miércoles, 28 de noviembre de 2012

La crisis del clero

Les paso un artículo interesante sobre La crisis del clero del teologo José M. Castillo Adital nov212012 La noticia circula por la red. Y es tema de cometarios preocupados y preocupantes. Se trata de esto: por cada 10 sacerdotes que mueren en Europa, se ordena de presbítero 1 seminarista. A este paso, si no se produce muy pronto un milagro impensable, ¿qué futuro le espera a la Iglesia en el continente donde reside el centro de la cristiandad y que ha difundido la fe por todo el mundo? Insisto: si las cosas no cambian muy pronto, de aquí a diez años, el catolicismo será un residuo histórico, una curiosidad del pasado, reducida a casi nada, y que se recordará como ahora recordamos los tiempos antiguos, cuando a los herejes se les quemaba en la plaza pública o los esclavos se compraban en el mercado. Por supuesto, es posible que estas estadísticas no se ajusten exactamente a la verdad de los hechos, por igual y en todas partes. Eso, sin duda, puede suceder. Y seguramente sucede. De hecho, el Vaticano y la Conferencia Episcopal difunden, de vez en cuando, informaciones que aseguran un aumento de vocaciones en la Iglesia. Y puede ser que, algún que otro año, eso sea cierto. En todo caso, hay hechos que nadie me puede negar. Hace más de quince años, hablé detenidamente con un sacerdote francés que, ya entonces, me dijo que era párroco de cuarenta parroquias. Y conste que, ante mi asombro, me insistió: "Sí, ha oído Usted bien. Hablo de cuarenta parroquias”. Y añadió: "A lo más que alcanzo, los fines de semana, es a poder decir siete misas”. Ahora, hace pocos días, un cura amigo, que ha estado en la vendimia del sur de Francia, con trabajadores de su pueblo, me contaba la impresión que le ha hecho ver que los párrocos son casi todos africanos, venidos del Congo, o rumanos que han huido de la penosa situación de su país. Las consecuencias, que todo esto arrastra, le llaman la atención a cualquiera. Por ejemplo, es notable la cantidad de iglesias y conventos que se están vendiendo, en Alemania, Holanda, Austria, Francia…, para dedicarlos a centros comerciales, salas de cultura, almacenes, hoteles, etc. En la mayoría de los conventos, lo que predomina son los ancianos y ancianas, mientras que los noviciados se han agrupado porque ya quedan pocos y además están medio vacíos. Y conste que los síntomas, que se palpan en Europa, se empiezan a notar en otros continentes, por ejemplo, en no pocos países de América Latina. Hoy, con el exceso de información que funciona por todas partes, este tipo de fenómenos nunca son estrictamente locales. ¿Quiere decir esto que la Iglesia se hunde y desaparece? No. Lo que quiere decir, por lo pronto, es que el tipo de sacerdotes, obispos y papas, que viene teniendo la Iglesia, desde hace un siglo, ya no sirve para estos tiempos y para la cultura dominante. Pienso que esto no es una hipótesis. Es un hecho, que ahí está, a la vista de todos. Es más, no se trata sólo del tipo de personas que ocupan esos cargos. El problema está en los cargos mismos. Quiero decir: la Iglesia se tiene que organizar de otra manera. Se les tiene que dar más poder de participación a los laicos. Más presencia a las mujeres. Más autoridad a las Conferencias Episcopales en el gobierno general de la Iglesia. La Curia Romana tiene de cambiar de manera radical. El poder supremo, en la Iglesia, no puede seguir concentrado en un solo hombre, el papa. Está visto que de esa manera la Iglesia no puede ni aceptar en ella el complimiento de los derechos humanos. Muchos menos, el Evangelio. Por supuesto, debe modificarse el sistema económico de las diócesis y del Vaticano, que, cuanto antes, debe dejar de ser un Estado. Tiene que pensarse muy en serio si lo mejor para la Iglesia es mantener esa forma de presencia de pompa y boato que lleva consigo cualquier obispo, cualquier cardenal y no digamos si es que hablamos del Vaticano y del papado. Todo eso, tal como lo ve la gente, no se parece, prácticamente en nada, a los que leemos en el Evangelio. Mientras la Iglesia no afronte en serio estas cuestiones, esto no tiene arreglo. Y, además, le queda poco tiempo. Sin olvidar que ninguno de los cambios, que acabo de mencionar, son cuestiones que tienen que mantenerse porque son verdades obligatorias de la fe cristiana. Todo lo contrario, si es que nos atenemos a la forma de vivir que escogió Jesús, tal como la relatan los evangelios. ¿Qué vendrá después, si lo que tenemos se hunde del todo? ¡Cualquiera lo sabe! [Fuente: Blog Teología sin censura].

lunes, 20 de agosto de 2012

El buen samaritano

Les comparto una parábola para trabajar con chicos y grandes: El buen samaritano Un hombre bajaba hacia Jericó y en medio camino el pobre topó con unos ladrones que sin compasión le dieron de palos hasta que cayó... ¡Sáquenme de aquí que estoy medio muerto, no quiero morir en este desierto! a Ayuda pedía sin saber a quién pasó un sacerdote de Jerusalén fingió no escucharle aunque oyó muy bien y haciendose el sordo se alejó de él. ¡Sáquenme de aquí que esto mal herido, no quiero morir en este camino! Al cabo de un rato se acerca un levita y viendo al herido que le solicita dando un rodeo el encuentro evita, apresura el paso y se pierde de vista. ¡Sáquenme de aquí que estoy medio muerto, no quiero morir en este desierto! a Asertó a pasar un samaritano que es un extranjero allí despreciado. Al ver las heridas de aquel pobre hermano se compadeció, le tendió la mano. Curó sus heridas con aceite y vino, con mucho cuidado lo subió al colino. En una posada del pueblo vecino lo dejó encargado y siguió su camino. Díganme quién fue del prójimo hermano: si fue el sacerdote o el samaritano. O si fue el levita...¿cuál fue el más humano?

jueves, 19 de julio de 2012

Un cuento sobre la amistad y el perdón

LOS CLAVOS EN LA PUERTA Hubo una vez un niño que tenía muy mal genio. Su padre le regaló una caja de clavos y le dijo que cada vez que perdiera el control tenía que clavar un clavo en la Parte trasera de la puerta El primer día El niño había clavado 37 clavos en la puerta. Durante las próximas semanas, como había aprendido a controlar su rabia, la cantidad de clavos comenzó a desminuir diariamente. Descubrió que eras más fácil controlar su temperamento que clavar los clavos en la puerta. Finalmente llegó el día en que el niño no perdió los estribos. Le contó a su padre sobre ésto y su padre le sugirió que por cada día que se pudiera controlar Sacara un clavo Los días transcurrieron y el niño finalmente le pudo contar a su padre que había sacado todos los clavos El padre tomó a su hijo de la mano y lo llevó hasta la puerta. Le dijo: “Haz hecho bien, hijo mio, pero mira los hoyos en la puerta. La puerta nunca volverá a ser la misma. Cuando dices cosas con rabia, dejan una cicatriz igual que ésta. Le puedes clavar un cuchillo a un hombre y luego sacárselo. Pero no importa cuántas veces le pidas perdón, la herida siempre seguirá ahí” Una herida verbal es tan dañina como una física. Recuerda que los amigos son joyas muy escasas. Te hacen reir y alentarte para que progreses; te prestan un oído, comparten palabras de aprecio y siempre quieren abrirnos su corazón

jueves, 29 de marzo de 2012

REFLEXIÓN SOBRE EL VIERNES DE SEMANA SANTA 2012

Les comparto un compilado de reflexiones sobre el dolor humano y su sentido desde la experiencia cristiana ( Basado en artículos de Panigazzi, Mariani y grupo Renacer).

EL SENTIDO DEL DOLOR

Nos enfrentamos en esta semana a uno de los misterios de la vida: la muerte y el dolor humano. En particular nos centramos en la muerte de Jesús y lo recordamos especialmente el Viernes Santo.
En la tradición de la Semana Santa se suele insistir mucho en los dolores de Jesús. Se los suele colocar en el máximo de las posibilidades del ser humano. En realidad, en nuestro tiempo, podemos constatar dolores más horribles que los padecidos por Jesús: en las cárceles, en los países excluidos, en las torturas, desapariciones, discriminaciones, en la eliminación de personas con los métodos más crueles y a completa sangre fría.
La idea de que el dolor de Jesús “viene de arriba”, de que el Padre lo entrega para quedar satisfecho con su sacrificio por nuestros pecados, es contagiada del paganismo que mantenía el favor de los dioses contentándolos con sacrificios. De allí ha brotado entre los cristianos, una espiritualidad del sacrificio que muchas veces llega al masoquismo.
Por lo tanto, el sacrificio de Jesús no es por obediencia a la Voluntad de Dios, como si Él quisiera su muerte. Es por obediencia a la Voluntad de Dios, pero enfrentada a la voluntad del mundo, de los que viven de acuerdo al espíritu del mundo. Y es ese espíritu del mundo el que causa su muerte, no querida por Dios. La muerte de Jesús se explica por su historia y su propuesta. No por un “decreto de arriba” sino por “decisiones de abajo”: de los poderes de este mundo.
La bondad de Jesús abarcó toda la dimensión de la persona y por eso tuvieron que eliminarla. Su dolor es por y para nosotros. Y allí está su sentido profundo.

UN DIOS EXPULSADO DE LA HISTORIA
Una de las causas de la incredulidad y el ateísmo de nuestro tiempo es la no aceptación de que Dios pueda permanecer impasible ante tantas desgracias que se abalanzan sobre las personas, los inocentes tanto como los culpables y, a veces, hasta con ventaja de estos últimos. Tragedias como las de los terremotos, tsunamis, inundaciones que arrasan con vidas, los accidentes, la tragedia de Once…Todo esto lleva a la conclusión de que Dios no existe o al menos a la duda.
Hay otra manera de juzgar la realidad y es la que sugiere la Biblia. Dios entra en la historia a través del dolor. Por la pobreza, la persecución, la intranquilidad, el desamparo, el rechazo, la cruz. Por eso las bienaventuranzas proclaman el privilegio de los pobres y los que sufren. Porque abren paso a Dios en la Historia. Porque el sufrimiento es una puerta para que ese Dios de amor pueda entrar en la historia sin oprimir y sin suprimir al hombre.
El dolor, que es un modo muy intenso de compartir nuestras limitaciones, tiene en él un sentido de amor, porque es con, por y para nosotros. Es un dolor que él soporta durante toda su vida, ya que es un defensor de la causa del hombre y de la mujer, de su libertad, de su dignidad, de sus derechos y, por eso, molesto para los opresores, los aprovechadores, los soberbios, los excluyentes, los discriminadores de cualquier clase. Y esto causa su muerte.


EL SENTIDO DE NUESTROS DOLORES
Nos detenemos en ese sentido del dolor de Jesús, porque es fundamental para los cristianos. En la vida cristiana, el dolor que se soporta o se enfrenta es para ser consecuente con sus principios, para dar felicidad o defender el derecho de los demás. Ese dolor tiene sentido en sí mismo, porque está impulsado por el amor y supone una superación constante de nuestra debilidad y nuestros egoísmos.
Pero, también tenemos que preocuparnos de recuperar el sentido del dolor más vulgar y cotidiano. El que nos disminuye, nos desgasta, nos oprime, desde las injusticias irremediables, la desocupación, la enfermedad, la depresión psíquica, la pérdida de los seres queridos y otras tantas situaciones difíciles en que nos pone la vida.A veces, la solución se pone en la actitud resignada ante Dios que “si así lo dispone, será por algo” Y este razonamiento, aunque pueda causar resignación y así producir una paz aparente, constituye una verdadera ofensa a Dios, que se ha rebelado contra el dolor, y que quiere liberarnos y hasta ha sido capaz de “dar la vida por los amigos”.
La primera actitud ha de ser entonces recurrir a todos los medios para evitar el dolor. El propio y el ajeno. Nunca se puede pensar que uno se conforma mejor a la voluntad de Dios sufriendo que venciendo al dolor.
Pero, muchas veces esta lucha no conduce a una desaparición del dolor. Y entonces también, desde nuestras posibilidades humanas tenemos que buscarle sentido.
Hablamos en este caso de una situación en la que el sufrimiento no es tan tremendo y no nos anula la posibilidad de utilizar nuestras facultades. Mientras eso es posible, un primer sentido hay que encontrarlo en la solidaridad con los que sufren. No dejar que el dolor cierre nuestros ojos ni nuestros corazones al dolor de los demás. Sufrir con los que sufren, para comprenderlos, para buscar su alivio. Es casi una ley que quien no ha sufrido una cosa concreta no puede entender con algo de profundidad el sufrimiento de los demás y se considera superior o inmune. Aprovechar el sufrimiento para comprender, es ya un sentido muy importante para nosotros mismos y delante del Dios del amor. Así dice de Jesús la carta a los Hebreos: “que compartiendo nuestros sufrimientos, es capaz de comprendernos”.
POR Y PARA LOS DEMÁS
Cuando, a pesar del dolor, uno puede llegar a la conciencia de que su propio sufrimiento puede resultar fortaleza y aliento para los demás, cuando desde el propio dolor se traspasa el natural sentido de encerrarse en él y uno se preocupa por descubrir qué cosas pueden significar alivio para la situación de los demás, el dolor adquiere su sentido redentor asemejándose al de Jesús.
Muchas experiencias muestran que, aún en enfermedades incurables o situaciones terminales, la dedicación al servicio de otros ha constituido el principal alivio y hasta, en algunas oportunidades la curación de los propios males.
De todos modos, cuando el dolor no es suficiente para vencernos en nuestra disponibilidad afectiva y efectiva para acompañar a los que nos rodean, produce una compañía que es como una devolución aliviante para nuestros propios sufrimientos. Muchas veces la soledad de los que sufren puede deberse a su falta de disponibilidad para buscar la felicidad de los otros, o para aceptar su presencia y su buena voluntad para ayudar.

FRENTE A LA CRUZ DE JESÚS
El dolor de Jesús es plenamente con, por y para nosotros. En este camino se descubre sentido al sin-sentido del dolor humano. Con la lucha por evitarlo, acompañamos a ese Jesús que no fue indiferente ante ningún sufrimiento y curó a todos los que encontró en su camino. Con la solidaridad para compartir agrandamos nuestra dimensión interior y entramos en la comprensión de los dolores ajenos. Con la conciencia de que a nuestro lado sigue habiendo necesidades y colaborando desde el dolor y la limitación a la preocupación por solucionarlas, convertimos nuestra situación dolorosa en un modo de amor y así entramos de lleno en el sentido cristiano.

jueves, 22 de marzo de 2012

El Dios en nosotros

EL DIOS EN NOSOTROS

"Dios está con nosotros. No pertenece a una religión u otra. No es propiedad de los cristianos. Tampoco de los buenos. Es de todos sus hijos e hijas. Está con los que lo invocan y con los que lo ignoran, pues habita en todo corazón humano, acompañando a cada uno en sus gozos y sus penas. Nadie vive sin su bendición.
Dios está con nosotros. No escuchamos su voz. No vemos su rostro. Su presencia humilde y discreta, cercana e íntima, nos puede pasar inadvertida. Si no ahondamos en nuestro corazón, nos parecerá que caminamos solos por la vida.
Dios está con nosotros. No grita. No fuerza a nadie. Respeta siempre. Es nuestro mejor amigo. Nos atrae hacia lo bueno, lo hermoso, lo justo. En él podemos encontrar luz humilde y fuerza vigorosa para enfrentarnos a la dureza de la vida y al misterio de la muerte". (José Antonio Pagola)
________________________________________La imagen del dios que está afuera, el que defiende la religión tradicional para defender la trascendencia, apreciando menos o incluso descuidando la inmanencia, ha tenido consecuencias nefastas y además no es el Dios encarnado. Para buscar a ese dios de afuera, las gentes tienen que alejarse de su entorno o buscarlo en el templo, convirtiéndose el clero en los dueños y dispensadores de Dios.
Además entonces nuestro entorno y nuestro cuerpo dejan de ser templos, el mundo es malo, peligroso, y el cuerpo es el animal que habrá que domesticar y castigar. La naturaleza habrá que someterla, dominarla, explotarla, quizás hasta destruirla. El prójimo es antes que un hermano un desconocido y posiblemente un enemigo.
El ser humano desconfía de sí mismo y de los demás, impera la desconfianza y el miedo. Lo profano como opuesto y separado de lo sagrado, consecuencias desastrosas para la vida cristiana de los laicos separados, y marginados de los sagrados y consagrados.
Este dios nos sirve para explicar lo que no conocemos y para resolver problemas, que tenemos que resolver nosotros, hace milagros e impide el cambio y el avance de la Iglesia. Es un anestésico para no sentir el dolor del mundo. Además legitima el orden piramidal de la Iglesia y de la sociedad, la obediencia antes que la libertad, la ley sobre el amor, el poder sobre el servicio, la violencia sobre la paz. Es el dios que ve desde afuera las injusticias y el dolor de este mundo. Es el dios que ha creado a los ateos.
El Dios que llevamos dentro, que es desde luego trascendente y por ello es inmanente, es el Dios distinto, pero no distante, es el fundamento de nuestra ser y del universo, fuente de creatividad y de espiritualidad. Sólo hay que darle la vuelta a las consecuencias que hemos dicho antes.
Para encontrar a ese Dios de adentro, las personas no tienen que alejarse de su entorno, sino en su medio, en lo cotidiano, en la vida, en sí mismos, en los otros, en los pobres, en la naturaleza. Y nuestro cuerpo es templo de Dios, y “el universo es el cuerpo de Dios”. El prójimo es mi hermano y allí está Dios, más que en ningún templo y más a flor de piel en el pobre y afligido.
El ser humano confía en sí mismo y en los demás, porque en el fondo del ser humano está su bondad, que es el mismo Dios y desaparece el miedo que paraliza. Lo profano está unido a lo sagrado. El sacerdote no es más que el laico. Es el Dios que hoy sigue encarnado. Con ese Dios se da la confianza, la libertad, la creatividad, el cambio, la responsabilidad y el amor.
Si le dejáramos actuar convertiría el orden piramidal de la Iglesia y de la sociedad en comunidad, y pondría el amor sobre la ley y el servicio sobre el poder, la paz y la justicia sobre la violencia. Es el Dios que goza con el que goza y sufre con el que sufre.
Para encontrarlo no hay ni siquiera saber que lo estamos buscando, con tal de servir al más sencillo, al más humilde. Con tal de amar. Es el Dios que nos hace humildes y serviciales, es el Dios que nace con cada niño y cada niña que nace. Este es el Dios en nosotros...

martes, 4 de octubre de 2011

El Padrenuestro

Lucas 11, 1-4
Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos.»
El les dijo entonces: «Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación.»
Para reflexionar
• Jesús aparece orando "en cierto lugar". Jesús ora porque necesita ir a la raíz de su experiencia filial, porque necesita respirar el cariño de su Abbá. Y, desde esa raíz se encuentra con todo y con todos. Su acción despierta un deseo en los discípulos: "Señor, enséñanos a orar". Querían una fórmula. Jesús en cambio les ofrece la oportunidad de un diálogo, un lugar, una identidad, un estilo de vida. Querían aprender unas formas como las que Juan enseñó a sus discípulos. Jesús les presenta e inaugura una forma de orar inaudita.
• La oración judía oficial se realizaba en el templo; Jesús convierte el sitio donde se encuentra en “lugar, nuevo templo” posible, para la oración y el encuentro con Dios. Y por primera vez, ante la sorpresa de sus discípulos, hay quien se dirige a Dios con confianza filial: “Abba”. La oración de Jesús, manda al piso cualquier barrera que se pueda interponer ante la presencia de Dios. No hay lejanía entre Dios y las personas, cada uno se puede dirigir a Él directamente sin necesidad de intermediarios.
• Padre nuestro: con estas dos palabras nos lleva a penetrar en la intimidad divina y en un modo de ser frente a Dios. Al decir “Padre” llamo a Dios para que me engendre a su propia vida y al decir “nuestro” llamo, reúno y creo fraternidad entre todos los hombres.
• Al decir “Padre nuestro”, unido a la humanidad entera, me arrojo en los brazos de un Dios que quiere ser totalmente Padre y le pido nos abra a su acción re-creadora. Me gozo porque vuelve a tomar incansablemente la obra ya comenzada de su creación, porque su paternidad es siempre actual, deliberada, querida y nos recrea, nos remodela, nos hace recobrar el verdadero lugar de nuestra existencia.
• Al llamarlo Padre le pedimos para nosotros y para todos, que vivamos como hijos suyos, animados del amor de su Hijo. Para Lucas, rezar es un compromiso de vida, una manera de ser. Por eso la oración de Jesús es una acogida incondicional de la voluntad del Padre expresada en Lucas a través de cuatro peticiones esenciales: el reino, el pan, el perdón, la preservación en la tentación.
• Clamamos para que el Reino de justicia e igualdad, se haga efectivo aquí y ahora. La realización del Reino de Dios, tiene como consecuencia la posibilidad de una vida digna, en que sea factible el acceso al alimento de todos los días; y dónde se pueda experimentar a Dios en el perdón de las deudas, propio del año de gracia. Permanecer en ese ámbito de la gracia es el don que imploramos de un Dios que no nos abandona a una prueba superior a nuestras fuerzas en nuestro trabajo por hacer presente el reino.

Para rezar

Padre Nuestro Misionero

Padre nuestro, que estás en el Cielo
Padre de Jesús, tu Enviado,
Padre de todos los bautizados,
Padre de los que te ignoran,
Padre de los que te combaten,
Padre de todos los hombres.
Santificado sea tu nombre
En toda la tierra,
en todas las culturas y pueblos,
en todas las razas de la universal familia humana,
como lo ha santificado tu Hijo Jesús,
siendo fiel a tu proyecto sobre Él y sobre el mundo.
Venga a nosotros tu Reino
Sí, que tu Reino de alegría,
de servicio, de compartir con los demás,
reine en la vida de los que te conocen;
y que los que vivan ya del espíritu de tu Reino sin saberlo,
te descubran en el corazón de sus vidas.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo
En la tierra, danos tu mirada limpia
de los santos del Cielo,
para servirte con un corazón sin divisiones
y un amor a los hermanos
semejante al que tú nos tienes.
Danos hoy nuestro pan de cada día
El pan de cuerpo y del espíritu,
el pan de la comunión contigo
y danos el compartir generosamente nuestro pan
con todos nuestros hermanos,
sin excluir a nadie.
Perdona nuestras ofensas,
como nosotros perdonamos a los que nos ofenden
Las mías, lo mismo que las de mis hermanos.
Todas ellas juntas, son el obstáculo
para que tus planes sobre el hombre
y sobre el mundo se conviertan en realidad.
No nos dejes caer en la tentación
En ninguna tentación
y, sobre todo,
en la tentación contra la ESPERANZA
y contra la certeza de que Tú nos amas.
Líbranos del mal. Amén.

jueves, 22 de septiembre de 2011

NUEVOS TIPOS DE CREYENTES EN LA IGLESIA

Les comparto un material que elaboramos junto con Any para el Seminario Nacional de Catequesis. Espero que les guste
INTRODUCCIÓN:

El tiempo actual ha generado distintos tipos de creyentes que no responden al modelo de las autoridades y los escritos eclesiales católicos, y que por lo tanto, no son considerados por ambos como auténticos.
Por el contrario, se los considera y ellos mismos se sienten de segunda categoría, al comparárselos con aquellas personas que entran dentro del perfil al que responde el llamado “católico oficial ó práctico”.
Sin embargo, si echáramos una mirada al evangelio y a algunas prácticas de Jesús, podríamos concluir que esta actitud para con estos fieles no estaría de acuerdo a la práctica de Jesús con creyentes de su época, en similares situaciones.

En este trabajo pretendemos demostrar, a partir de la descripción de determinadas situaciones vividas por creyentes bautizados de la Iglesia Católica, que su modo particular de vivir la fe en la actualidad los coloca frente a las autoridades eclesiales y algunos creyentes que se definen a sí mismos como “oficiales “, en condiciones que consideramos no evangélicas y por lo tanto, inadecuadas.

Pretendemos mostrar que algunas de las formas que han ido adquiriendo las prácticas religiosas y la experiencia de fe de estos fieles no responden a los cánones oficiales dentro de la iglesia católica, y por lo tanto, se los considera en ella como “católicos de segunda”.

Conjuntamente intentaremos mostrar la inadecuación evangélica de la categoría a la que son marginados, en razón de su forma de vivir la fe, dado que muchas prácticas de Jesús para con fieles de su época (con estas mismas características: no responder al perfil oficial de la época) fue absolutamente la contraria.

LA POST-MODERNIDAD HA GENERADO UN NUEVO TIPO DE CREYENTES.

El tiempo actual, denominado por algunos estudiosos del mismo como POSTMODERNIDAD, o hablando también de manera “religiosa” el tiempo
“post-cristiano” tiene una serie de características que han afectado considerablemente muchas dimensiones del ser humano, entre ellas, su religiosidad y la forma de vivirla.







El descreimiento en las instituciones, la relativización de algunos valores y de ciertos elementos de la cotidianeidad, son algunos elementos que la post-modernidad ha introducido, creando, entre otras cosas, nuevas formas de ser creyentes, de relacionarse con la divinidad, y con la institución que media esta relación.

La Iglesia Católica no ha quedado al margen y ha sido afectada por algunos de estos elementos que mencionamos, en particular el desprestigio que en este tiempo sufren las instituciones, y fieles que se relacionan con ella de una manera nueva.

De esta forma, mucho de lo que provenga de ella institucionalmente es relativizado ó desvalorizado y no tenido en cuenta.
Esta desvalorización o desprestigio no ha sucedido solamente en ésta época, sino en muchas a los largo de la historia de la Iglesia.

Si nos situamos en la modernidad, por lo general el sujeto que desvalorizaba a la Iglesia institucional en particular, y a todo lo religioso en general, era el que se definía como ateo o agnóstico. Sin embargo, en este tiempo, muchos de los sujetos que critican, desvalorizan, desautorizan, y/o no tienen en cuenta las orientaciones y expresiones de fe que la Iglesia propone, son sus mismos fieles.

Estos fieles suelen definir su situación con frases tales como:

“Yo soy creyente, pero no me vengan a decir nada del Papa, los curas o las monjas”
“yo soy creyente, pero no quiero saber nada con la Iglesia”
“yo soy creyente, pero eso de ir a misa o confesarme no va conmigo”
“yo soy creyente, pero no me vengan a hablar de la castidad o del control natural de la natalidad, eso está perimido”

Estas frases nos permiten hablar de dos cosas: la afirmación de la fe, pero con nuevas vivencias.
Podríamos afirmar que la amalgama de estas situaciones ha ido configurando un nuevo tipo de creyente católico que puede definirse también con una frase muy repetida por quienes se inscriben en este nuevo estilo:
“Yo soy católico a mi manera”.

El perfil de creyente que podríamos delinear, a partir de estas características sería el siguiente:

a) son católicos que se definen como tales,
b) que dejan bien en claro su adhesión a la fe,
c) pero que se manifiestan críticos frente a ciertas expresiones o formas de la fe que han sido habituales hasta ahora: relación con la jerarquía, práctica de los sacramentos, adhesión a las orientaciones de la doctrina eclesial.
d) viven de otra manera la relación con la institución y sus demandas y orientaciones.



Podríamos abundar en muchas expresiones más, o situaciones (por ejemplo los creyentes que están en nuevas uniones) pero casi todas hablan de una forma particular de vivir la fe.
Debe quedar bien en claro que en ningún caso se habla de descreimiento o ausencia de fe, tampoco de gente que no se sienta católico.
El último documento de la Conferencia Episcopal Latinoamericana ha definido algunas de estas situaciones hablando de que muchos fieles “SE SIENTEN CATÓLICOS, PERO NO IGLESIA”

ESTA FORMA DE CREER NO RESPONDE A LOS CÁNONES PREVISTOS OFICIALMENTE POR LA IGLESIA CATÓLICA PARA SUS FIELES

Estas nuevas maneras de vivir la fe contrastan en la post-modernidad con lo que la modernidad consideraba como inamovible y / o absoluto: había una sola forma de creer, y una única y posible manera de integrar la comunidad católica y ser identificado como miembro de ella.

Podríamos afirmar que había una forma “oficial” de ser creyente, perfil que se ha mantenido hasta la actualidad, y que las autoridades eclesiales se resisten a transformar.

Los mismos fieles que se enrolan en las filas del nuevo perfil de creyente (descrito someramente arriba) pueden definir claramente cuál es el perfil oficial, porque ha sido gravado en sus conciencias desde que eran pequeños.

Una enfática catequesis sobre lo que le daba al creyente su identidad de católica remarcaba
a) estar bautizado, cumplir con todos los sacramentos (comunión, confesión, casarse por iglesia)
b) ir a misa todos los domingos y cumplir con los preceptos, saber todas las oraciones, mandamientos, de memoria. Tener interiorizada la doctrina.
c) regirse por la doctrina eclesial en todo lo que ella se pronuncia (divorcio, control de la natalidad, procreación asistida, ejercicio de la sexualidad etc.),
d) tener una clara y protagónica participación eclesial ( en la parroquia ) y
e) una adhesión explícita al párroco, al obispo y al Papa.
f) Ser devoto mariano, porque eso lo diferenciaba claramente de los protestantes


LAS NUEVAS FORMAS DE CREER SON CONSIDERADAS INAUTÉNTICA Y DE “SEGUNDA CATEGORÍA”

La mayoría de los creyentes que pueden describir a la perfección este perfil “oficial” y que son conscientes de que no responden a él, se han automarginado de la comunidad eclesial.
Fruto de esa insistente catequesis, sabedores de no responder a las características del “católico práctico u oficial”, no se sienten creyentes auténticos, y al compararse con estos supuestos “auténticos” se sienten inferiores o de segunda categoría.

Por su parte la Iglesia institucional y los fieles que se consideran como “católicos prácticos” (o que responden perfectamente al perfil oficial) se ha encargado de hacerles sentir la diferencia al no contemplarlos como destinatarios y/o protagonistas en sus actividades, con esta forma de vivir la fe.
La Iglesia no desconoce esta situación o esta forma de vivir la fe de muchos de sus fieles, pero todo su trabajo para con ellos es tratar de “convertirlos” en creyentes oficiales.

Se habla de “los que se han apartado de la madre Iglesia”, de los que “han abandonado los sacramentos”, de los que nunca participan de la vida parroquial, de los que “no van nunca a misa, ni se confiesan” con el solo propósito de volverlos al “redil”.

Hace ya décadas, los obispos vascos de España produjeron un documento donde hablaban de las características que la post-modernidad le había dado a la fe de algunos creyentes e incluían entre ellas la desvinculación eclesial, la no práctica de los sacramentos, el no seguir las orientaciones del magisterio de la Iglesia.

En nuestro país esto ha sido en algunos casos, estudiado y contemplado como una realidad dentro de los creyentes, pero con un sólo objetivo: NO para integrarlos a la comunidad eclesial con este perfil de creyentes, sino para “convertirlos” en creyentes “auténticos”: que vuelvan a la iglesia, a los sacramentos cotidianos (eucaristía y confesión) a someterse a las orientaciones del magisterio y del derecho canónico.

Paradójicamente, y a pesar de sentirse y saberse señalados como “de segunda” y automarginarse de la comunidad católica, esta “conversión” pretendida por las autoridades eclesiales es un camino al que la mayoría de estos creyentes “no prácticos” ya tienen claro que no han de volver, porque su perfil e identidad de creyente no es caprichoso sino que está fundado y ya se ha configurado de esta manera.

Los católicos que se autodenominan “prácticos” definen la posición de estos creyentes como “cómoda” o que la han adoptado para “aligerar” el peso de la religión en sus vidas. Como si uno de los mandatos de lo religioso fuese el ser un “peso” que nadie debe sacarse de encima.


Además de no considerarla caprichosa, muchos de quienes viven su experiencia de fe de esta nueva manera interpretan que su actual situación corresponde al haber evolucionado en su religiosidad, y volver a lo anterior sería como una especie de involución.

Por su parte, las autoridades eclesiales y los “católicos oficiales” perciben que estos creyentes han involucionado en su fe, y que deben ser puestos “en el camino correcto”.
Un reciente artículo leído sobre esta situación, habla de “la degeneración del sentimiento religioso” y describe las actuales tendencias de los fieles como “una degeneración del sentimiento religioso que, respecto a lo cristiano, puede considerarse una involución”

Llegados a este punto, y a partir de lo afirmado en los apartados anteriores, podemos concluir, en una primera instancia, que los creyentes católicos que viven la fe con las características que en ellos ha impreso este tiempo que vivimos, no son considerados como auténticos.
Esta discriminación va más allá, porque además, se los relega a ser una especie de “creyentes de segunda categoría” dentro de esta institución.

Esta exclusión es hecha en primer lugar, por muchas autoridades de la misma iglesia, en segundo lugar por muchos de aquellos que se consideran a sí mismos como los “católicos prácticos u oficiales”, e incluso por los mismos protagonistas de esta nueva manera de creer.


ESTA SITUACIÓN EN TIEMPOS DE JESÚS

En tiempos de Jesús, también había personas que eran marginadas religiosamente en razón de sus prácticas, por no responder a las pautas impuestas por los fariseos, escribas y sacerdotes, representantes de la “fe oficial de Israel”.

El pueblo de la Galilea, el pueblo de Jesús, era un pueblo muy religioso. Intentaban seguir todas las indicaciones de sus autoridades religiosas, pero algunas, para muchos, eran imposibles de concretar.

El pueblo era observante, pero no fanático. Era respetuoso de los escribas y sacerdotes, pero tenía sentido común. No dejaba que todas esas observancias perturbaran su vida, y cuando era necesario, no temían transgredir las normas enseñadas por ellos.
Por ejemplo, los discípulos de Jesús comían sin lavarse las manos (MC 7,2). En sábado la gente buscaba a Jesús para que los curase, sin atender a las advertencias del jefe de la sinagoga (Lc 13,14).
Dejar morir a los animales (que les daban el sustento) porque en sábado no se podía buscar ayuda o caminar hasta donde estaban para auxiliarlos, era un lujo que no se podían dar. De manera que quebrantaban la ley sabática para salvar su medio de vida (Mateo 12,9 y ss)

La pureza era sumamente importante, porque un impuro no se podía acercar a Dios. Pero conservarse puro era muy caro: si un animal impuro (por ejemplo una cucaracha) tocaba una vasija, había que destruir la vasija (Lv. 11.35). Todo lo que tomara contacto con algo impuro tenía que ser destruido. La economía del hogar era insostenible si permanentemente había que destruir cosas para mantener la pureza.
Por eso, aquellos que por razones económicas u otras razones no cumplían con estas reglas religiosas, quedaban marginados, excluidos de la comunidad, no se les permitía participar.
Los fariseos, los escribas y los sacerdotes – las autoridades que velaban por la religión oficial- se encargaban de hacer entender bien a la gente cuál era su condición: puro o impuro, perteneciente a la comunidad o excluido.

Las enfermedades eran consideradas una impureza, y separaban a los portadores de la comunidad. En el evangelio encontramos muchos pasajes donde los fariseos señalan permanentemente la impureza: en los publicanos, en los enfermos, en las mujeres, etc.
En el diálogo entre el ciego de nacimiento y los sacerdotes (Jn 9,34) éstos increpan al ciego diciendo “tú naciste lleno de pecado, ¿nos vas a dar lecciones a nosotros?”

Todas estas normas y leyes religiosas dejaban una cantidad de fieles israelitas fuera de la comunidad de fe, apartados por las autoridades o autoexcluidos por ellos mismos. El texto que compara las actitudes de un fariseo y un publicano (un impuro debido a sus prácticas económicas no legales) es absolutamente ilustrativo sobre esta situación (Lc.18, 9-14).

El biblista Carlos Mesters, al analizar la situación, concluye:” en fin, a pesar de todo el control por parte de los escribas y fariseos, el pueblo seguía libre y con sentido común”.

LA PRÁCTICA DE JESÚS: INCLUSIÓN Y ENFRENTAMIENTO CON LAS AUTORIDADES ECLESIALES


La práctica de Jesús para con estos marginados religiosos fue de una permanente tarea de inclusión en la comunidad de sus seguidores y de una permanente denuncia y enfrentamiento a las autoridades religiosas oficiales, por dejar abandonada la vida de estas personas.

A causa de la no práctica de las leyes que la mayoría de las autoridades religiosas prescribían, multitudes de personas quedaban fuera de la comunidad.
Jesús contempla esta situación y se conmueve: “...tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.” (Mateo 9,36). Las autoridades no incluían a esta gente, no las atendían, no las contemplaban entre sus seguidores. Nadie trabajaba por ellos.
Jesús recrimina este abandono a los fariseos: “ustedes no entran ni dejan entrar al Reino” (Mateo 23,13). Más duramente les recrimina: “ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres (...) anulan la Palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido” (Mc 7,8.13).

Y si dedican alguna atención a la gente, es para controlar la situación y enseñarles el camino ortodoxo (Mc 3,22 y 7,1).
Por eso Jesús inicia una práctica distinta: cura en sábado y hace cosas prohibidas en sábado (Mc. 2,24), come con personas impuras (Mc. 2,16), limpia a los leprosos (Mc 1,40-44), y está en permanente contacto, incorporándolos a su comunidad, aquellos que las autoridades religiosas han dejado “sin pastor”. Y lo hace con una firme convicción: “No son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos” (Mateo 9,12) “No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mc 2,17)
En una ocasión, un fariseo que lo había invitado a comer le observa que no se ha purificado antes de comer, y Jesús le responde “¡Así son ustedes los fariseos! Purifican por fuera el plato y la copa y por dentro están llenos de voracidad y perfidia. ¡Insensatos!” (Lucas 11,37 y ss).
Jesús no duda en enseñar lo contrario a lo planteado por las autoridades religiosas. Después de haber sido cuestionado por un fariseo, se dirige a la multitud y les enseña “Escuchen y comprendan. Lo que mancha al hombre no es lo que entra por la boca, sino lo que sale de ella. Entonces los discípulos marcan el escándalo causado por estas palabras entre los fariseos, y Jesús les responde:”Déjenlos, son ciegos que guían a otros ciegos” (Mateo 15, 1-2.10-11.14). Jesús deja bien en claro la razón de estas preferencias.

Hay muchos pasajes que nos permitirían resumir en algunas nuevas pautas, las prácticas de Jesús:

- el ayuno y otras prácticas antiguas hay que relativizarlas (Mc, 2,15-17)
- La ley de Dios debe interpretarse al servicio de la vida ((Mc. 2,23-28)
- Para pertenecer al Pueblo de Dios sólo basta una cosa: hacer la voluntad de Dios (no solamente el cumplimiento de ritos) (Mc. 3,31-34)

A MODO DE CONCLUSIÓN:

Si comparamos la situación de estos fieles del tiempo de Jesús, con la de los fieles actuales (descripta en las dos premisas del primer argumento) podríamos encontrar algunas coincidencias:
- a ambos se les cuestiona la no práctica de ritos y tradiciones impuestas a lo largo del tiempo, como identificatorias de la religión que profesan
- en ambos casos, esta no práctica es motivo de abandono, por parte de las autoridades religiosas, para con estos fieles
- en ambos casos, la practica de las autoridades religiosas para con ellas es tratar de volverlas al camino “correcto” u “ortodoxo”.
- En ninguno de los casos se habla de fieles que reniegan de su fe, sino al contrario, que la viven con prácticas distintas a las “oficiales”
Por su parte, Jesús increpa a las autoridades religiosas el abandono que han hecho de la Palabra de Dios y de las personas, mirando más las tradiciones que la VIDA.

Por un lado, Jesús instala nuevas prácticas, que coinciden y / o avalan las que los fieles marginados hacían. Por otro lado, deja bien en claro que su acción es preferentemente para con esta gente (no vine a llamar a los justos sino a los pecadores)
Es por esto que podemos afirmar, comparando las situaciones y desde la práctica de Jesús, que la actual situación de estos “creyentes de segunda” para con la comunidad y las autoridades de la iglesia católica podría considerarse como no evangélica, y no corresponder a lo que Jesús haría con estos fieles.

Si las autoridades de la Iglesia Católica se guiaran por las prácticas de Jesús que hemos descrito, no discriminarían a estos creyentes en razón la ausencia de práctica de tradiciones y ritos y debería ser a los primeros que atenderían, intentando entender sus nuevas prácticas.