuestra existencia.
• Al llamarlo Padre le pedimos para nosotros y para todos, que vivamos como hijos suyos, animados del amor de su Hijo. Para Lucas, rezar es un compromiso de vida, una manera de ser. Por eso la oración de Jesús es una acogida incondicional de la voluntad del Padre expresada en Lucas a través de cuatro peticiones esenciales: el reino, el pan, el perdón, la preservación en la tentación.
• Clamamos para que el Reino de justicia e igualdad, se haga efectivo aquí y ahora. La realización del Reino de Dios, tiene como consecuencia la posibilidad de una vida digna, en que sea factible el acceso al alimento de todos los días; y dónde se pueda experimentar a Dios en el perdón de las deudas, propio del año de gracia. Permanecer en ese ámbito de la gracia es el don que imploramos de un Dios que no nos abandona a una prueba superior a nuestras fuerzas en nuestro trabajo por hacer presente el reino.
Para rezar
Padre Nuestro Misionero
Padre nuestro, que estás en el Cielo
Padre de Jesús, tu Enviado,
Padre de todos los bautizados,
Padre de los que te ignoran,
Padre de los que te combaten,
Padre de todos los hombres.
Santificado sea tu nombre
En toda la tierra,
en todas las culturas y pueblos,
en todas las razas de la universal familia humana,
como lo ha santificado tu Hijo Jesús,
siendo fiel a tu proyecto sobre Él y sobre el mundo.
Venga a nosotros tu Reino
Sí, que tu Reino de alegría,
de servicio, de compartir con los demás,
reine en la vida de los que te conocen;
y que los que vivan ya del espíritu de tu Reino sin saberlo,
te descubran en el corazón de sus vidas.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo
En la tierra, danos tu mirada limpia
de los santos del Cielo,
para servirte con un corazón sin divisiones
y un amor a los hermanos
semejante al que tú nos tienes.
Danos hoy nuestro pan de cada día
El pan de cuerpo y del espíritu,
el pan de la comunión contigo
y danos el compartir generosamente nuestro pan
con todos nuestros hermanos,
sin excluir a nadie.
Perdona nuestras ofensas,
como nosotros perdonamos a los que nos ofenden
Las mías, lo mismo que las de mis hermanos.
Todas ellas juntas, son el obstáculo
para que tus planes sobre el hombre
y sobre el mundo se conviertan en realidad.
No nos dejes caer en la tentación
En ninguna tentación
y, sobre todo,
en la tentación contra la ESPERANZA
y contra la certeza de que Tú nos amas.
Líbranos del mal. Amén.
Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos.»
El les dijo entonces: «Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación.»
Para reflexionar
• Jesús aparece orando "en cierto lugar". Jesús ora porque necesita ir a la raíz de su experiencia filial, porque necesita respirar el cariño de su Abbá. Y, desde esa raíz se encuentra con todo y con todos. Su acción despierta un deseo en los discípulos: "Señor, enséñanos a orar". Querían una fórmula. Jesús en cambio les ofrece la oportunidad de un diálogo, un lugar, una identidad, un estilo de vida. Querían aprender unas formas como las que Juan enseñó a sus discípulos. Jesús les presenta e inaugura una forma de orar inaudita.
• La oración judía oficial se realizaba en el templo; Jesús convierte el sitio donde se encuentra en “lugar, nuevo templo” posible, para la oración y el encuentro con Dios. Y por primera vez, ante la sorpresa de sus discípulos, hay quien se dirige a Dios con confianza filial: “Abba”. La oración de Jesús, manda al piso cualquier barrera que se pueda interponer ante la presencia de Dios. No hay lejanía entre Dios y las personas, cada uno se puede dirigir a Él directamente sin necesidad de intermediarios.
• Padre nuestro: con estas dos palabras nos lleva a penetrar en la intimidad divina y en un modo de ser frente a Dios. Al decir “Padre” llamo a Dios para que me engendre a su propia vida y al decir “nuestro” llamo, reúno y creo fraternidad entre todos los hombres.
• Al decir “Padre nuestro”, unido a la humanidad entera, me arrojo en los brazos de un Dios que quiere ser totalmente Padre y le pido nos abra a su acción re-creadora. Me gozo porque vuelve a tomar incansablemente la obra ya comenzada de su creación, porque su paternidad es siempre actual, deliberada, querida y nos recrea, nos remodela, nos hace recobrar el verdadero lugar de nuestra existencia.
• Al llamarlo Padre le pedimos para nosotros y para todos, que vivamos como hijos suyos, animados del amor de su Hijo. Para Lucas, rezar es un compromiso de vida, una manera de ser. Por eso la oración de Jesús es una acogida incondicional de la voluntad del Padre expresada en Lucas a través de cuatro peticiones esenciales: el reino, el pan, el perdón, la preservación en la tentación.
• Clamamos para que el Reino de justicia e igualdad, se haga efectivo aquí y ahora. La realización del Reino de Dios, tiene como consecuencia la posibilidad de una vida digna, en que sea factible el acceso al alimento de todos los días; y dónde se pueda experimentar a Dios en el perdón de las deudas, propio del año de gracia. Permanecer en ese ámbito de la gracia es el don que imploramos de un Dios que no nos abandona a una prueba superior a nuestras fuerzas en nuestro trabajo por hacer presente el reino.
Para rezar
Padre Nuestro Misionero
Padre nuestro, que estás en el Cielo
Padre de Jesús, tu Enviado,
Padre de todos los bautizados,
Padre de los que te ignoran,
Padre de los que te combaten,
Padre de todos los hombres.
Santificado sea tu nombre
En toda la tierra,
en todas las culturas y pueblos,
en todas las razas de la universal familia humana,
como lo ha santificado tu Hijo Jesús,
siendo fiel a tu proyecto sobre Él y sobre el mundo.
Venga a nosotros tu Reino
Sí, que tu Reino de alegría,
de servicio, de compartir con los demás,
reine en la vida de los que te conocen;
y que los que vivan ya del espíritu de tu Reino sin saberlo,
te descubran en el corazón de sus vidas.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo
En la tierra, danos tu mirada limpia
de los santos del Cielo,
para servirte con un corazón sin divisiones
y un amor a los hermanos
semejante al que tú nos tienes.
Danos hoy nuestro pan de cada día
El pan de cuerpo y del espíritu,
el pan de la comunión contigo
y danos el compartir generosamente nuestro pan
con todos nuestros hermanos,
sin excluir a nadie.
Perdona nuestras ofensas,
como nosotros perdonamos a los que nos ofenden
Las mías, lo mismo que las de mis hermanos.
Todas ellas juntas, son el obstáculo
para que tus planes sobre el hombre
y sobre el mundo se conviertan en realidad.
No nos dejes caer en la tentación
En ninguna tentación
y, sobre todo,
en la tentación contra la ESPERANZA
y contra la certeza de que Tú nos amas.
Líbranos del mal. Amén.
jueves, 22 de septiembre de 2011
NUEVOS TIPOS DE CREYENTES EN LA IGLESIA
Les comparto un material que elaboramos junto con Any para el Seminario Nacional de Catequesis. Espero que les guste
INTRODUCCIÓN:
El tiempo actual ha generado distintos tipos de creyentes que no responden al modelo de las autoridades y los escritos eclesiales católicos, y que por lo tanto, no son considerados por ambos como auténticos.
Por el contrario, se los considera y ellos mismos se sienten de segunda categoría, al comparárselos con aquellas personas que entran dentro del perfil al que responde el llamado “católico oficial ó práctico”.
Sin embargo, si echáramos una mirada al evangelio y a algunas prácticas de Jesús, podríamos concluir que esta actitud para con estos fieles no estaría de acuerdo a la práctica de Jesús con creyentes de su época, en similares situaciones.
En este trabajo pretendemos demostrar, a partir de la descripción de determinadas situaciones vividas por creyentes bautizados de la Iglesia Católica, que su modo particular de vivir la fe en la actualidad los coloca frente a las autoridades eclesiales y algunos creyentes que se definen a sí mismos como “oficiales “, en condiciones que consideramos no evangélicas y por lo tanto, inadecuadas.
Pretendemos mostrar que algunas de las formas que han ido adquiriendo las prácticas religiosas y la experiencia de fe de estos fieles no responden a los cánones oficiales dentro de la iglesia católica, y por lo tanto, se los considera en ella como “católicos de segunda”.
Conjuntamente intentaremos mostrar la inadecuación evangélica de la categoría a la que son marginados, en razón de su forma de vivir la fe, dado que muchas prácticas de Jesús para con fieles de su época (con estas mismas características: no responder al perfil oficial de la época) fue absolutamente la contraria.
LA POST-MODERNIDAD HA GENERADO UN NUEVO TIPO DE CREYENTES.
El tiempo actual, denominado por algunos estudiosos del mismo como POSTMODERNIDAD, o hablando también de manera “religiosa” el tiempo
“post-cristiano” tiene una serie de características que han afectado considerablemente muchas dimensiones del ser humano, entre ellas, su religiosidad y la forma de vivirla.
El descreimiento en las instituciones, la relativización de algunos valores y de ciertos elementos de la cotidianeidad, son algunos elementos que la post-modernidad ha introducido, creando, entre otras cosas, nuevas formas de ser creyentes, de relacionarse con la divinidad, y con la institución que media esta relación.
La Iglesia Católica no ha quedado al margen y ha sido afectada por algunos de estos elementos que mencionamos, en particular el desprestigio que en este tiempo sufren las instituciones, y fieles que se relacionan con ella de una manera nueva.
De esta forma, mucho de lo que provenga de ella institucionalmente es relativizado ó desvalorizado y no tenido en cuenta.
Esta desvalorización o desprestigio no ha sucedido solamente en ésta época, sino en muchas a los largo de la historia de la Iglesia.
Si nos situamos en la modernidad, por lo general el sujeto que desvalorizaba a la Iglesia institucional en particular, y a todo lo religioso en general, era el que se definía como ateo o agnóstico. Sin embargo, en este tiempo, muchos de los sujetos que critican, desvalorizan, desautorizan, y/o no tienen en cuenta las orientaciones y expresiones de fe que la Iglesia propone, son sus mismos fieles.
Estos fieles suelen definir su situación con frases tales como:
“Yo soy creyente, pero no me vengan a decir nada del Papa, los curas o las monjas”
“yo soy creyente, pero no quiero saber nada con la Iglesia”
“yo soy creyente, pero eso de ir a misa o confesarme no va conmigo”
“yo soy creyente, pero no me vengan a hablar de la castidad o del control natural de la natalidad, eso está perimido”
Estas frases nos permiten hablar de dos cosas: la afirmación de la fe, pero con nuevas vivencias.
Podríamos afirmar que la amalgama de estas situaciones ha ido configurando un nuevo tipo de creyente católico que puede definirse también con una frase muy repetida por quienes se inscriben en este nuevo estilo:
“Yo soy católico a mi manera”.
El perfil de creyente que podríamos delinear, a partir de estas características sería el siguiente:
a) son católicos que se definen como tales,
b) que dejan bien en claro su adhesión a la fe,
c) pero que se manifiestan críticos frente a ciertas expresiones o formas de la fe que han sido habituales hasta ahora: relación con la jerarquía, práctica de los sacramentos, adhesión a las orientaciones de la doctrina eclesial.
d) viven de otra manera la relación con la institución y sus demandas y orientaciones.
Podríamos abundar en muchas expresiones más, o situaciones (por ejemplo los creyentes que están en nuevas uniones) pero casi todas hablan de una forma particular de vivir la fe.
Debe quedar bien en claro que en ningún caso se habla de descreimiento o ausencia de fe, tampoco de gente que no se sienta católico.
El último documento de la Conferencia Episcopal Latinoamericana ha definido algunas de estas situaciones hablando de que muchos fieles “SE SIENTEN CATÓLICOS, PERO NO IGLESIA”
ESTA FORMA DE CREER NO RESPONDE A LOS CÁNONES PREVISTOS OFICIALMENTE POR LA IGLESIA CATÓLICA PARA SUS FIELES
Estas nuevas maneras de vivir la fe contrastan en la post-modernidad con lo que la modernidad consideraba como inamovible y / o absoluto: había una sola forma de creer, y una única y posible manera de integrar la comunidad católica y ser identificado como miembro de ella.
Podríamos afirmar que había una forma “oficial” de ser creyente, perfil que se ha mantenido hasta la actualidad, y que las autoridades eclesiales se resisten a transformar.
Los mismos fieles que se enrolan en las filas del nuevo perfil de creyente (descrito someramente arriba) pueden definir claramente cuál es el perfil oficial, porque ha sido gravado en sus conciencias desde que eran pequeños.
Una enfática catequesis sobre lo que le daba al creyente su identidad de católica remarcaba
a) estar bautizado, cumplir con todos los sacramentos (comunión, confesión, casarse por iglesia)
b) ir a misa todos los domingos y cumplir con los preceptos, saber todas las oraciones, mandamientos, de memoria. Tener interiorizada la doctrina.
c) regirse por la doctrina eclesial en todo lo que ella se pronuncia (divorcio, control de la natalidad, procreación asistida, ejercicio de la sexualidad etc.),
d) tener una clara y protagónica participación eclesial ( en la parroquia ) y
e) una adhesión explícita al párroco, al obispo y al Papa.
f) Ser devoto mariano, porque eso lo diferenciaba claramente de los protestantes
LAS NUEVAS FORMAS DE CREER SON CONSIDERADAS INAUTÉNTICA Y DE “SEGUNDA CATEGORÍA”
La mayoría de los creyentes que pueden describir a la perfección este perfil “oficial” y que son conscientes de que no responden a él, se han automarginado de la comunidad eclesial.
Fruto de esa insistente catequesis, sabedores de no responder a las características del “católico práctico u oficial”, no se sienten creyentes auténticos, y al compararse con estos supuestos “auténticos” se sienten inferiores o de segunda categoría.
Por su parte la Iglesia institucional y los fieles que se consideran como “católicos prácticos” (o que responden perfectamente al perfil oficial) se ha encargado de hacerles sentir la diferencia al no contemplarlos como destinatarios y/o protagonistas en sus actividades, con esta forma de vivir la fe.
La Iglesia no desconoce esta situación o esta forma de vivir la fe de muchos de sus fieles, pero todo su trabajo para con ellos es tratar de “convertirlos” en creyentes oficiales.
Se habla de “los que se han apartado de la madre Iglesia”, de los que “han abandonado los sacramentos”, de los que nunca participan de la vida parroquial, de los que “no van nunca a misa, ni se confiesan” con el solo propósito de volverlos al “redil”.
Hace ya décadas, los obispos vascos de España produjeron un documento donde hablaban de las características que la post-modernidad le había dado a la fe de algunos creyentes e incluían entre ellas la desvinculación eclesial, la no práctica de los sacramentos, el no seguir las orientaciones del magisterio de la Iglesia.
En nuestro país esto ha sido en algunos casos, estudiado y contemplado como una realidad dentro de los creyentes, pero con un sólo objetivo: NO para integrarlos a la comunidad eclesial con este perfil de creyentes, sino para “convertirlos” en creyentes “auténticos”: que vuelvan a la iglesia, a los sacramentos cotidianos (eucaristía y confesión) a someterse a las orientaciones del magisterio y del derecho canónico.
Paradójicamente, y a pesar de sentirse y saberse señalados como “de segunda” y automarginarse de la comunidad católica, esta “conversión” pretendida por las autoridades eclesiales es un camino al que la mayoría de estos creyentes “no prácticos” ya tienen claro que no han de volver, porque su perfil e identidad de creyente no es caprichoso sino que está fundado y ya se ha configurado de esta manera.
Los católicos que se autodenominan “prácticos” definen la posición de estos creyentes como “cómoda” o que la han adoptado para “aligerar” el peso de la religión en sus vidas. Como si uno de los mandatos de lo religioso fuese el ser un “peso” que nadie debe sacarse de encima.
Además de no considerarla caprichosa, muchos de quienes viven su experiencia de fe de esta nueva manera interpretan que su actual situación corresponde al haber evolucionado en su religiosidad, y volver a lo anterior sería como una especie de involución.
Por su parte, las autoridades eclesiales y los “católicos oficiales” perciben que estos creyentes han involucionado en su fe, y que deben ser puestos “en el camino correcto”.
Un reciente artículo leído sobre esta situación, habla de “la degeneración del sentimiento religioso” y describe las actuales tendencias de los fieles como “una degeneración del sentimiento religioso que, respecto a lo cristiano, puede considerarse una involución”
Llegados a este punto, y a partir de lo afirmado en los apartados anteriores, podemos concluir, en una primera instancia, que los creyentes católicos que viven la fe con las características que en ellos ha impreso este tiempo que vivimos, no son considerados como auténticos.
Esta discriminación va más allá, porque además, se los relega a ser una especie de “creyentes de segunda categoría” dentro de esta institución.
Esta exclusión es hecha en primer lugar, por muchas autoridades de la misma iglesia, en segundo lugar por muchos de aquellos que se consideran a sí mismos como los “católicos prácticos u oficiales”, e incluso por los mismos protagonistas de esta nueva manera de creer.
ESTA SITUACIÓN EN TIEMPOS DE JESÚS
En tiempos de Jesús, también había personas que eran marginadas religiosamente en razón de sus prácticas, por no responder a las pautas impuestas por los fariseos, escribas y sacerdotes, representantes de la “fe oficial de Israel”.
El pueblo de la Galilea, el pueblo de Jesús, era un pueblo muy religioso. Intentaban seguir todas las indicaciones de sus autoridades religiosas, pero algunas, para muchos, eran imposibles de concretar.
El pueblo era observante, pero no fanático. Era respetuoso de los escribas y sacerdotes, pero tenía sentido común. No dejaba que todas esas observancias perturbaran su vida, y cuando era necesario, no temían transgredir las normas enseñadas por ellos.
Por ejemplo, los discípulos de Jesús comían sin lavarse las manos (MC 7,2). En sábado la gente buscaba a Jesús para que los curase, sin atender a las advertencias del jefe de la sinagoga (Lc 13,14).
Dejar morir a los animales (que les daban el sustento) porque en sábado no se podía buscar ayuda o caminar hasta donde estaban para auxiliarlos, era un lujo que no se podían dar. De manera que quebrantaban la ley sabática para salvar su medio de vida (Mateo 12,9 y ss)
La pureza era sumamente importante, porque un impuro no se podía acercar a Dios. Pero conservarse puro era muy caro: si un animal impuro (por ejemplo una cucaracha) tocaba una vasija, había que destruir la vasija (Lv. 11.35). Todo lo que tomara contacto con algo impuro tenía que ser destruido. La economía del hogar era insostenible si permanentemente había que destruir cosas para mantener la pureza.
Por eso, aquellos que por razones económicas u otras razones no cumplían con estas reglas religiosas, quedaban marginados, excluidos de la comunidad, no se les permitía participar.
Los fariseos, los escribas y los sacerdotes – las autoridades que velaban por la religión oficial- se encargaban de hacer entender bien a la gente cuál era su condición: puro o impuro, perteneciente a la comunidad o excluido.
Las enfermedades eran consideradas una impureza, y separaban a los portadores de la comunidad. En el evangelio encontramos muchos pasajes donde los fariseos señalan permanentemente la impureza: en los publicanos, en los enfermos, en las mujeres, etc.
En el diálogo entre el ciego de nacimiento y los sacerdotes (Jn 9,34) éstos increpan al ciego diciendo “tú naciste lleno de pecado, ¿nos vas a dar lecciones a nosotros?”
Todas estas normas y leyes religiosas dejaban una cantidad de fieles israelitas fuera de la comunidad de fe, apartados por las autoridades o autoexcluidos por ellos mismos. El texto que compara las actitudes de un fariseo y un publicano (un impuro debido a sus prácticas económicas no legales) es absolutamente ilustrativo sobre esta situación (Lc.18, 9-14).
El biblista Carlos Mesters, al analizar la situación, concluye:” en fin, a pesar de todo el control por parte de los escribas y fariseos, el pueblo seguía libre y con sentido común”.
LA PRÁCTICA DE JESÚS: INCLUSIÓN Y ENFRENTAMIENTO CON LAS AUTORIDADES ECLESIALES
La práctica de Jesús para con estos marginados religiosos fue de una permanente tarea de inclusión en la comunidad de sus seguidores y de una permanente denuncia y enfrentamiento a las autoridades religiosas oficiales, por dejar abandonada la vida de estas personas.
A causa de la no práctica de las leyes que la mayoría de las autoridades religiosas prescribían, multitudes de personas quedaban fuera de la comunidad.
Jesús contempla esta situación y se conmueve: “...tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.” (Mateo 9,36). Las autoridades no incluían a esta gente, no las atendían, no las contemplaban entre sus seguidores. Nadie trabajaba por ellos.
Jesús recrimina este abandono a los fariseos: “ustedes no entran ni dejan entrar al Reino” (Mateo 23,13). Más duramente les recrimina: “ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres (...) anulan la Palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido” (Mc 7,8.13).
Y si dedican alguna atención a la gente, es para controlar la situación y enseñarles el camino ortodoxo (Mc 3,22 y 7,1).
Por eso Jesús inicia una práctica distinta: cura en sábado y hace cosas prohibidas en sábado (Mc. 2,24), come con personas impuras (Mc. 2,16), limpia a los leprosos (Mc 1,40-44), y está en permanente contacto, incorporándolos a su comunidad, aquellos que las autoridades religiosas han dejado “sin pastor”. Y lo hace con una firme convicción: “No son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos” (Mateo 9,12) “No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mc 2,17)
En una ocasión, un fariseo que lo había invitado a comer le observa que no se ha purificado antes de comer, y Jesús le responde “¡Así son ustedes los fariseos! Purifican por fuera el plato y la copa y por dentro están llenos de voracidad y perfidia. ¡Insensatos!” (Lucas 11,37 y ss).
Jesús no duda en enseñar lo contrario a lo planteado por las autoridades religiosas. Después de haber sido cuestionado por un fariseo, se dirige a la multitud y les enseña “Escuchen y comprendan. Lo que mancha al hombre no es lo que entra por la boca, sino lo que sale de ella. Entonces los discípulos marcan el escándalo causado por estas palabras entre los fariseos, y Jesús les responde:”Déjenlos, son ciegos que guían a otros ciegos” (Mateo 15, 1-2.10-11.14). Jesús deja bien en claro la razón de estas preferencias.
Hay muchos pasajes que nos permitirían resumir en algunas nuevas pautas, las prácticas de Jesús:
- el ayuno y otras prácticas antiguas hay que relativizarlas (Mc, 2,15-17)
- La ley de Dios debe interpretarse al servicio de la vida ((Mc. 2,23-28)
- Para pertenecer al Pueblo de Dios sólo basta una cosa: hacer la voluntad de Dios (no solamente el cumplimiento de ritos) (Mc. 3,31-34)
A MODO DE CONCLUSIÓN:
Si comparamos la situación de estos fieles del tiempo de Jesús, con la de los fieles actuales (descripta en las dos premisas del primer argumento) podríamos encontrar algunas coincidencias:
- a ambos se les cuestiona la no práctica de ritos y tradiciones impuestas a lo largo del tiempo, como identificatorias de la religión que profesan
- en ambos casos, esta no práctica es motivo de abandono, por parte de las autoridades religiosas, para con estos fieles
- en ambos casos, la practica de las autoridades religiosas para con ellas es tratar de volverlas al camino “correcto” u “ortodoxo”.
- En ninguno de los casos se habla de fieles que reniegan de su fe, sino al contrario, que la viven con prácticas distintas a las “oficiales”
Por su parte, Jesús increpa a las autoridades religiosas el abandono que han hecho de la Palabra de Dios y de las personas, mirando más las tradiciones que la VIDA.
Por un lado, Jesús instala nuevas prácticas, que coinciden y / o avalan las que los fieles marginados hacían. Por otro lado, deja bien en claro que su acción es preferentemente para con esta gente (no vine a llamar a los justos sino a los pecadores)
Es por esto que podemos afirmar, comparando las situaciones y desde la práctica de Jesús, que la actual situación de estos “creyentes de segunda” para con la comunidad y las autoridades de la iglesia católica podría considerarse como no evangélica, y no corresponder a lo que Jesús haría con estos fieles.
Si las autoridades de la Iglesia Católica se guiaran por las prácticas de Jesús que hemos descrito, no discriminarían a estos creyentes en razón la ausencia de práctica de tradiciones y ritos y debería ser a los primeros que atenderían, intentando entender sus nuevas prácticas.
INTRODUCCIÓN:
El tiempo actual ha generado distintos tipos de creyentes que no responden al modelo de las autoridades y los escritos eclesiales católicos, y que por lo tanto, no son considerados por ambos como auténticos.
Por el contrario, se los considera y ellos mismos se sienten de segunda categoría, al comparárselos con aquellas personas que entran dentro del perfil al que responde el llamado “católico oficial ó práctico”.
Sin embargo, si echáramos una mirada al evangelio y a algunas prácticas de Jesús, podríamos concluir que esta actitud para con estos fieles no estaría de acuerdo a la práctica de Jesús con creyentes de su época, en similares situaciones.
En este trabajo pretendemos demostrar, a partir de la descripción de determinadas situaciones vividas por creyentes bautizados de la Iglesia Católica, que su modo particular de vivir la fe en la actualidad los coloca frente a las autoridades eclesiales y algunos creyentes que se definen a sí mismos como “oficiales “, en condiciones que consideramos no evangélicas y por lo tanto, inadecuadas.
Pretendemos mostrar que algunas de las formas que han ido adquiriendo las prácticas religiosas y la experiencia de fe de estos fieles no responden a los cánones oficiales dentro de la iglesia católica, y por lo tanto, se los considera en ella como “católicos de segunda”.
Conjuntamente intentaremos mostrar la inadecuación evangélica de la categoría a la que son marginados, en razón de su forma de vivir la fe, dado que muchas prácticas de Jesús para con fieles de su época (con estas mismas características: no responder al perfil oficial de la época) fue absolutamente la contraria.
LA POST-MODERNIDAD HA GENERADO UN NUEVO TIPO DE CREYENTES.
El tiempo actual, denominado por algunos estudiosos del mismo como POSTMODERNIDAD, o hablando también de manera “religiosa” el tiempo
“post-cristiano” tiene una serie de características que han afectado considerablemente muchas dimensiones del ser humano, entre ellas, su religiosidad y la forma de vivirla.
El descreimiento en las instituciones, la relativización de algunos valores y de ciertos elementos de la cotidianeidad, son algunos elementos que la post-modernidad ha introducido, creando, entre otras cosas, nuevas formas de ser creyentes, de relacionarse con la divinidad, y con la institución que media esta relación.
La Iglesia Católica no ha quedado al margen y ha sido afectada por algunos de estos elementos que mencionamos, en particular el desprestigio que en este tiempo sufren las instituciones, y fieles que se relacionan con ella de una manera nueva.
De esta forma, mucho de lo que provenga de ella institucionalmente es relativizado ó desvalorizado y no tenido en cuenta.
Esta desvalorización o desprestigio no ha sucedido solamente en ésta época, sino en muchas a los largo de la historia de la Iglesia.
Si nos situamos en la modernidad, por lo general el sujeto que desvalorizaba a la Iglesia institucional en particular, y a todo lo religioso en general, era el que se definía como ateo o agnóstico. Sin embargo, en este tiempo, muchos de los sujetos que critican, desvalorizan, desautorizan, y/o no tienen en cuenta las orientaciones y expresiones de fe que la Iglesia propone, son sus mismos fieles.
Estos fieles suelen definir su situación con frases tales como:
“Yo soy creyente, pero no me vengan a decir nada del Papa, los curas o las monjas”
“yo soy creyente, pero no quiero saber nada con la Iglesia”
“yo soy creyente, pero eso de ir a misa o confesarme no va conmigo”
“yo soy creyente, pero no me vengan a hablar de la castidad o del control natural de la natalidad, eso está perimido”
Estas frases nos permiten hablar de dos cosas: la afirmación de la fe, pero con nuevas vivencias.
Podríamos afirmar que la amalgama de estas situaciones ha ido configurando un nuevo tipo de creyente católico que puede definirse también con una frase muy repetida por quienes se inscriben en este nuevo estilo:
“Yo soy católico a mi manera”.
El perfil de creyente que podríamos delinear, a partir de estas características sería el siguiente:
a) son católicos que se definen como tales,
b) que dejan bien en claro su adhesión a la fe,
c) pero que se manifiestan críticos frente a ciertas expresiones o formas de la fe que han sido habituales hasta ahora: relación con la jerarquía, práctica de los sacramentos, adhesión a las orientaciones de la doctrina eclesial.
d) viven de otra manera la relación con la institución y sus demandas y orientaciones.
Podríamos abundar en muchas expresiones más, o situaciones (por ejemplo los creyentes que están en nuevas uniones) pero casi todas hablan de una forma particular de vivir la fe.
Debe quedar bien en claro que en ningún caso se habla de descreimiento o ausencia de fe, tampoco de gente que no se sienta católico.
El último documento de la Conferencia Episcopal Latinoamericana ha definido algunas de estas situaciones hablando de que muchos fieles “SE SIENTEN CATÓLICOS, PERO NO IGLESIA”
ESTA FORMA DE CREER NO RESPONDE A LOS CÁNONES PREVISTOS OFICIALMENTE POR LA IGLESIA CATÓLICA PARA SUS FIELES
Estas nuevas maneras de vivir la fe contrastan en la post-modernidad con lo que la modernidad consideraba como inamovible y / o absoluto: había una sola forma de creer, y una única y posible manera de integrar la comunidad católica y ser identificado como miembro de ella.
Podríamos afirmar que había una forma “oficial” de ser creyente, perfil que se ha mantenido hasta la actualidad, y que las autoridades eclesiales se resisten a transformar.
Los mismos fieles que se enrolan en las filas del nuevo perfil de creyente (descrito someramente arriba) pueden definir claramente cuál es el perfil oficial, porque ha sido gravado en sus conciencias desde que eran pequeños.
Una enfática catequesis sobre lo que le daba al creyente su identidad de católica remarcaba
a) estar bautizado, cumplir con todos los sacramentos (comunión, confesión, casarse por iglesia)
b) ir a misa todos los domingos y cumplir con los preceptos, saber todas las oraciones, mandamientos, de memoria. Tener interiorizada la doctrina.
c) regirse por la doctrina eclesial en todo lo que ella se pronuncia (divorcio, control de la natalidad, procreación asistida, ejercicio de la sexualidad etc.),
d) tener una clara y protagónica participación eclesial ( en la parroquia ) y
e) una adhesión explícita al párroco, al obispo y al Papa.
f) Ser devoto mariano, porque eso lo diferenciaba claramente de los protestantes
LAS NUEVAS FORMAS DE CREER SON CONSIDERADAS INAUTÉNTICA Y DE “SEGUNDA CATEGORÍA”
La mayoría de los creyentes que pueden describir a la perfección este perfil “oficial” y que son conscientes de que no responden a él, se han automarginado de la comunidad eclesial.
Fruto de esa insistente catequesis, sabedores de no responder a las características del “católico práctico u oficial”, no se sienten creyentes auténticos, y al compararse con estos supuestos “auténticos” se sienten inferiores o de segunda categoría.
Por su parte la Iglesia institucional y los fieles que se consideran como “católicos prácticos” (o que responden perfectamente al perfil oficial) se ha encargado de hacerles sentir la diferencia al no contemplarlos como destinatarios y/o protagonistas en sus actividades, con esta forma de vivir la fe.
La Iglesia no desconoce esta situación o esta forma de vivir la fe de muchos de sus fieles, pero todo su trabajo para con ellos es tratar de “convertirlos” en creyentes oficiales.
Se habla de “los que se han apartado de la madre Iglesia”, de los que “han abandonado los sacramentos”, de los que nunca participan de la vida parroquial, de los que “no van nunca a misa, ni se confiesan” con el solo propósito de volverlos al “redil”.
Hace ya décadas, los obispos vascos de España produjeron un documento donde hablaban de las características que la post-modernidad le había dado a la fe de algunos creyentes e incluían entre ellas la desvinculación eclesial, la no práctica de los sacramentos, el no seguir las orientaciones del magisterio de la Iglesia.
En nuestro país esto ha sido en algunos casos, estudiado y contemplado como una realidad dentro de los creyentes, pero con un sólo objetivo: NO para integrarlos a la comunidad eclesial con este perfil de creyentes, sino para “convertirlos” en creyentes “auténticos”: que vuelvan a la iglesia, a los sacramentos cotidianos (eucaristía y confesión) a someterse a las orientaciones del magisterio y del derecho canónico.
Paradójicamente, y a pesar de sentirse y saberse señalados como “de segunda” y automarginarse de la comunidad católica, esta “conversión” pretendida por las autoridades eclesiales es un camino al que la mayoría de estos creyentes “no prácticos” ya tienen claro que no han de volver, porque su perfil e identidad de creyente no es caprichoso sino que está fundado y ya se ha configurado de esta manera.
Los católicos que se autodenominan “prácticos” definen la posición de estos creyentes como “cómoda” o que la han adoptado para “aligerar” el peso de la religión en sus vidas. Como si uno de los mandatos de lo religioso fuese el ser un “peso” que nadie debe sacarse de encima.
Además de no considerarla caprichosa, muchos de quienes viven su experiencia de fe de esta nueva manera interpretan que su actual situación corresponde al haber evolucionado en su religiosidad, y volver a lo anterior sería como una especie de involución.
Por su parte, las autoridades eclesiales y los “católicos oficiales” perciben que estos creyentes han involucionado en su fe, y que deben ser puestos “en el camino correcto”.
Un reciente artículo leído sobre esta situación, habla de “la degeneración del sentimiento religioso” y describe las actuales tendencias de los fieles como “una degeneración del sentimiento religioso que, respecto a lo cristiano, puede considerarse una involución”
Llegados a este punto, y a partir de lo afirmado en los apartados anteriores, podemos concluir, en una primera instancia, que los creyentes católicos que viven la fe con las características que en ellos ha impreso este tiempo que vivimos, no son considerados como auténticos.
Esta discriminación va más allá, porque además, se los relega a ser una especie de “creyentes de segunda categoría” dentro de esta institución.
Esta exclusión es hecha en primer lugar, por muchas autoridades de la misma iglesia, en segundo lugar por muchos de aquellos que se consideran a sí mismos como los “católicos prácticos u oficiales”, e incluso por los mismos protagonistas de esta nueva manera de creer.
ESTA SITUACIÓN EN TIEMPOS DE JESÚS
En tiempos de Jesús, también había personas que eran marginadas religiosamente en razón de sus prácticas, por no responder a las pautas impuestas por los fariseos, escribas y sacerdotes, representantes de la “fe oficial de Israel”.
El pueblo de la Galilea, el pueblo de Jesús, era un pueblo muy religioso. Intentaban seguir todas las indicaciones de sus autoridades religiosas, pero algunas, para muchos, eran imposibles de concretar.
El pueblo era observante, pero no fanático. Era respetuoso de los escribas y sacerdotes, pero tenía sentido común. No dejaba que todas esas observancias perturbaran su vida, y cuando era necesario, no temían transgredir las normas enseñadas por ellos.
Por ejemplo, los discípulos de Jesús comían sin lavarse las manos (MC 7,2). En sábado la gente buscaba a Jesús para que los curase, sin atender a las advertencias del jefe de la sinagoga (Lc 13,14).
Dejar morir a los animales (que les daban el sustento) porque en sábado no se podía buscar ayuda o caminar hasta donde estaban para auxiliarlos, era un lujo que no se podían dar. De manera que quebrantaban la ley sabática para salvar su medio de vida (Mateo 12,9 y ss)
La pureza era sumamente importante, porque un impuro no se podía acercar a Dios. Pero conservarse puro era muy caro: si un animal impuro (por ejemplo una cucaracha) tocaba una vasija, había que destruir la vasija (Lv. 11.35). Todo lo que tomara contacto con algo impuro tenía que ser destruido. La economía del hogar era insostenible si permanentemente había que destruir cosas para mantener la pureza.
Por eso, aquellos que por razones económicas u otras razones no cumplían con estas reglas religiosas, quedaban marginados, excluidos de la comunidad, no se les permitía participar.
Los fariseos, los escribas y los sacerdotes – las autoridades que velaban por la religión oficial- se encargaban de hacer entender bien a la gente cuál era su condición: puro o impuro, perteneciente a la comunidad o excluido.
Las enfermedades eran consideradas una impureza, y separaban a los portadores de la comunidad. En el evangelio encontramos muchos pasajes donde los fariseos señalan permanentemente la impureza: en los publicanos, en los enfermos, en las mujeres, etc.
En el diálogo entre el ciego de nacimiento y los sacerdotes (Jn 9,34) éstos increpan al ciego diciendo “tú naciste lleno de pecado, ¿nos vas a dar lecciones a nosotros?”
Todas estas normas y leyes religiosas dejaban una cantidad de fieles israelitas fuera de la comunidad de fe, apartados por las autoridades o autoexcluidos por ellos mismos. El texto que compara las actitudes de un fariseo y un publicano (un impuro debido a sus prácticas económicas no legales) es absolutamente ilustrativo sobre esta situación (Lc.18, 9-14).
El biblista Carlos Mesters, al analizar la situación, concluye:” en fin, a pesar de todo el control por parte de los escribas y fariseos, el pueblo seguía libre y con sentido común”.
LA PRÁCTICA DE JESÚS: INCLUSIÓN Y ENFRENTAMIENTO CON LAS AUTORIDADES ECLESIALES
La práctica de Jesús para con estos marginados religiosos fue de una permanente tarea de inclusión en la comunidad de sus seguidores y de una permanente denuncia y enfrentamiento a las autoridades religiosas oficiales, por dejar abandonada la vida de estas personas.
A causa de la no práctica de las leyes que la mayoría de las autoridades religiosas prescribían, multitudes de personas quedaban fuera de la comunidad.
Jesús contempla esta situación y se conmueve: “...tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.” (Mateo 9,36). Las autoridades no incluían a esta gente, no las atendían, no las contemplaban entre sus seguidores. Nadie trabajaba por ellos.
Jesús recrimina este abandono a los fariseos: “ustedes no entran ni dejan entrar al Reino” (Mateo 23,13). Más duramente les recrimina: “ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres (...) anulan la Palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido” (Mc 7,8.13).
Y si dedican alguna atención a la gente, es para controlar la situación y enseñarles el camino ortodoxo (Mc 3,22 y 7,1).
Por eso Jesús inicia una práctica distinta: cura en sábado y hace cosas prohibidas en sábado (Mc. 2,24), come con personas impuras (Mc. 2,16), limpia a los leprosos (Mc 1,40-44), y está en permanente contacto, incorporándolos a su comunidad, aquellos que las autoridades religiosas han dejado “sin pastor”. Y lo hace con una firme convicción: “No son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos” (Mateo 9,12) “No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mc 2,17)
En una ocasión, un fariseo que lo había invitado a comer le observa que no se ha purificado antes de comer, y Jesús le responde “¡Así son ustedes los fariseos! Purifican por fuera el plato y la copa y por dentro están llenos de voracidad y perfidia. ¡Insensatos!” (Lucas 11,37 y ss).
Jesús no duda en enseñar lo contrario a lo planteado por las autoridades religiosas. Después de haber sido cuestionado por un fariseo, se dirige a la multitud y les enseña “Escuchen y comprendan. Lo que mancha al hombre no es lo que entra por la boca, sino lo que sale de ella. Entonces los discípulos marcan el escándalo causado por estas palabras entre los fariseos, y Jesús les responde:”Déjenlos, son ciegos que guían a otros ciegos” (Mateo 15, 1-2.10-11.14). Jesús deja bien en claro la razón de estas preferencias.
Hay muchos pasajes que nos permitirían resumir en algunas nuevas pautas, las prácticas de Jesús:
- el ayuno y otras prácticas antiguas hay que relativizarlas (Mc, 2,15-17)
- La ley de Dios debe interpretarse al servicio de la vida ((Mc. 2,23-28)
- Para pertenecer al Pueblo de Dios sólo basta una cosa: hacer la voluntad de Dios (no solamente el cumplimiento de ritos) (Mc. 3,31-34)
A MODO DE CONCLUSIÓN:
Si comparamos la situación de estos fieles del tiempo de Jesús, con la de los fieles actuales (descripta en las dos premisas del primer argumento) podríamos encontrar algunas coincidencias:
- a ambos se les cuestiona la no práctica de ritos y tradiciones impuestas a lo largo del tiempo, como identificatorias de la religión que profesan
- en ambos casos, esta no práctica es motivo de abandono, por parte de las autoridades religiosas, para con estos fieles
- en ambos casos, la practica de las autoridades religiosas para con ellas es tratar de volverlas al camino “correcto” u “ortodoxo”.
- En ninguno de los casos se habla de fieles que reniegan de su fe, sino al contrario, que la viven con prácticas distintas a las “oficiales”
Por su parte, Jesús increpa a las autoridades religiosas el abandono que han hecho de la Palabra de Dios y de las personas, mirando más las tradiciones que la VIDA.
Por un lado, Jesús instala nuevas prácticas, que coinciden y / o avalan las que los fieles marginados hacían. Por otro lado, deja bien en claro que su acción es preferentemente para con esta gente (no vine a llamar a los justos sino a los pecadores)
Es por esto que podemos afirmar, comparando las situaciones y desde la práctica de Jesús, que la actual situación de estos “creyentes de segunda” para con la comunidad y las autoridades de la iglesia católica podría considerarse como no evangélica, y no corresponder a lo que Jesús haría con estos fieles.
Si las autoridades de la Iglesia Católica se guiaran por las prácticas de Jesús que hemos descrito, no discriminarían a estos creyentes en razón la ausencia de práctica de tradiciones y ritos y debería ser a los primeros que atenderían, intentando entender sus nuevas prácticas.
martes, 9 de agosto de 2011
DOS JOVENES CUENTAN POR QUE TUVIERON QUE IR A ESTUDIAR A BUENOS AIRES
Exiliados por el modelo educativo chileno
Por Adrián Pérez
Pablo Cossio y Gonzalo Cabrera se consideran expulsados por un modelo que se apoya en la mercantilización de la enseñanza. Estudiantes secundarios y universitarios, así como trabajadores del cobre convocan hoy a un paro nacional y marchas en el vecino país.
`“El capital económico nos hizo emigrar a un país que no te cobra por estudiar”, dice Pablo junto a Gonzalo.
Cruzaron la cordillera de los Andes para acceder a una formación de calidad. Con un pasado familiar marcado por la dictadura pinochetista, Pablo Cossio y Gonzalo Cabrera se consideran expulsados por un modelo que se apoya, básicamente, en la mercantilización de la educación. Página/12 conversó con los miembros de la asamblea de estudiantes chilenos exiliados por la educación. “Nos movilizamos en solidaridad con una sociedad que intenta cambiar el sistema educacional”, expresó Cabrera. “Si fuimos el primer país en instaurar el neoliberalismo, tenemos que ser los primeros en salir y servir de ejemplo para que Latinoamérica camine hacia otro sistema”, señaló Cossio. A partir de las 17 de hoy, la asamblea estudiantil marchará desde el Obelisco hasta el Consulado chileno –junto a la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA), la Coordinadora Unificada de Estudiantes Secundarios (CUES), organizaciones sociales y partidos de izquierda– para apoyar el paro nacional convocado en el país trasandino por estudiantes y trabajadores.
Pablo tiene 21 años y llegó a Buenos Aires hace cuatro meses para cursar el CBC. Se fue de Santiago enojado con el modelo político. “El capital económico nos hizo emigrar a un país que no te cobra por estudiar”, apunta el joven, que piensa seguir Sociología en la UBA. “Estamos luchando por terminar con el fin del lucro en la educación”, sentencia. Gonzalo (24) lleva cuatro años y medio en el país y está promediando la carrera de Sociología en la UBA. Ambos participan en la asamblea de estudiantes exiliados porque consideran que es necesario difundir la lucha de sus compañeros chilenos y presionar al gobierno, que, además de no responder a las demandas, reprime a los estudiantes.
“Lo interesante es que esta asamblea traspasa las fronteras, lo vemos en el trabajo con los compañeros argentinos donde se da un debate muy interesante –señala Gonzalo–. Nosotros tenemos la experiencia de la educación privada y los argentinos saben cómo defender la educación pública.” El colectivo chileno se reúne con estudiantes de la FUBA y CUES. Pablo agrega que la asamblea toma fuerza a medida que se suman otros sectores. Ya realizaron contactos con estudiantes colombianos y la idea es poner el tema de la educación pública en boca de todos. “Esperamos que la lucha que se está dando en Chile sea un ejemplo a seguir en toda Latinoamérica. Pensamos que Buenos Aires es la instancia precisa por ser una ciudad cosmopolita”, analiza Pablo.
A partir de la represión del jueves, la asamblea se puso como objetivo denunciar al gobierno de Piñera por la falta de libertad de expresión en las calles. Los jóvenes coinciden en que, para esto, el rol de la asamblea es fundamental porque permite visibilizar el problema y contribuye a que la comunidad internacional tome conciencia sobre el conflicto. “El movimiento que se produjo en Chile traspasó lo educacional y se convirtió en un movimiento social”, dice Gonzalo. Esa afirmación cobra fuerza después de la multitudinaria marcha organizada anteayer por los familiares de los estudiantes en lucha. Y se afianza en la convocatoria para el paro nacional de hoy, en que, a los estudiantes secundarios y universitarios, se sumarán el Colegio de Profesores, la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios, la Confederación de Estudiantes de Chile y los trabajadores de la Corporación Nacional del Cobre.
El 11 de julio, 16 mil trabajadores de Codelco y 30 mil contratistas realizaron un paro nacional al cumplirse 40 años de la nacionalización de la explotación del cobre impulsada por Salvador Allende. “Ahí se empieza a formar una alianza obrero-estudiantil. Chile está enviando un mensaje a los estudiantes de Latinoamérica para que se unan, desde abajo, contra un Estado capitalista que socava todo sentido de conciencia pública”, considera Pablo.
Gonzalo sostiene que, a diferencia de la “revolución pingüina” de 2006, el actual movimiento de estudiantes no está dirigido por el PC chileno o la Confech, que aceptaron las propuestas de Michelle Bachelet. “Con Piñera y la derecha en el poder es más difícil que esos sectores quieran negociar porque, además, se ven sobrepasados por el movimiento estudiantil. Estas mesas de negociación tienen por objeto diluir la movilización.” En la misma línea, Pablo opina que uno de los errores cometidos en ese entonces fue permitir la intervención de partidos políticos en el conflicto. “Ahora el movimiento tiene una dirección que va tras la educación gratuita, laica y de calidad y se va a luchar por eso hasta las últimas consecuencias. Nos vamos a sentar a negociar pero con las propuestas de los estudiantes, no del gobierno”, asegura.
Las últimas encuestas ubican al movimiento estudiantil con un 80 por ciento de aceptación en la sociedad chilena. Piñera, en cambio, araña el 26 por ciento. “Hoy va a ser un día decisivo para saber cómo se posicionan los actores de cara al desenlace del conflicto”, agrega Pablo y concluye que el movimiento se fortaleció más a partir de la represión.
viernes, 22 de julio de 2011
El Dios de la Alegría
Rafael Velasco, S.J.
Decía Nietzsche: “¿Cómo voy a creer en la resurrección de Cristo si los cristianos andan con esa cara?”
La frase es contundente y uno hasta coincide muchas veces.
Si nos ponemos a pensar, los cristianos solemos asociar la fe al dolor, a lo serio, al cumplimiento de preceptos, la renuncia, la mortificación, pero rarísimamente la asociamos a la Alegría. Hablar de Dios es “cosa seria”, pero no alegre. Es más, pareciera que la religión viene a aguar la fiesta de la vida con todos sus preceptos y mandamientos.
La Fiesta de la Pascua Cristiana, la fiesta central del cristianismo que celebra la resurrección de Jesús, es nuestra fuente de alegría. Pablo dice “si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe y somos los hombres más dignos de lástima”.
La Resurrección no es el “happy end” de una película tristísima de sufrimiento, injusticia y dolor, sino que es la confirmación, por parte de Dios Padre, de que el Amor vence a la muerte y que una vida entregada, como la de Jesús, por la vida y la alegría de los demás es fuente de Vida y Alegría. Es decir que vivir como Jesús es fuente de Alegría genuina.
Jesús en su vida mortal se enfrentó decididamente con los que encaraban la religión como un cumplimiento de determinadas leyes, que terminaba ahogando la libertad y por lo tanto la capacidad de amar. De hecho son ellos –los saduceos (los sacerdotes) y los escribas (los teólogos) – quienes lo llevan a la muerte. Jesús viene a decir que esa religión –también hoy– no es la que le agrada a Dios, que la verdadera religión es la que impulsa a hombres y mujeres a salir al encuentro de sus hermanos y hermanas para ayudarlos a ser felices, a tener Vida en abundancia. Eso implica poner en su lugar las leyes y preceptos religiosos, como algo relativo que está en función del hombre y no al revés.
La espiritualidad del cumplimiento de determinadas leyes religiosas termina siendo una espiritualidad centrada en el propio yo. Si cumplo me siento tranquilo, y por lo tanto lo más importante es cumplir, no amar.
Por el contrario, el domingo de resurrección es la confirmación por parte de Dios de que una vida entregada por amor a los demás es el Camino de la Vida verdadera. Y es la invitación a transitar ese camino, sabiendo, con lucidez, que el amor tarde o temprano debe pasar por la oscuridad, el rechazo, el dolor (la Cruz de Cristo), pero que perseverando en la Fe y la Esperanza en ese mismo camino, nos alumbra la Luz de una Vida Nueva, diferente; eso es vivir como resucitados.
Esto es tan claro como la frontera entre el Amor y el egoísmo (que a veces se presenta con caras muy refinadas, que incluso se confunden con formas de amor).
La vida de Jesús de Nazareth fue un pasar dando alegría a los que la necesitaban y a los que la quisieran recibir. Su muerte fue el testimonio de que esa alegría se ofrece, no se impone, y de que el camino para acceder a ella debe pasar ciertamente por la fidelidad en lo cotidiano. Su Resurrección es la señal que nos da Dios Padre de que ese es el Camino de la felicidad.
Ateos y creyentes anónimos
Muchas veces pienso que muchos de los que se dicen ateos, no reniegan en realidad de Dios, sino de ese dios triste y opresivo que lamentablemente muchas veces anunciamos, en particular los cristianos, con nuestra predicación y con nuestro modo de vida. Nos perciben a los hombres religiosos con la cara que Nietzsche veía en los cristianos de su tiempo.
Tal vez el Dios de la Alegría tenga más adeptos anónimos (que se dicen agnósticos o ateos) de los que parece. Adeptos que intentan vivir el amor al prójimo con todas sus consecuencias; adeptos que lo adoran silenciosamente en la intimidad del templo de sus corazones.
Decía Nietzsche: “¿Cómo voy a creer en la resurrección de Cristo si los cristianos andan con esa cara?”
La frase es contundente y uno hasta coincide muchas veces.
Si nos ponemos a pensar, los cristianos solemos asociar la fe al dolor, a lo serio, al cumplimiento de preceptos, la renuncia, la mortificación, pero rarísimamente la asociamos a la Alegría. Hablar de Dios es “cosa seria”, pero no alegre. Es más, pareciera que la religión viene a aguar la fiesta de la vida con todos sus preceptos y mandamientos.
La Fiesta de la Pascua Cristiana, la fiesta central del cristianismo que celebra la resurrección de Jesús, es nuestra fuente de alegría. Pablo dice “si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe y somos los hombres más dignos de lástima”.
La Resurrección no es el “happy end” de una película tristísima de sufrimiento, injusticia y dolor, sino que es la confirmación, por parte de Dios Padre, de que el Amor vence a la muerte y que una vida entregada, como la de Jesús, por la vida y la alegría de los demás es fuente de Vida y Alegría. Es decir que vivir como Jesús es fuente de Alegría genuina.
Jesús en su vida mortal se enfrentó decididamente con los que encaraban la religión como un cumplimiento de determinadas leyes, que terminaba ahogando la libertad y por lo tanto la capacidad de amar. De hecho son ellos –los saduceos (los sacerdotes) y los escribas (los teólogos) – quienes lo llevan a la muerte. Jesús viene a decir que esa religión –también hoy– no es la que le agrada a Dios, que la verdadera religión es la que impulsa a hombres y mujeres a salir al encuentro de sus hermanos y hermanas para ayudarlos a ser felices, a tener Vida en abundancia. Eso implica poner en su lugar las leyes y preceptos religiosos, como algo relativo que está en función del hombre y no al revés.
La espiritualidad del cumplimiento de determinadas leyes religiosas termina siendo una espiritualidad centrada en el propio yo. Si cumplo me siento tranquilo, y por lo tanto lo más importante es cumplir, no amar.
Por el contrario, el domingo de resurrección es la confirmación por parte de Dios de que una vida entregada por amor a los demás es el Camino de la Vida verdadera. Y es la invitación a transitar ese camino, sabiendo, con lucidez, que el amor tarde o temprano debe pasar por la oscuridad, el rechazo, el dolor (la Cruz de Cristo), pero que perseverando en la Fe y la Esperanza en ese mismo camino, nos alumbra la Luz de una Vida Nueva, diferente; eso es vivir como resucitados.
Esto es tan claro como la frontera entre el Amor y el egoísmo (que a veces se presenta con caras muy refinadas, que incluso se confunden con formas de amor).
La vida de Jesús de Nazareth fue un pasar dando alegría a los que la necesitaban y a los que la quisieran recibir. Su muerte fue el testimonio de que esa alegría se ofrece, no se impone, y de que el camino para acceder a ella debe pasar ciertamente por la fidelidad en lo cotidiano. Su Resurrección es la señal que nos da Dios Padre de que ese es el Camino de la felicidad.
Ateos y creyentes anónimos
Muchas veces pienso que muchos de los que se dicen ateos, no reniegan en realidad de Dios, sino de ese dios triste y opresivo que lamentablemente muchas veces anunciamos, en particular los cristianos, con nuestra predicación y con nuestro modo de vida. Nos perciben a los hombres religiosos con la cara que Nietzsche veía en los cristianos de su tiempo.
Tal vez el Dios de la Alegría tenga más adeptos anónimos (que se dicen agnósticos o ateos) de los que parece. Adeptos que intentan vivir el amor al prójimo con todas sus consecuencias; adeptos que lo adoran silenciosamente en la intimidad del templo de sus corazones.
miércoles, 11 de mayo de 2011
¿Religión?... ¿De qué hablamos?
La palabra «religión» tiene varios sentidos, bastante diferentes, que podemos agrupar en tres niveles:
1) Las «religiones»: son sistemas de creencias, doctrinas, prácticas, ritos... acerca de lo considerado sagrado, divino, o espiritual, cristalizados con frecuencia en instituciones, que como tales, son actores sociales e incluso políticos, con intereses, y funciones de poder. Cada uno de esos conjuntos institucionales es lo que llamamos «una religión», las «religiones».
2) La religión es también el hecho social religioso mismo: el hecho de que el ser humano sea capaz de religiosidad y tenga necesidad de ella, las manifestaciones de esa religiosidad, su incidencia cultural, histórica y política en la sociedad... Todo eso es también «la religión» en la sociedad.
3) Pero lo religioso es sobre todo una experiencia de la persona: los seres humanos necesitamos un sentido para vivir, y no podemos encontrarlo si no abrimos nuestro corazón, en la intimidad, al misterio, a lo sagrado, al valor absoluto del amor, a la Realidad última, la Divinidad... Esta experiencia espiritual se da de hecho en toda persona, con infinitas variaciones, ya sea dentro, fuera o aun en contra de las «instituciones» religiosas, es decir, de las religiones. Es la experiencia religiosa, o espiritual, una capacidad de percepción y relación con esa realidad indefinible que se ha llamado lo sagrado, el misterio, el absoluto...
Son pues tres niveles diferentes, que conviene distinguir y tener presentes en su diferencia.
En todo caso, esos tres niveles evidencian que lo religioso es un hecho humano, personal y social, y también institucional. Está ahí, en todas las sociedades, y afecta nuestra vida mucho más de lo que pensamos.
No se trata pues de ningún tema tabú, ni de un campo reservado a los especialistas, ni de algo que caiga bajo la competencia exclusiva de las instituciones religiosas. Toda persona interesada sinceramente por el bienestar y la realización humana plena, debe prestar atención a esta dimensión humana y a este hecho social.
En la mentalidad ingenua tradicional, lo religioso estuvo revestido siempre de un cierto carácter tabú, sagrado, como si tocarlo fuera una irreverencia, o pudiera acarrear un castigo divino... Afortunadamente ya no es así: las ciencias humanas, y la opinión pública han perdido ese temor excesivo reverencial y abordan el tema religioso con naturalidad y profundidad. También nosotros podemos hacerlo así.
Es importante recalcar la distinción entre «religión» y «espiritualidad»:
-técnicamente hablando, religión hace referencia a la dimensión institucional de las religiones, a sus creencias y sus prácticas, sus instituciones... mientras que
-espiritualidad o vida espiritual o experiencia espiritual, se refiere a esa vivencia religiosa íntima personal que acompaña a toda persona, de una manera u otra, y que puede darse tanto dentro como fuera de las «religiones».
Cabe hacer notar que, apurando las palabras, tendríamos reparos para la palabra «espiritualidad»... pues etimológicamente es lo opuesto a la materialidad, a la corporalidad... No es ése, obviamente, el sentido que tiene para nosotros. No nos consideramos un compuesto de dos cosas, sino una única realidad, que es simultáneamente material, corporal, psíquica, espiritual... Espiritualidad es ya una palabra consagrada, que no hace referencia hoy a su origen griego (o lo olvidamos, deliberadamente). Espiritualidad es en definitiva la dimensión profunda del ser humano, su vivencia de sentido, su experiencia profunda de la realidad, su calidad de profunda de humanización.
Renunciar a la espiritualidad, o minusvalorarla, o desatenderla, por confundirla con la «religión» y sus instituciones, ritos, creencias, dogmas... sería un grave error, una tremenda pérdida humana.
Con la palabra «dios» ocurre otro tanto. Algunos la consideran incuestionable, porque la identifican reverencialmente con el contenido que le adjudican. Otros, con un relativamente reciente sentido crítico, señalan la distancia inevitable entre la imagen tradicional de «dios» (el theos griego del que viene la palabra en los idiomas latinos) y la verdadera Realidad Última, inaccesible e inimaginable, que no puede quedar encerrada en el concepto ni en la imagen clásica de «dios»...
Ahora podemos distinguir: muchos pensaban que no creían en dios, pero luego han descubierto que no habían dejado de creer en la Divinidad de la Realidad: simplemente ya no creen que esa «divinidad» pueda llamarse ni imaginarse como un «dios»: la palabra se les ha quedado corta e inaplicable; tal vez no han dejado de creer nunca en la divinidad de la realidad, en la Realidad divina, pero sin imaginarla como un «dios» (theos)...
1) Las «religiones»: son sistemas de creencias, doctrinas, prácticas, ritos... acerca de lo considerado sagrado, divino, o espiritual, cristalizados con frecuencia en instituciones, que como tales, son actores sociales e incluso políticos, con intereses, y funciones de poder. Cada uno de esos conjuntos institucionales es lo que llamamos «una religión», las «religiones».
2) La religión es también el hecho social religioso mismo: el hecho de que el ser humano sea capaz de religiosidad y tenga necesidad de ella, las manifestaciones de esa religiosidad, su incidencia cultural, histórica y política en la sociedad... Todo eso es también «la religión» en la sociedad.
3) Pero lo religioso es sobre todo una experiencia de la persona: los seres humanos necesitamos un sentido para vivir, y no podemos encontrarlo si no abrimos nuestro corazón, en la intimidad, al misterio, a lo sagrado, al valor absoluto del amor, a la Realidad última, la Divinidad... Esta experiencia espiritual se da de hecho en toda persona, con infinitas variaciones, ya sea dentro, fuera o aun en contra de las «instituciones» religiosas, es decir, de las religiones. Es la experiencia religiosa, o espiritual, una capacidad de percepción y relación con esa realidad indefinible que se ha llamado lo sagrado, el misterio, el absoluto...
Son pues tres niveles diferentes, que conviene distinguir y tener presentes en su diferencia.
En todo caso, esos tres niveles evidencian que lo religioso es un hecho humano, personal y social, y también institucional. Está ahí, en todas las sociedades, y afecta nuestra vida mucho más de lo que pensamos.
No se trata pues de ningún tema tabú, ni de un campo reservado a los especialistas, ni de algo que caiga bajo la competencia exclusiva de las instituciones religiosas. Toda persona interesada sinceramente por el bienestar y la realización humana plena, debe prestar atención a esta dimensión humana y a este hecho social.
En la mentalidad ingenua tradicional, lo religioso estuvo revestido siempre de un cierto carácter tabú, sagrado, como si tocarlo fuera una irreverencia, o pudiera acarrear un castigo divino... Afortunadamente ya no es así: las ciencias humanas, y la opinión pública han perdido ese temor excesivo reverencial y abordan el tema religioso con naturalidad y profundidad. También nosotros podemos hacerlo así.
Es importante recalcar la distinción entre «religión» y «espiritualidad»:
-técnicamente hablando, religión hace referencia a la dimensión institucional de las religiones, a sus creencias y sus prácticas, sus instituciones... mientras que
-espiritualidad o vida espiritual o experiencia espiritual, se refiere a esa vivencia religiosa íntima personal que acompaña a toda persona, de una manera u otra, y que puede darse tanto dentro como fuera de las «religiones».
Cabe hacer notar que, apurando las palabras, tendríamos reparos para la palabra «espiritualidad»... pues etimológicamente es lo opuesto a la materialidad, a la corporalidad... No es ése, obviamente, el sentido que tiene para nosotros. No nos consideramos un compuesto de dos cosas, sino una única realidad, que es simultáneamente material, corporal, psíquica, espiritual... Espiritualidad es ya una palabra consagrada, que no hace referencia hoy a su origen griego (o lo olvidamos, deliberadamente). Espiritualidad es en definitiva la dimensión profunda del ser humano, su vivencia de sentido, su experiencia profunda de la realidad, su calidad de profunda de humanización.
Renunciar a la espiritualidad, o minusvalorarla, o desatenderla, por confundirla con la «religión» y sus instituciones, ritos, creencias, dogmas... sería un grave error, una tremenda pérdida humana.
Con la palabra «dios» ocurre otro tanto. Algunos la consideran incuestionable, porque la identifican reverencialmente con el contenido que le adjudican. Otros, con un relativamente reciente sentido crítico, señalan la distancia inevitable entre la imagen tradicional de «dios» (el theos griego del que viene la palabra en los idiomas latinos) y la verdadera Realidad Última, inaccesible e inimaginable, que no puede quedar encerrada en el concepto ni en la imagen clásica de «dios»...
Ahora podemos distinguir: muchos pensaban que no creían en dios, pero luego han descubierto que no habían dejado de creer en la Divinidad de la Realidad: simplemente ya no creen que esa «divinidad» pueda llamarse ni imaginarse como un «dios»: la palabra se les ha quedado corta e inaplicable; tal vez no han dejado de creer nunca en la divinidad de la realidad, en la Realidad divina, pero sin imaginarla como un «dios» (theos)...
viernes, 6 de mayo de 2011
Santo Súbito? Por Rafael Velasco
Juan Pablo II ha sido, sin duda, el papa más mediático de todos. Y ha sido, tal vez, el más querido mundialmente. Una personalidad que, por sus gestos y palabras, despertó una gran simpatía no sólo hacia adentro, sino también puertas afuera de la Iglesia institucional.
Es en particular hacia afuera de los límites de la Iglesia donde su recuerdo ha quedado más nítido. Tal vez porque hizo lo que ningún otro antes en siglos: pidió perdón por los pecados de la Iglesia; se acercó a las otras religiones de múltiples maneras; tuvo gestos memorables con judíos (a quienes llamaba nuestros hermanos mayores) y con musulmanes. Ha sido un hombre de encuentro para los creyentes de las diversas confesiones religiosas.
Ha sido el papa que movía multitudes y despertaba, en particular en los jóvenes, un sentimiento de cercanía y afecto nunca vistos antes. Tal vez será por estas cosas y varias más que su despedida fue multitudinaria y aún es llorado por muchos. Ha sido un hombre de Dios.
Puertas adentro. También hay otra faceta de Juan Pablo II: la del papa puertas adentro de la Iglesia. Hacia adentro, intentó revitalizar la Iglesia y lanzarla hacia adelante con renovado fervor. Su énfasis en que se ingresara al tercer milenio con espíritu penitencial y su convocatoria a una “nueva evangelización”, nueva en su ardor y en sus métodos, fue también un distintivo de su pontificado.
Esto fue acompañado, por otra parte, con una mirada bastante tradicional –y hasta rígida– sobre algunos temas doctrinales particularmente sensibles para el hombre posmoderno: los métodos artificiales de control de natalidad, la posibilidad de acceder a la comunión sacramental por parte de los divorciados que se volvieron a casar, el celibato opcional de los sacerdotes, la mayor colegialidad en las decisiones, la posibilidad de que las mujeres accedan al ministerio ordenado.
En cuanto a nuestra realidad, sus reticencias respecto de la Teología de la Liberación han sido particularmente descorazonadoras para amplios sectores del catolicismo latinoamericano.
La Iglesia es una gran familia y, como en toda familia, algunos son más escuchados que otros. Esto fue claro con Juan Pablo II. Movimientos de carácter más tradicional en lo doctrinal vieron crecer su influencia, mientras que otros más volcados hacia el trabajo de transformación de las estructuras injustas (del mundo y de la misma Iglesia) fueron preteridos.
Durante su pontificado, muchos teólogos sufrieron la sospecha o el silenciamiento. Y han sido en particular los movimientos eclesiales más conservadores los que se vieron beneficiados, mientras que los sectores que ensayaron otro tipo de comprensión respecto del mundo y la cultura actual no fueron tan bien tratados.
“Santo subito”. Ya en los días de su largo velatorio comenzó a surgir la consigna: “¡Santo subito!” (¡Santo pronto!), como una expresión del cariño de su pueblo.
Esa consigna, seguida desde las más altas instancias eclesiales, significó la apertura pronta del proceso de su beatificación.
La Iglesia establece que recién después de cinco años de su muerte se puede comenzar el proceso de beatificación de una persona. En este caso, se rompió esa regla. Los procesos, como se ve, han sido bastante súbitos.
La santidad. Un santo, para la Iglesia, es alguien que ha amado mucho y lo hizo de manera heroica. Es alguien que anunció la buena noticia de Jesús y a su vez en su anuncio denunció aquello que oprime a los seres humanos, aquello que no los deja vivir humanamente con dignidad, como hermanos.
Un santo es alguien que se ha dejado transformar por Dios y ha cumplido así con fidelidad su misión.
La santidad –más aun en el caso de un papa– no es algo referido sólo a lo íntimo y personal. La santidad tiene que ver, sin dudas, con cómo la persona ha ejercido la misión que se le encomendó. En este caso, la misión no menor de ser el sucesor de Pedro en la Iglesia Católica.
Ahora bien, en el ejercicio de esa misión –en este caso particular–, más allá de los innegables logros, hubo puntos que aún hoy resultan oscuros, tal vez justamente por la excesiva cercanía. El escándalo del Banco Ambrosiano es uno de ellos.
Fue un conflicto que Juan Pablo II afrontó al principio de su pontificado, aunque en verdad venía de más atrás. Hizo –tal vez– lo mejor que pudo; pero el otorgarle refugio durante años a un personaje siniestro como monseñor Paul Marcinkus –uno de los grandes responsables del fraudulento vaciamiento– no deja de ser algo al menos sorprendente.
Otro caso: Benedicto XVI está lidiando duramente con numerosos casos de abusos de menores por parte de sacerdotes de la Iglesia Católica. Los hechos ocurrieron durante los últimos 50 años. No eran nuevos. No surgieron como un hongo en los últimos cinco años. Benedicto los ha afrontado intentando cambiar una costumbre de encubrimiento y disimulo perversa y de larga data en la Iglesia. Ha aplicado una política de tolerancia cero y se ha hecho cargo.
Pero –como digo– ya se sabía de estos crímenes en ciertos altos círculos eclesiales y la inacción de la jerarquía generó mucho dolor.
Durante el pontificado de Juan Pablo II, surgió con mucha fuerza la congregación conocida como los Legionarios de Cristo. Una congregación religiosa que, más allá de lo que se pueda pensar de ellos y la honorabilidad y santidad de sus intenciones, fue fundada por Marcial Maciel, un sacerdote acusado de abuso de menores y que además llevaba –luego se comprobó– una doble vida matrimonial. Todo amparado en un sistema de ocultamiento perversamente montado en su círculo más íntimo.
Cuesta pensar que esto no se supiera en el Vaticano. ¿Por qué, si no, Joseph Ratzinger, apenas asumió, sancionó a Maciel por su pésima vida cristiana?
No tan súbito. No estoy aquí pronunciándome sobre la santidad de Juan Pablo II. Intento señalar algunos claroscuros que nos devuelve su largo pontificado y las contradicciones y limitaciones propias de su condición humana.
Las contradicciones no anulan la virtud; un santo no es una persona sobrehumana. Los católicos creemos que la persona es hecha santa (por Dios) con las propias contradicciones a cuestas y aun a pesar de ellas. Ningún santo queda eximido de su condición humana. Creer eso no es al menos cristiano.
En realidad, estoy intentando presentar honestamente mis dudas respecto de la conveniencia de haber acelerado los tiempos de su beatificación cuando hay temas tan serios para esclarecer. Más aun cuando algunos de esos temas son todavía una honda herida abierta. Tal vez –por respeto a tantas víctimas– hubiera sido más conveniente tomarse tiempos más prolongados. La Iglesia sabe de esto. Tenemos dos mil años de historia. Llama la atención la premura. Este apuro puede ser un signo confuso. Puede ser leído como un intento de autofelicitación eclesial en un momento de crisis, y no creo que sea positivo. Ni para la Iglesia ni para hacerle verdadera justicia a la santidad de vida de Juan Pablo II.
Los católicos atravesamos tiempos penitenciales. Tiempos de autocrítica y purificación. No son tiempos de autocelebración. Canonizar a nuestro anterior jefe suena a algo así.
Vivimos tiempos en los que más bien debemos mirar hacia adentro y hacer serias autocríticas para cambiar, dado que tenemos asignaturas pendientes importantes respecto a nuestra capacidad de leer los signos de los tiempos y comprender las angustias y sufrimientos de millones de personas que caminan a tientas buscando razones para seguir esperando.
Fuente: La Voz del Interior
Es en particular hacia afuera de los límites de la Iglesia donde su recuerdo ha quedado más nítido. Tal vez porque hizo lo que ningún otro antes en siglos: pidió perdón por los pecados de la Iglesia; se acercó a las otras religiones de múltiples maneras; tuvo gestos memorables con judíos (a quienes llamaba nuestros hermanos mayores) y con musulmanes. Ha sido un hombre de encuentro para los creyentes de las diversas confesiones religiosas.
Ha sido el papa que movía multitudes y despertaba, en particular en los jóvenes, un sentimiento de cercanía y afecto nunca vistos antes. Tal vez será por estas cosas y varias más que su despedida fue multitudinaria y aún es llorado por muchos. Ha sido un hombre de Dios.
Puertas adentro. También hay otra faceta de Juan Pablo II: la del papa puertas adentro de la Iglesia. Hacia adentro, intentó revitalizar la Iglesia y lanzarla hacia adelante con renovado fervor. Su énfasis en que se ingresara al tercer milenio con espíritu penitencial y su convocatoria a una “nueva evangelización”, nueva en su ardor y en sus métodos, fue también un distintivo de su pontificado.
Esto fue acompañado, por otra parte, con una mirada bastante tradicional –y hasta rígida– sobre algunos temas doctrinales particularmente sensibles para el hombre posmoderno: los métodos artificiales de control de natalidad, la posibilidad de acceder a la comunión sacramental por parte de los divorciados que se volvieron a casar, el celibato opcional de los sacerdotes, la mayor colegialidad en las decisiones, la posibilidad de que las mujeres accedan al ministerio ordenado.
En cuanto a nuestra realidad, sus reticencias respecto de la Teología de la Liberación han sido particularmente descorazonadoras para amplios sectores del catolicismo latinoamericano.
La Iglesia es una gran familia y, como en toda familia, algunos son más escuchados que otros. Esto fue claro con Juan Pablo II. Movimientos de carácter más tradicional en lo doctrinal vieron crecer su influencia, mientras que otros más volcados hacia el trabajo de transformación de las estructuras injustas (del mundo y de la misma Iglesia) fueron preteridos.
Durante su pontificado, muchos teólogos sufrieron la sospecha o el silenciamiento. Y han sido en particular los movimientos eclesiales más conservadores los que se vieron beneficiados, mientras que los sectores que ensayaron otro tipo de comprensión respecto del mundo y la cultura actual no fueron tan bien tratados.
“Santo subito”. Ya en los días de su largo velatorio comenzó a surgir la consigna: “¡Santo subito!” (¡Santo pronto!), como una expresión del cariño de su pueblo.
Esa consigna, seguida desde las más altas instancias eclesiales, significó la apertura pronta del proceso de su beatificación.
La Iglesia establece que recién después de cinco años de su muerte se puede comenzar el proceso de beatificación de una persona. En este caso, se rompió esa regla. Los procesos, como se ve, han sido bastante súbitos.
La santidad. Un santo, para la Iglesia, es alguien que ha amado mucho y lo hizo de manera heroica. Es alguien que anunció la buena noticia de Jesús y a su vez en su anuncio denunció aquello que oprime a los seres humanos, aquello que no los deja vivir humanamente con dignidad, como hermanos.
Un santo es alguien que se ha dejado transformar por Dios y ha cumplido así con fidelidad su misión.
La santidad –más aun en el caso de un papa– no es algo referido sólo a lo íntimo y personal. La santidad tiene que ver, sin dudas, con cómo la persona ha ejercido la misión que se le encomendó. En este caso, la misión no menor de ser el sucesor de Pedro en la Iglesia Católica.
Ahora bien, en el ejercicio de esa misión –en este caso particular–, más allá de los innegables logros, hubo puntos que aún hoy resultan oscuros, tal vez justamente por la excesiva cercanía. El escándalo del Banco Ambrosiano es uno de ellos.
Fue un conflicto que Juan Pablo II afrontó al principio de su pontificado, aunque en verdad venía de más atrás. Hizo –tal vez– lo mejor que pudo; pero el otorgarle refugio durante años a un personaje siniestro como monseñor Paul Marcinkus –uno de los grandes responsables del fraudulento vaciamiento– no deja de ser algo al menos sorprendente.
Otro caso: Benedicto XVI está lidiando duramente con numerosos casos de abusos de menores por parte de sacerdotes de la Iglesia Católica. Los hechos ocurrieron durante los últimos 50 años. No eran nuevos. No surgieron como un hongo en los últimos cinco años. Benedicto los ha afrontado intentando cambiar una costumbre de encubrimiento y disimulo perversa y de larga data en la Iglesia. Ha aplicado una política de tolerancia cero y se ha hecho cargo.
Pero –como digo– ya se sabía de estos crímenes en ciertos altos círculos eclesiales y la inacción de la jerarquía generó mucho dolor.
Durante el pontificado de Juan Pablo II, surgió con mucha fuerza la congregación conocida como los Legionarios de Cristo. Una congregación religiosa que, más allá de lo que se pueda pensar de ellos y la honorabilidad y santidad de sus intenciones, fue fundada por Marcial Maciel, un sacerdote acusado de abuso de menores y que además llevaba –luego se comprobó– una doble vida matrimonial. Todo amparado en un sistema de ocultamiento perversamente montado en su círculo más íntimo.
Cuesta pensar que esto no se supiera en el Vaticano. ¿Por qué, si no, Joseph Ratzinger, apenas asumió, sancionó a Maciel por su pésima vida cristiana?
No tan súbito. No estoy aquí pronunciándome sobre la santidad de Juan Pablo II. Intento señalar algunos claroscuros que nos devuelve su largo pontificado y las contradicciones y limitaciones propias de su condición humana.
Las contradicciones no anulan la virtud; un santo no es una persona sobrehumana. Los católicos creemos que la persona es hecha santa (por Dios) con las propias contradicciones a cuestas y aun a pesar de ellas. Ningún santo queda eximido de su condición humana. Creer eso no es al menos cristiano.
En realidad, estoy intentando presentar honestamente mis dudas respecto de la conveniencia de haber acelerado los tiempos de su beatificación cuando hay temas tan serios para esclarecer. Más aun cuando algunos de esos temas son todavía una honda herida abierta. Tal vez –por respeto a tantas víctimas– hubiera sido más conveniente tomarse tiempos más prolongados. La Iglesia sabe de esto. Tenemos dos mil años de historia. Llama la atención la premura. Este apuro puede ser un signo confuso. Puede ser leído como un intento de autofelicitación eclesial en un momento de crisis, y no creo que sea positivo. Ni para la Iglesia ni para hacerle verdadera justicia a la santidad de vida de Juan Pablo II.
Los católicos atravesamos tiempos penitenciales. Tiempos de autocrítica y purificación. No son tiempos de autocelebración. Canonizar a nuestro anterior jefe suena a algo así.
Vivimos tiempos en los que más bien debemos mirar hacia adentro y hacer serias autocríticas para cambiar, dado que tenemos asignaturas pendientes importantes respecto a nuestra capacidad de leer los signos de los tiempos y comprender las angustias y sufrimientos de millones de personas que caminan a tientas buscando razones para seguir esperando.
Fuente: La Voz del Interior
lunes, 2 de mayo de 2011
La beatificación de Juan Pablo II. Por Juan José Tamayo
Mañana, 1 de mayo de 2011, Benedicto XVI beatificará a su predecesor Juan Pablo II. Desde su anuncio, esta beatificación ha causado malestar y sorpresa en importantes sectores de la Iglesia católica. Entiendo el malestar, ya que no pocas de las actuaciones de Juan Pablo II fueron todo menos ejemplares e imitables como se espera de una persona a quien se eleva a los altares y se presenta como modelo de virtudes para los cristianos. Me refiero a su manera autoritaria de conducir la Iglesia, a su rigorismo moral, el trato represivo dado a los teólogos y las teólogas que disentían del Magisterio eclesiástico -muchos de los cuales fueron expulsados de sus cátedras y sus obras sometidas a censura-, al silencio e incluso la complicidad que demostró en los casos de pederastia, especialmente con el fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, a quien dio siempre un trato privilegiado con el beneplácito del cardenal Ratzinger, su brazo derecho, etcétera.
Lo que no encuentro justificada es la sorpresa. Con esta beatificación, Benedicto XVI no ha hecho otra cosa que poner en práctica el viejo refrán: es de bien nacidos ser agradecidos. La elevación de Karol Wojtyla al grado de beato es la mejor muestra de agradecimiento que podía rendir a su predecesor, que le nombró presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe y le concedió un poder omnímodo en cuestiones doctrinales, morales y administrativas. Más aún, fue Juan Pablo II quien le allanó el camino nombrándolo sucesor in péctore. ¿Cómo el Papa actual no iba a beatificar al autor de tamaño ascenso en el escalafón eclesiástico?
Si no hubiera sido por Juan Pablo II, Joseph Ratzinger sería hoy un arzobispo emérito sin relevancia alguna. Pero quiso el destino que el papa polaco llamara al arzobispo alemán a su lado y le nombrara Inquisidor de la Fe, para que la vida del cardenal Ratzinger diera un giro copernicano. Durante casi un cuarto de siglo fue el funcionario más poderoso de la curia romana por cuyas manos pasaban los asuntos más importantes del orbe católico, desde el control de la doctrina hasta los casos de pederastia sobre los que decretó el más absoluto secreto, imponiendo a víctimas y verdugos un silencio que le convirtieron en cómplice y encubridor de delitos horrendos contra personas indefensas.
Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger vivieron un idilio durante casi cinco lustros con un reparto de papeles que siempre respetaron. El primero, con vocación de actor desde su juventud, ejerció esa función a la perfección, se convirtió en uno de los grandes actores del siglo XX y recibió los aplausos de millones de espectadores de todo el mundo desde su elección papal hasta su entierro. El segundo ejerció el papel para el que estaba especialmente capacitado, el de ideólogo y guionista de la obra que le tocaba representar al papa y que puso por escrito en el libro-entrevista Informe sobre la fe, cuya idea central era la restauración de la Iglesia católica.
El guión incluía la revisión del concilio Vaticano II y el cambio de rumbo de la Iglesia católica, el restablecimiento de la autoridad papal, devaluada en la etapa posconciliar, la afirmación del dogma católico, la nueva evangelización, la recristianización de Europa, la vuelta a la tradición, el freno a la reforma litúrgica, la confesionalidad de la política y de la cultura, la defensa de la moral tradicional en toda su rigidez en materias que hasta entonces eran objeto de un amplio debate dentro y fuera del catolicismo, como la familia, el matrimonio, la sexualidad, el comienzo y el final de la vida, etcétera.
El panorama eclesial descrito por el cardenal Ratzinger en la entrevista con Vittorio Messori, publicada luego como libro bajo el título antes citado Informe sobre la fe, no podía ser más sombrío: “Resulta incontestable que los últimos 20 años han sido decisivamente desfavorables para la Iglesia católica. Los resultados que han seguido al Concilio parecen oponerse cruelmente a las esperanzas de todos, comenzando por las del papa Juan XXIII y, después, las de Pablo VI. Los cristianos son, de nuevo, minoría, más que en ninguna otra época desde finales de la antigüedad. Los papas y los padres conciliares esperaban una nueva unidad católica y ha sobrevenido una división tal que -en palabras de Pablo VI- se ha pasado de la autocrítica a la autodestrucción. Se esperaba un nuevo entusiasmo, y se ha terminado con demasiada frecuencia en el hastío y en el desaliento. Esperábamos un salto hacia adelante, y nos hemos encontrado ante un proceso progresivo de decadencia que se ha desarrollado en buena medida bajo el signo del presunto espíritu del Concilio, provocando de este modo su descrédito”.
Dentro del guión entraba el cambio en la política de nombramiento de obispos, sin la cual no podía llevarse a cabo la restauración eclesial diseñada al unísono por Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger. Poco a poco fueron sustituidos los obispos conciliares por prelados preconciliares, los obispos comprometidos con el pueblo dieron paso a obispos cuya preocupación principal era la ortodoxia, los obispos vinculados a la teología de la liberación dieron paso a los obedientes a Roma. De esa manera se garantizaba el éxito de la nueva estrategia neoconservadora.
Wojtyla y Ratzinger se conocían desde la época del concilio Vaticano II, en el que ambos participaron, el primero como obispo, el segundo como asesor teológico del cardenal Joseph Frings, arzobispo de Colonia. Wojtyla se alineó con el sector conservador. Ratzinger estuvo del lado del grupo moderadamente reformista. Ambos dieron su apoyo a los documentos conciliares. Se esperaba por ello que, ubicados posteriormente en los puestos de la máxima responsabilidad eclesiástica, llevaran a la práctica las reformas aprobadas por el Vaticano II en los diferentes campos del quehacer eclesial: vida y organización de la Iglesia, teología, liturgia, recurso a los métodos histórico-críticos en el estudio de los textos sagrados, diálogo con el mundo moderno, presencia de la Iglesia en la sociedad y, sobre todo, la creación de la “Iglesia de los pobres”, propuesta estrella de Juan XXIII. No fue ese, sin embargo, el camino seguido por Juan Pablo II y Benedicto XVI.
Cuando accedieron al papado fueron desmontando poco a poco el edificio construido por los padres conciliares entre 1962 y 1965 y alejándose del proyecto de Iglesia diseñado cuidadosamente en las cuatro Constituciones, los nueve Decretos y las tres Declaraciones que conforman el Magisterio conciliar.
El giro no podía ser más notorio: se pasó de la Iglesia pueblo de Dios y comunidad de creyentes a la Iglesia jerárquico-piramidal, de la corresponsabilidad al gobierno autoritario, del pensamiento crítico al pensamiento único, de la autonomía de las realidades temporales a su sacralización, de la secularización al retorno de las religiones, de la autonomía de la Iglesia local a su control, de la jerarquía como servicio a la jerarquía como ejercicio de poder, de la teología como inteligencia de la fe en diálogo con otros saberes a la teología como glosa del Magisterio eclesiástico, de la ética de la responsabilidad al rigorismo moral, del diálogo multilateral al anatema.
La beatificación de Juan Pablo II constituye, a mi juicio, una muestra más del paso que Benedicto XVI ha dado desde el neoconservadurismo al integrismo.
Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid.
Lo que no encuentro justificada es la sorpresa. Con esta beatificación, Benedicto XVI no ha hecho otra cosa que poner en práctica el viejo refrán: es de bien nacidos ser agradecidos. La elevación de Karol Wojtyla al grado de beato es la mejor muestra de agradecimiento que podía rendir a su predecesor, que le nombró presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe y le concedió un poder omnímodo en cuestiones doctrinales, morales y administrativas. Más aún, fue Juan Pablo II quien le allanó el camino nombrándolo sucesor in péctore. ¿Cómo el Papa actual no iba a beatificar al autor de tamaño ascenso en el escalafón eclesiástico?
Si no hubiera sido por Juan Pablo II, Joseph Ratzinger sería hoy un arzobispo emérito sin relevancia alguna. Pero quiso el destino que el papa polaco llamara al arzobispo alemán a su lado y le nombrara Inquisidor de la Fe, para que la vida del cardenal Ratzinger diera un giro copernicano. Durante casi un cuarto de siglo fue el funcionario más poderoso de la curia romana por cuyas manos pasaban los asuntos más importantes del orbe católico, desde el control de la doctrina hasta los casos de pederastia sobre los que decretó el más absoluto secreto, imponiendo a víctimas y verdugos un silencio que le convirtieron en cómplice y encubridor de delitos horrendos contra personas indefensas.
Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger vivieron un idilio durante casi cinco lustros con un reparto de papeles que siempre respetaron. El primero, con vocación de actor desde su juventud, ejerció esa función a la perfección, se convirtió en uno de los grandes actores del siglo XX y recibió los aplausos de millones de espectadores de todo el mundo desde su elección papal hasta su entierro. El segundo ejerció el papel para el que estaba especialmente capacitado, el de ideólogo y guionista de la obra que le tocaba representar al papa y que puso por escrito en el libro-entrevista Informe sobre la fe, cuya idea central era la restauración de la Iglesia católica.
El guión incluía la revisión del concilio Vaticano II y el cambio de rumbo de la Iglesia católica, el restablecimiento de la autoridad papal, devaluada en la etapa posconciliar, la afirmación del dogma católico, la nueva evangelización, la recristianización de Europa, la vuelta a la tradición, el freno a la reforma litúrgica, la confesionalidad de la política y de la cultura, la defensa de la moral tradicional en toda su rigidez en materias que hasta entonces eran objeto de un amplio debate dentro y fuera del catolicismo, como la familia, el matrimonio, la sexualidad, el comienzo y el final de la vida, etcétera.
El panorama eclesial descrito por el cardenal Ratzinger en la entrevista con Vittorio Messori, publicada luego como libro bajo el título antes citado Informe sobre la fe, no podía ser más sombrío: “Resulta incontestable que los últimos 20 años han sido decisivamente desfavorables para la Iglesia católica. Los resultados que han seguido al Concilio parecen oponerse cruelmente a las esperanzas de todos, comenzando por las del papa Juan XXIII y, después, las de Pablo VI. Los cristianos son, de nuevo, minoría, más que en ninguna otra época desde finales de la antigüedad. Los papas y los padres conciliares esperaban una nueva unidad católica y ha sobrevenido una división tal que -en palabras de Pablo VI- se ha pasado de la autocrítica a la autodestrucción. Se esperaba un nuevo entusiasmo, y se ha terminado con demasiada frecuencia en el hastío y en el desaliento. Esperábamos un salto hacia adelante, y nos hemos encontrado ante un proceso progresivo de decadencia que se ha desarrollado en buena medida bajo el signo del presunto espíritu del Concilio, provocando de este modo su descrédito”.
Dentro del guión entraba el cambio en la política de nombramiento de obispos, sin la cual no podía llevarse a cabo la restauración eclesial diseñada al unísono por Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger. Poco a poco fueron sustituidos los obispos conciliares por prelados preconciliares, los obispos comprometidos con el pueblo dieron paso a obispos cuya preocupación principal era la ortodoxia, los obispos vinculados a la teología de la liberación dieron paso a los obedientes a Roma. De esa manera se garantizaba el éxito de la nueva estrategia neoconservadora.
Wojtyla y Ratzinger se conocían desde la época del concilio Vaticano II, en el que ambos participaron, el primero como obispo, el segundo como asesor teológico del cardenal Joseph Frings, arzobispo de Colonia. Wojtyla se alineó con el sector conservador. Ratzinger estuvo del lado del grupo moderadamente reformista. Ambos dieron su apoyo a los documentos conciliares. Se esperaba por ello que, ubicados posteriormente en los puestos de la máxima responsabilidad eclesiástica, llevaran a la práctica las reformas aprobadas por el Vaticano II en los diferentes campos del quehacer eclesial: vida y organización de la Iglesia, teología, liturgia, recurso a los métodos histórico-críticos en el estudio de los textos sagrados, diálogo con el mundo moderno, presencia de la Iglesia en la sociedad y, sobre todo, la creación de la “Iglesia de los pobres”, propuesta estrella de Juan XXIII. No fue ese, sin embargo, el camino seguido por Juan Pablo II y Benedicto XVI.
Cuando accedieron al papado fueron desmontando poco a poco el edificio construido por los padres conciliares entre 1962 y 1965 y alejándose del proyecto de Iglesia diseñado cuidadosamente en las cuatro Constituciones, los nueve Decretos y las tres Declaraciones que conforman el Magisterio conciliar.
El giro no podía ser más notorio: se pasó de la Iglesia pueblo de Dios y comunidad de creyentes a la Iglesia jerárquico-piramidal, de la corresponsabilidad al gobierno autoritario, del pensamiento crítico al pensamiento único, de la autonomía de las realidades temporales a su sacralización, de la secularización al retorno de las religiones, de la autonomía de la Iglesia local a su control, de la jerarquía como servicio a la jerarquía como ejercicio de poder, de la teología como inteligencia de la fe en diálogo con otros saberes a la teología como glosa del Magisterio eclesiástico, de la ética de la responsabilidad al rigorismo moral, del diálogo multilateral al anatema.
La beatificación de Juan Pablo II constituye, a mi juicio, una muestra más del paso que Benedicto XVI ha dado desde el neoconservadurismo al integrismo.
Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid.
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