lES COMPARTO UNA INTERESANTE REFLEXIÓN DE UN PASTOR METODISTA SOBRE SEXUALIDAD
La sexualidad humana, expresión vital de la persona, está íntimamente vinculada con lo afectivo, lo placentero y con las relaciones interpersonales. Su comprensión está modelada por todos los procesos de cambio cultural, social, religioso y científico. Su historia, que ha mostrado cambios drásticos en los últimos tiempos, está marcada por intransigencias, discriminaciones y contradicciones.
Desde que el emperador Constantino en el siglo IV adoptó el cristianismo como religión oficial, la llamada “cultura de la cristiandad” ha marcado la historia de Occidente. La concepción de una sociedad organizada por una particular y cerrada visión religiosa se prolongó por muchos siglos pero, poco a poco, se fue desmantelando por los reiterados cuestionamientos que fueron abriendo paso al desarrollo de la libertad religiosa, la tolerancia, a nuevas comprensiones del mundo y de la vida. Este proceso dio lugar a un creciente escepticismo religioso.
Esa religiosidad cristiana ha impuesto sobre la sociedad una férrea marca de control sobre la sexualidad humana. La limitación de la relación sexual en el matrimonio a la procreación, el desprecio del placer en las relaciones sexuales y el rechazo a toda manifestación de diversidad sexual fueron algunos de los postulados con los que se impuso y ejerció poder y dominación sobre la intimidad de las personas.
Hoy sabemos que ya no es posible imponer una comprensión única de la vida y de la sociedad. Las culturas y las religiones están seriamente afectadas por los cambios experimentados en el mundo y, en ese contexto, se ha relativizado su autoridad. Las verdades absolutas han dejado su lugar a posturas más modestas y tolerantes. Los desafíos de esta nueva era ponen de manifiesto que vivimos en una sociedad cada vez más pluralista en términos sociales, culturales, religiosos y étnicos.
La fe religiosa no puede imponerse. La gente recibe, selecciona e interpreta desde su propia óptica social y cultural, y sospecha cada vez más de las imposiciones autoritarias y dogmáticas.
La tendencia de varias confesiones religiosas sobre la homosexualidad ha sido la de estimar su posición como la única válida. En ese sentido, el uso tradicional que se ha hecho de la Biblia como fuente de autoridad indiscutida ha tendido a abusar de los breves textos que hacen referencia a la conducta homosexual aunque, en realidad, la Biblia no aborda la problemática de la homosexualidad como tal. Por otra parte, en la Biblia no se señala que Jesús haya hecho alusión alguna al tema, por el contrario, sí hay alusiones directas al tema de la infidelidad. La centralidad del respeto y la dignidad de todos los seres humanos están en el corazón de la fe cristiana. Una fe que se basa en el amor de Dios para todos los seres humanos sin distingos, que llama a amar a los demás seres humanos como a uno mismo. De esa manera, erradica la discriminación y la exclusión.
El concepto de matrimonio es una construcción social. Varía según la sociedad a la que nos referimos. En algunas, por ejemplo, se reconocen matrimonios monogámicos y, en otras, poligámicos. La base del matrimonio muda considerablemente según la sociedad de la que se trate, ya sea acentuando el amor romántico o el matrimonio por arreglo entre familias. En algunos lugares del mundo se prohibió el casamiento entre blancos y negros o entre blancos y asiáticos. Los derechos de las mujeres fueron cambiando hasta obtener igualdad legal. El divorcio vincular ha sido aceptado alrededor del mundo.
Algunas confesiones religiosas sostienen que el matrimonio es una institución sagrada que impone ciertas reglas a los contrayentes. En general, ceremonias o contratos matrimoniales –religiosos o no– involucran una serie de deberes y derechos, tales como el cuidado y la protección.
Sin embargo, el matrimonio religioso, no importa el carácter que se le otorgue, no tiene el mismo significado que el civil. El civil es un contrato social con repercusiones de variado tipo, pero sin consecuencias religiosas que lo determinen. Los fundamentos y requerimientos de un casamiento religioso deben resguardase para los creyentes, pero no corresponde imponerlos a la sociedad toda.
La convivencia en una sociedad pluralista sólo es posible cuando se preservan el respeto y la dignidad de todos los seres humanos. Para este fin, el Estado debe procurar que los derechos sean ejercidos sin ningún tipo de discriminación. Y esto es parte de nuestra propia historia.
El pedido de la modificación legal que permita a los homosexuales que lo deseen ejercer sus derechos como las parejas heterosexuales debería encuadrarse en el marco de esta sociedad plural, que busca preservar la libertad y la dignidad de todos.
* Pastor de la Iglesia Metodista argentina, ex presidente de la Asociación Mundial para las Comunicaciones Cristianas. Texto que el religioso no pudo leer en la comisión del Senado que debate el matrimonio gay.
Fuente: Página 12
martes, 13 de julio de 2010
lunes, 12 de julio de 2010
La oración de petición
Les dejo un articulo de José Arregui sobre la oración en nuestras celebraciones y templos. Espero que les sirva
Imaginemos que viene a misa con nosotros una persona -¡son ya tantas!- totalmente ajena a nuestras creencias y prácticas religiosas; viene por simple curiosidad, simplemente a ver. ¿Qué pensaría? A menudo me hago esta pregunta: ¿qué pensaría o qué diría esa persona, escuchándonos en misa?
Me parece, por ejemplo, que se extrañaría muchísimo al oír cómo hablamos de Dios y cómo le oramos. Me parece que diría entre sí: "¿Pero qué clase de Dios es éste? La iglesia llena de gente no cesa de pedirle: de pedirle piedad, de pedirle perdón, de pedirle salud, de pedirle pan, de pedirle paz, de pedirle por éste y aquél, y de pedirle y de rogarle que les escuche. ¿Quién será este Dios? No aparece por ningún lado, pero debe de ser sin duda algún señor enfurruñado, cuando se hace de rogar tanto para darles algo".
Perdónenme, amigos, pero muchas veces me vienen a la mente pensamientos así, cuando me pongo a observar nuestras oraciones. Cuando oramos, la mayor parte del tiempo la pasamos pidiendo, y me cuesta creer que a Dios le agrade nuestro incesante pedir.
¿Piensan que Dios necesita que le pidamos? ¿Piensan que debemos pedirle porque no sabe lo que necesitamos? ¿O piensan que, aunque sabe lo que necesitamos, le gusta que le supliquemos? ¿O piensan que nuestras súplicas le mueven a darnos lo que espontáneamente no nos daría? ¿Piensan que nuestras oraciones lo ablandan? ¿Piensan que Dios es como un señor que da lo que quiere cuando quiere a quien quiere?
Sí, ya sé que son preguntas un tanto forzadas, y se pueden sentir incómodos con ellas. Pero son nuestras oraciones las que ponen de manifiesto en buena medida qué imagen de Dios tenemos, y es lo que quisiera hacerles ver. Pues bien, me parece que la imagen de Dios que revelan buena parte de nuestras oraciones no es creíble, no es digna de fe. Ya no es creíble para muchos que creen, y no es creíble para muchos que quisieran creer.
Pero me podrán decir: "¿Acaso no se dice en la Biblia, de comienzo a fin, que Dios da lo que quiere cuando quiere, y que hay que pedírselo para que lo dé?” Sí, así es. Pero lo que se dice en la Biblia no lo debemos tomar tal cual, a la letra, y debemos procurar distinguir en el texto bíblico lo que es esencial y lo que no lo es. Por ejemplo, lo que es esencial en las palabras de Jesús cuando nos propone la parábola del juez desaprensivo como imagen de Dios. No quiere decir Jesús -¡imposible!- que Dios es como ese juez cínico. Y no quiere decir Jesús que debemos pedir a Dios sin cesar, sino más bien que debemos pedir con total confianza. Y al pedir con total confianza, lo importante no es el pedir, sino la confianza misma.
A esto quería llegar, amigos: la confianza es lo fundamental. Pedir a Dios esto y aquello no es necesario, y hasta puede ser absurdo. El mismo Jesús nos lo dijo claramente: "Al orar, no se pierdan en palabras, como hacen los paganos, creyendo que Dios los va a escuchar por hablar mucho. No sean como ellos, pues ya sabe el Padre lo que necesitan antes de que ustedes se lo pidan". Dios ya sabe. Y Dios no cesa jamás de darnos, como una fuente que mana cuanto puede. La fuente no puede dejar de manar. La madre no puede dejar de querer a su hijo. Dios no puede dejar de dar a todos, a todo, todo cuanto tiene y todo cuanto es.
Entonces, ¿para qué pedir? Si acaso, para tomar conciencia de nuestra necesidad. O, mejor aun, para expresar nuestra confianza. O, mejor aun, para aprender a recibir. O, tal vez mejor todavía, para convertirnos para nosotros mismos y para los demás en hacedores y dadores de todo aquello que pedimos a Dios.
Eso es. De pedir, hemos de pedir para tomar conciencia de nuestra necesidad, y para expresar nuestra confianza, y para aprender a recibir lo que Dios nos está regalando sin cesar, y, en definitiva, para darnos a nosotros mismos Dios mismo, para convertirnos en dadores de Dios para todos. Si no es para eso, nuestra oración de petición es pura magia, una torpe manera de querer obtener de Dios diversas cosas.
Y pienso que, ciertamente, hay mucha magia y mucha torpeza en nuestras oraciones. Y pienso que, si Jesús nos enseñara hoy a orar, nos enseñaría a orar sin pedir nada. Pienso que nos enseñaría a manifestar ante Dios nuestras necesidades y límites, y a expresar una confianza sin límites, y a acoger lo que Dios nos está dando sin cesar, y a ser fuente de los dones de Dios y a ser fuente de Dios mismo.
Pienso que Jesús nos enseñaría a llorar ante Dios, y a bailar y a celebrar la vida ante Dios, y a desahogar el corazón ante Dios y a abandonar la vida en las manos de Dios, como nos ha dicho el Salmo:
"El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha.
El sol no te hará daño de día,
ni la luna de noche.
Y si el sol te hace daño de día, o la luna de noche, Dios está junto a ti, sufriendo contigo y tomándote la mano. Pienso que Jesús nos enseñaría a orar así. Pienso que, en último término, Jesús nos enseñaría a ser pan y consuelo de Dios para nosotros mismos y para el mundo, a ser dadores de Dios para nosotros mismos y para el prójimo, y a ayudar a Dios a ser.
Así es como aprendió a orar Etty Hillesum, aquella joven mujer judía muerta en Auschwitz: "Señor, tú no puedes ayudarnos; nos toca a nosotros ayudarte a ti y, cuando lo hacemos así, es entonces cuando nos ayudamos a nosotros mismos".
José Arregi
Para orar
Dios mío, estos tiempos son tiempos de terror.
Esta noche, por primera vez, me he quedado despierta en la oscuridad,
con los ojos ardientes, mientras desfilaban ante mí,
sin parar, imágenes de sufrimiento.
Voy a prometerte una cosa, Dios mío, una cosa muy pequeña:
me abstendré de colgar en este día, como otros tantos pesos,
las angustias que me inspira el futuro.
Pero esto requiere cierto entrenamiento.
De momento, a cada día le basta su pena.
Voy a ayudarte, Dios mío, a no apagarte en mí,
pero no puedo garantizarte nada por adelantado.
Sin embargo, hay una cosa que se me presenta
cada vez con mayor claridad:
no eres tú quien puede ayudarnos,
sino nosotros quienes podemos ayudarte a ti
y, al hacerlo, ayudarnos a nosotros mismos.
Esto es todo lo que podemos salvar en esta época,
y también lo único que cuenta: un poco de ti en nosotros, Dios mío.
Quizá también nosotros podamos contribuir a sacarte a la luz
en los corazones devastados de los otros.
Etty Hillesum, Diario durante la persecución nazi
Imaginemos que viene a misa con nosotros una persona -¡son ya tantas!- totalmente ajena a nuestras creencias y prácticas religiosas; viene por simple curiosidad, simplemente a ver. ¿Qué pensaría? A menudo me hago esta pregunta: ¿qué pensaría o qué diría esa persona, escuchándonos en misa?
Me parece, por ejemplo, que se extrañaría muchísimo al oír cómo hablamos de Dios y cómo le oramos. Me parece que diría entre sí: "¿Pero qué clase de Dios es éste? La iglesia llena de gente no cesa de pedirle: de pedirle piedad, de pedirle perdón, de pedirle salud, de pedirle pan, de pedirle paz, de pedirle por éste y aquél, y de pedirle y de rogarle que les escuche. ¿Quién será este Dios? No aparece por ningún lado, pero debe de ser sin duda algún señor enfurruñado, cuando se hace de rogar tanto para darles algo".
Perdónenme, amigos, pero muchas veces me vienen a la mente pensamientos así, cuando me pongo a observar nuestras oraciones. Cuando oramos, la mayor parte del tiempo la pasamos pidiendo, y me cuesta creer que a Dios le agrade nuestro incesante pedir.
¿Piensan que Dios necesita que le pidamos? ¿Piensan que debemos pedirle porque no sabe lo que necesitamos? ¿O piensan que, aunque sabe lo que necesitamos, le gusta que le supliquemos? ¿O piensan que nuestras súplicas le mueven a darnos lo que espontáneamente no nos daría? ¿Piensan que nuestras oraciones lo ablandan? ¿Piensan que Dios es como un señor que da lo que quiere cuando quiere a quien quiere?
Sí, ya sé que son preguntas un tanto forzadas, y se pueden sentir incómodos con ellas. Pero son nuestras oraciones las que ponen de manifiesto en buena medida qué imagen de Dios tenemos, y es lo que quisiera hacerles ver. Pues bien, me parece que la imagen de Dios que revelan buena parte de nuestras oraciones no es creíble, no es digna de fe. Ya no es creíble para muchos que creen, y no es creíble para muchos que quisieran creer.
Pero me podrán decir: "¿Acaso no se dice en la Biblia, de comienzo a fin, que Dios da lo que quiere cuando quiere, y que hay que pedírselo para que lo dé?” Sí, así es. Pero lo que se dice en la Biblia no lo debemos tomar tal cual, a la letra, y debemos procurar distinguir en el texto bíblico lo que es esencial y lo que no lo es. Por ejemplo, lo que es esencial en las palabras de Jesús cuando nos propone la parábola del juez desaprensivo como imagen de Dios. No quiere decir Jesús -¡imposible!- que Dios es como ese juez cínico. Y no quiere decir Jesús que debemos pedir a Dios sin cesar, sino más bien que debemos pedir con total confianza. Y al pedir con total confianza, lo importante no es el pedir, sino la confianza misma.
A esto quería llegar, amigos: la confianza es lo fundamental. Pedir a Dios esto y aquello no es necesario, y hasta puede ser absurdo. El mismo Jesús nos lo dijo claramente: "Al orar, no se pierdan en palabras, como hacen los paganos, creyendo que Dios los va a escuchar por hablar mucho. No sean como ellos, pues ya sabe el Padre lo que necesitan antes de que ustedes se lo pidan". Dios ya sabe. Y Dios no cesa jamás de darnos, como una fuente que mana cuanto puede. La fuente no puede dejar de manar. La madre no puede dejar de querer a su hijo. Dios no puede dejar de dar a todos, a todo, todo cuanto tiene y todo cuanto es.
Entonces, ¿para qué pedir? Si acaso, para tomar conciencia de nuestra necesidad. O, mejor aun, para expresar nuestra confianza. O, mejor aun, para aprender a recibir. O, tal vez mejor todavía, para convertirnos para nosotros mismos y para los demás en hacedores y dadores de todo aquello que pedimos a Dios.
Eso es. De pedir, hemos de pedir para tomar conciencia de nuestra necesidad, y para expresar nuestra confianza, y para aprender a recibir lo que Dios nos está regalando sin cesar, y, en definitiva, para darnos a nosotros mismos Dios mismo, para convertirnos en dadores de Dios para todos. Si no es para eso, nuestra oración de petición es pura magia, una torpe manera de querer obtener de Dios diversas cosas.
Y pienso que, ciertamente, hay mucha magia y mucha torpeza en nuestras oraciones. Y pienso que, si Jesús nos enseñara hoy a orar, nos enseñaría a orar sin pedir nada. Pienso que nos enseñaría a manifestar ante Dios nuestras necesidades y límites, y a expresar una confianza sin límites, y a acoger lo que Dios nos está dando sin cesar, y a ser fuente de los dones de Dios y a ser fuente de Dios mismo.
Pienso que Jesús nos enseñaría a llorar ante Dios, y a bailar y a celebrar la vida ante Dios, y a desahogar el corazón ante Dios y a abandonar la vida en las manos de Dios, como nos ha dicho el Salmo:
"El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha.
El sol no te hará daño de día,
ni la luna de noche.
Y si el sol te hace daño de día, o la luna de noche, Dios está junto a ti, sufriendo contigo y tomándote la mano. Pienso que Jesús nos enseñaría a orar así. Pienso que, en último término, Jesús nos enseñaría a ser pan y consuelo de Dios para nosotros mismos y para el mundo, a ser dadores de Dios para nosotros mismos y para el prójimo, y a ayudar a Dios a ser.
Así es como aprendió a orar Etty Hillesum, aquella joven mujer judía muerta en Auschwitz: "Señor, tú no puedes ayudarnos; nos toca a nosotros ayudarte a ti y, cuando lo hacemos así, es entonces cuando nos ayudamos a nosotros mismos".
José Arregi
Para orar
Dios mío, estos tiempos son tiempos de terror.
Esta noche, por primera vez, me he quedado despierta en la oscuridad,
con los ojos ardientes, mientras desfilaban ante mí,
sin parar, imágenes de sufrimiento.
Voy a prometerte una cosa, Dios mío, una cosa muy pequeña:
me abstendré de colgar en este día, como otros tantos pesos,
las angustias que me inspira el futuro.
Pero esto requiere cierto entrenamiento.
De momento, a cada día le basta su pena.
Voy a ayudarte, Dios mío, a no apagarte en mí,
pero no puedo garantizarte nada por adelantado.
Sin embargo, hay una cosa que se me presenta
cada vez con mayor claridad:
no eres tú quien puede ayudarnos,
sino nosotros quienes podemos ayudarte a ti
y, al hacerlo, ayudarnos a nosotros mismos.
Esto es todo lo que podemos salvar en esta época,
y también lo único que cuenta: un poco de ti en nosotros, Dios mío.
Quizá también nosotros podamos contribuir a sacarte a la luz
en los corazones devastados de los otros.
Etty Hillesum, Diario durante la persecución nazi
domingo, 4 de julio de 2010
Carta abierta a Maradona, por Carlos Malbrán
PARA EL CASO DE QUE NO GANEMOS ESTE CAMPEONATO DEL MUNDO. QUERIDO DIEGO, “PELUSA”, “PIBE DE ORO”, “DIEZ”, “DIOS”, “GORDO”: Quiero hacer memoria, para que no se te olvide a vos, ni a ninguno de los argentinos.
Eras un pibe de la villa miseria de Fiorito. Uno de esos asentamientos informales, insalubres y laberínticos, de viviendas precarias en las que se hacinan los desplazados. Síntoma brutal de la marginación y la pobreza, del que los políticos prefieren no hablar porque es poner en duda toda la estructura legal del sistema. Jugabas porque el fútbol es la expansión de los humildes, un acto atemporal que los saca de las desdichas cotidianas. La vida te había negado casi todo, y vos, como miles de chicos argentinos, con tus zapatos rotos, te desquitabas a patadas.
En 1973 alguien te dijo: - Che pibe, vamos a armar un equipo para jugar en el “Torneo Evita”, ¿Entrás?
Con tus piernas flacas y tu rostro de “negrito”, te convertiste en la pesadilla del torneo, nadie quería enfrentarte. “Los Cebollitas”, (así se llamaban), se llevaron la copa y al año siguiente ganaron el Campeonato de la 8ª División. El conjunto se mantuvo invicto 136 partidos y gracias a que “Los Cebollitas” se convirtieron en una sensación, conociste Perú y Uruguay, donde los invitaron a jugar. No tenías 12 años y ya eras campeón.
A alguien se le ocurrió hacerte debutar en las inferiores del Club Argentino Juniors. Resultó fácil, fue el primer acto ilícito de tu vida: te cambiaron el nombre y mintieron la edad, agregándote dos años para que te aceptaran. Algo completamente inútil porque tu brillo era tal que cuando te vieron jugar, todos preguntaban: ¿Quién ese pibe? ¿De dónde salió ese prodigio?
Entonces decidieron que era mejor ponerte en el entretiempo de los partidos de la Primera División para que entretuvieras a la hinchada haciendo malabares con la pelota. Naciste mago. Siempre la pelota ha hecho todo lo que querés, ¿O será al revés?
Llegaste a la villa eufórico:
- ¡Mamá, me pagaron!
Doña Dalma te dio un beso y tu padre Diego te regaló una sonrisa y una palmada afectuosa. Hasta hay un viejo comercial de Coca Cola, donde se ve a aquel muchachito haciendo maravillas.
La primera vez que figuraste en los diarios, (esos que cada vez que pueden, intentan destruirte por tus ideas), tenías diez años. El Clarín decía: “Había un pibe con porte y clase de ‘crack’…”. Este periodista no sabía que aún faltaban por llenar muchas páginas hablando del “Pibe de Fiorito”. Porque en dos años ascendiste ocho divisiones en Argentinos Juniors, de novena a primera, y comenzaste a dibujar tu historia con goles: en 1978, aunque te consagraste como el goleador del Metropolitano, el flaco Menotti te dejó fuera de la Selección que ganó el campeonato porque eras muy niño, pero al año siguiente nos trajiste la Copa del Mundial Juvenil.
Por ese tiempo, aunque River te quería contratar y te ofreció lo mismo que ganaba Ubaldo Fillol, el jugador mejor pagado de entonces, decidiste jugar para Boca, que estaba en serios problemas económicos y no podía comprar tu pase. Nos hiciste campeones, pero duraste poco. Europa siempre ha pagado mejor y te fuiste al Sevilla y después al Nápoles. El Mundial de México 86, siempre será recordado como “el Mundial de Maradona” y podría escribir muchas páginas con las emociones que nos hiciste vivir, porque cada vez que mandaste la pelota al fondo de la red, no era un gol de Maradona, era un tanto de desquite de todos los humildes de tu pueblo.
La FIFA, aún a regañadientes, (los oligarcas del fútbol no te quieren Diego) tuvo que elegirte como al mejor jugador del siglo XX. Para nosotros significas mucho más. Siempre recordaré cuando como consecuencia de haber caído en los abismos de la droga, te tuvieron que internar de urgencia y una multitud angustiada hizo intransitable cuadras enteras en torno al hospital. Alguien puso un gran cartel: “El cielo tiene que esperar”, otro decía: “Siempre vivirás, Dios no quiere competencia.”, otro: “Jesús resucitó una vez. Vos, miles.”, y quizá el más significativo rezaba: “Diego, no aflojés que vas a salir. No podés perder. No te olvides que Maradona juega para vos.”
Saliste de la droga como también te levantaste de cada golpe que te dieron en la cancha, pero los medios internacionales siempre magnificaron tu adicción a las drogas y cada error que cometías, porque lo que no te perdonan es que a pesar del dinero, la fama y la gloria, nunca olvidaste al pibe de la villa de Fiorito y que cada uno de tus mensajes políticos mueva la conciencia de los pobres y explotados del mundo. El mercado puede aceptar que seas un genio del fútbol, pero no que te hayas convertido en la compensación para una sociedad frustrada por varias dictaduras militares y desgastada por el accionar de políticos corruptos.
Se acepta, ¿qué otro remedio les queda?, que seas un campeón, más no que reflejes los sentimientos de los despojados que necesitan creer que Dios no está tan lejos. Eso no te lo van a perdonar nunca Diego. La FIFA no te puede perdonar que promuevas la sindicalización de los jugadores, a los que llamas “los obreros del fútbol”, porque eso echaría por tierra un negocio que mueve millones de dólares cada cuatro años.
Si Maradona dona una escuela, o promueve una colecta para los niños pobres con parálisis, no saldrá en la primera plana de ningún periódico del mundo, porque lo imperdonable no son estos actos en sí, sino que lo hagas siempre diciendo que sólo estás devolviendo algo de lo que los poderosos roban a la gente.
Demagogo, populista, oportunista, drogadicto, son los calificativos aconsejados por los señores de la SIP para poner junto a tu nombre. Como también aconsejan destacar siempre las declaraciones del señor Pelé, porque ese si es “bueno”. Se coloca debajo de un cartel de alguna firma de productos deportivos, que por supuesto le paga, para reivindicar siempre al sistema y defender sus intereses. De eso vive. No te van a perdonar tus visitas a Chávez, o que tengas al Ché tatuado en tu hombro.
La única vez que te tuve cerca fue cuando en noviembre de 2005, con motivo de la Cumbre de Presidentes de Mar del Plata, nos invitaste a ir a repudiar la presencia de Bush en la Argentina. Los grandes diarios del mundo, no publicaron en estos días la foto de la Selección Argentina despidiéndose rumbo a Sudáfrica con una gran pancarta que decía: “Apoyamos a las abuelas de Plaza de Mayo para el Premio Nobel de la Paz”. Ni tampoco la noticia de que recibiste en Pretoria a Estela Carlotto con un gran abrazo.
Eso no se perdona Diego. El fútbol, vos lo sabés mejor que nadie, es un juego impredecible y como bien declaraste: “No hay favoritos. Cualquiera te puede clavar la pelota en el ángulo y todo lo que hiciste… Chau”. Todo es posible, pero por todo esto y mucho más quiero decirte que si eso sucede, no te hagas ningún problema, porque con nosotros ya cumpliste.
Gracias por ser Maradona. Gracias por ser nuestra alegría y nuestra esperanza. Gracias por no olvidar al pibe de Fiorito. Gracias por representarnos siempre a todos con dignidad. Gracias campeón. (Agencia Paco Urondo)
Eras un pibe de la villa miseria de Fiorito. Uno de esos asentamientos informales, insalubres y laberínticos, de viviendas precarias en las que se hacinan los desplazados. Síntoma brutal de la marginación y la pobreza, del que los políticos prefieren no hablar porque es poner en duda toda la estructura legal del sistema. Jugabas porque el fútbol es la expansión de los humildes, un acto atemporal que los saca de las desdichas cotidianas. La vida te había negado casi todo, y vos, como miles de chicos argentinos, con tus zapatos rotos, te desquitabas a patadas.
En 1973 alguien te dijo: - Che pibe, vamos a armar un equipo para jugar en el “Torneo Evita”, ¿Entrás?
Con tus piernas flacas y tu rostro de “negrito”, te convertiste en la pesadilla del torneo, nadie quería enfrentarte. “Los Cebollitas”, (así se llamaban), se llevaron la copa y al año siguiente ganaron el Campeonato de la 8ª División. El conjunto se mantuvo invicto 136 partidos y gracias a que “Los Cebollitas” se convirtieron en una sensación, conociste Perú y Uruguay, donde los invitaron a jugar. No tenías 12 años y ya eras campeón.
A alguien se le ocurrió hacerte debutar en las inferiores del Club Argentino Juniors. Resultó fácil, fue el primer acto ilícito de tu vida: te cambiaron el nombre y mintieron la edad, agregándote dos años para que te aceptaran. Algo completamente inútil porque tu brillo era tal que cuando te vieron jugar, todos preguntaban: ¿Quién ese pibe? ¿De dónde salió ese prodigio?
Entonces decidieron que era mejor ponerte en el entretiempo de los partidos de la Primera División para que entretuvieras a la hinchada haciendo malabares con la pelota. Naciste mago. Siempre la pelota ha hecho todo lo que querés, ¿O será al revés?
Llegaste a la villa eufórico:
- ¡Mamá, me pagaron!
Doña Dalma te dio un beso y tu padre Diego te regaló una sonrisa y una palmada afectuosa. Hasta hay un viejo comercial de Coca Cola, donde se ve a aquel muchachito haciendo maravillas.
La primera vez que figuraste en los diarios, (esos que cada vez que pueden, intentan destruirte por tus ideas), tenías diez años. El Clarín decía: “Había un pibe con porte y clase de ‘crack’…”. Este periodista no sabía que aún faltaban por llenar muchas páginas hablando del “Pibe de Fiorito”. Porque en dos años ascendiste ocho divisiones en Argentinos Juniors, de novena a primera, y comenzaste a dibujar tu historia con goles: en 1978, aunque te consagraste como el goleador del Metropolitano, el flaco Menotti te dejó fuera de la Selección que ganó el campeonato porque eras muy niño, pero al año siguiente nos trajiste la Copa del Mundial Juvenil.
Por ese tiempo, aunque River te quería contratar y te ofreció lo mismo que ganaba Ubaldo Fillol, el jugador mejor pagado de entonces, decidiste jugar para Boca, que estaba en serios problemas económicos y no podía comprar tu pase. Nos hiciste campeones, pero duraste poco. Europa siempre ha pagado mejor y te fuiste al Sevilla y después al Nápoles. El Mundial de México 86, siempre será recordado como “el Mundial de Maradona” y podría escribir muchas páginas con las emociones que nos hiciste vivir, porque cada vez que mandaste la pelota al fondo de la red, no era un gol de Maradona, era un tanto de desquite de todos los humildes de tu pueblo.
La FIFA, aún a regañadientes, (los oligarcas del fútbol no te quieren Diego) tuvo que elegirte como al mejor jugador del siglo XX. Para nosotros significas mucho más. Siempre recordaré cuando como consecuencia de haber caído en los abismos de la droga, te tuvieron que internar de urgencia y una multitud angustiada hizo intransitable cuadras enteras en torno al hospital. Alguien puso un gran cartel: “El cielo tiene que esperar”, otro decía: “Siempre vivirás, Dios no quiere competencia.”, otro: “Jesús resucitó una vez. Vos, miles.”, y quizá el más significativo rezaba: “Diego, no aflojés que vas a salir. No podés perder. No te olvides que Maradona juega para vos.”
Saliste de la droga como también te levantaste de cada golpe que te dieron en la cancha, pero los medios internacionales siempre magnificaron tu adicción a las drogas y cada error que cometías, porque lo que no te perdonan es que a pesar del dinero, la fama y la gloria, nunca olvidaste al pibe de la villa de Fiorito y que cada uno de tus mensajes políticos mueva la conciencia de los pobres y explotados del mundo. El mercado puede aceptar que seas un genio del fútbol, pero no que te hayas convertido en la compensación para una sociedad frustrada por varias dictaduras militares y desgastada por el accionar de políticos corruptos.
Se acepta, ¿qué otro remedio les queda?, que seas un campeón, más no que reflejes los sentimientos de los despojados que necesitan creer que Dios no está tan lejos. Eso no te lo van a perdonar nunca Diego. La FIFA no te puede perdonar que promuevas la sindicalización de los jugadores, a los que llamas “los obreros del fútbol”, porque eso echaría por tierra un negocio que mueve millones de dólares cada cuatro años.
Si Maradona dona una escuela, o promueve una colecta para los niños pobres con parálisis, no saldrá en la primera plana de ningún periódico del mundo, porque lo imperdonable no son estos actos en sí, sino que lo hagas siempre diciendo que sólo estás devolviendo algo de lo que los poderosos roban a la gente.
Demagogo, populista, oportunista, drogadicto, son los calificativos aconsejados por los señores de la SIP para poner junto a tu nombre. Como también aconsejan destacar siempre las declaraciones del señor Pelé, porque ese si es “bueno”. Se coloca debajo de un cartel de alguna firma de productos deportivos, que por supuesto le paga, para reivindicar siempre al sistema y defender sus intereses. De eso vive. No te van a perdonar tus visitas a Chávez, o que tengas al Ché tatuado en tu hombro.
La única vez que te tuve cerca fue cuando en noviembre de 2005, con motivo de la Cumbre de Presidentes de Mar del Plata, nos invitaste a ir a repudiar la presencia de Bush en la Argentina. Los grandes diarios del mundo, no publicaron en estos días la foto de la Selección Argentina despidiéndose rumbo a Sudáfrica con una gran pancarta que decía: “Apoyamos a las abuelas de Plaza de Mayo para el Premio Nobel de la Paz”. Ni tampoco la noticia de que recibiste en Pretoria a Estela Carlotto con un gran abrazo.
Eso no se perdona Diego. El fútbol, vos lo sabés mejor que nadie, es un juego impredecible y como bien declaraste: “No hay favoritos. Cualquiera te puede clavar la pelota en el ángulo y todo lo que hiciste… Chau”. Todo es posible, pero por todo esto y mucho más quiero decirte que si eso sucede, no te hagas ningún problema, porque con nosotros ya cumpliste.
Gracias por ser Maradona. Gracias por ser nuestra alegría y nuestra esperanza. Gracias por no olvidar al pibe de Fiorito. Gracias por representarnos siempre a todos con dignidad. Gracias campeón. (Agencia Paco Urondo)
martes, 29 de junio de 2010
¿Qué ves cuando los ves?
Les paso un artículo de Página 12 sobre la problemática adolescente realizado por Gabriel Brener. Que lo disfruten para seguir pensando en ellos....
Como si fuesen hijos de nadie, como si no fueran el cuerpo y el alma de los cambios sociales, como si diera lo mismo no invertir en ellos, allí están, nuestros jóvenes, como objeto de la arrolladora y mercantil pluma de titulares que los etiquetan como feos, sucios y malos. Y en la TV nos bombardean con las imágenes de un grupo de adolescentes que mientras reclaman por una escuela digna, o sea por su propio futuro, se equivocan al pegarle a un adulto que se equivoca aún mas desafiándolos (porque un adulto siempre es más responsable que un adolescente) y confirmando dicha provocación pide que los metan presos, que los echen del mundo.
Algunos medios de comunicación no sólo describen los acontecimientos sino que construyen un relato uniforme sobre los jóvenes, en especial sobre los más pobres. En vez de reconocerlos más frágiles, en vías de formación, los congela con el estigma del mal, asociándolos a una especie de epidemia contagiosa de violencia y descontrol.
Y, entonces, las pantallas ofrecen un voluminoso desfile de “periodismo de investigación”, una colección de videoclips que distribuyen el miedo como quien esparce maíz entre palomas mapeando territorios prohibidos, alertan una colección de inseguridades, y a partir de algunos rasgos (jóvenes morochos, ciertas gorras, zapatillas, etc.), configuran aquello que se denomina “portación de rostro”, sentenciando su condición de sospechosos.
Dicha mediatización es imposible desligarla de un contexto ciudadano muy ávido de seguridad, que vive en un permanente estado de “miedoambiente” en sintonía con un sentido común punitivo que parece estar al acecho del castigo ejemplar y público como única forma de solución de los conflictos. Y aquí llegamos a una cuestión que cada tanto vuelve como un boomerang del menú mediático. La baja de edad en la imputabilidad como única solución de los problemas de inseguridad.
Sería necesario, desde una perspectiva adulta y responsable, intentar trocar la idea de pibes y adolescentes peligrosos que construyen los medios de comunicación y un dominante sentido común represivo por la idea de niños y jóvenes en peligro. Mientras sigan existiendo brutales niveles de desigualdad y la carencia de un proyecto de vida, todos como sociedad estamos en peligro.
Pero siempre los pibes están por delante. Quienes asumimos el desafío de educar, sabemos que los adultos podemos padecer serios desamparos, pero nunca debemos anteponerlos a los de los propios pibes, nuestros alumnos, nuestros hijos. Ellos son siempre la clara expresión de lo que los adultos hemos hecho con ellos y somos siempre responsables por ellos y ante ellos. Vale entonces no confundir los tantos...
Soy docente y apuesto a que en nuestras aulas, pero también fuera de ellas, podamos generar reflexión y análisis crítico sobre los medios de comunicación. De esta manera, es probable que nos hagamos de una herramienta clave para promover prácticas educativas menos excluyentes y más plurales, así como un ejercicio de ciudadanía democrática.
En los modos de mirar, en la manera de expresar lo que vemos, ponemos en juego nuestras representaciones de los otros, de lo deseable, de lo repudiable, de cuánto los incluimos o si los estamos excluyendo. En nuestros modos de mirar a los más jóvenes es posible que exista el desafío de hacerles un lugar y darles confianza.
* Licenciado en Ciencias de la Educación, capacitador de docentes y directivos e Investigador del proyecto Ubacyt “Desigualdad, violencias y escuela: dimensiones de la socialización y la subjetivación” . Y coautor del libro Violencia escolar bajo sospecha, de Editorial Miño y Dávila.
Como si fuesen hijos de nadie, como si no fueran el cuerpo y el alma de los cambios sociales, como si diera lo mismo no invertir en ellos, allí están, nuestros jóvenes, como objeto de la arrolladora y mercantil pluma de titulares que los etiquetan como feos, sucios y malos. Y en la TV nos bombardean con las imágenes de un grupo de adolescentes que mientras reclaman por una escuela digna, o sea por su propio futuro, se equivocan al pegarle a un adulto que se equivoca aún mas desafiándolos (porque un adulto siempre es más responsable que un adolescente) y confirmando dicha provocación pide que los metan presos, que los echen del mundo.
Algunos medios de comunicación no sólo describen los acontecimientos sino que construyen un relato uniforme sobre los jóvenes, en especial sobre los más pobres. En vez de reconocerlos más frágiles, en vías de formación, los congela con el estigma del mal, asociándolos a una especie de epidemia contagiosa de violencia y descontrol.
Y, entonces, las pantallas ofrecen un voluminoso desfile de “periodismo de investigación”, una colección de videoclips que distribuyen el miedo como quien esparce maíz entre palomas mapeando territorios prohibidos, alertan una colección de inseguridades, y a partir de algunos rasgos (jóvenes morochos, ciertas gorras, zapatillas, etc.), configuran aquello que se denomina “portación de rostro”, sentenciando su condición de sospechosos.
Dicha mediatización es imposible desligarla de un contexto ciudadano muy ávido de seguridad, que vive en un permanente estado de “miedoambiente” en sintonía con un sentido común punitivo que parece estar al acecho del castigo ejemplar y público como única forma de solución de los conflictos. Y aquí llegamos a una cuestión que cada tanto vuelve como un boomerang del menú mediático. La baja de edad en la imputabilidad como única solución de los problemas de inseguridad.
Sería necesario, desde una perspectiva adulta y responsable, intentar trocar la idea de pibes y adolescentes peligrosos que construyen los medios de comunicación y un dominante sentido común represivo por la idea de niños y jóvenes en peligro. Mientras sigan existiendo brutales niveles de desigualdad y la carencia de un proyecto de vida, todos como sociedad estamos en peligro.
Pero siempre los pibes están por delante. Quienes asumimos el desafío de educar, sabemos que los adultos podemos padecer serios desamparos, pero nunca debemos anteponerlos a los de los propios pibes, nuestros alumnos, nuestros hijos. Ellos son siempre la clara expresión de lo que los adultos hemos hecho con ellos y somos siempre responsables por ellos y ante ellos. Vale entonces no confundir los tantos...
Soy docente y apuesto a que en nuestras aulas, pero también fuera de ellas, podamos generar reflexión y análisis crítico sobre los medios de comunicación. De esta manera, es probable que nos hagamos de una herramienta clave para promover prácticas educativas menos excluyentes y más plurales, así como un ejercicio de ciudadanía democrática.
En los modos de mirar, en la manera de expresar lo que vemos, ponemos en juego nuestras representaciones de los otros, de lo deseable, de lo repudiable, de cuánto los incluimos o si los estamos excluyendo. En nuestros modos de mirar a los más jóvenes es posible que exista el desafío de hacerles un lugar y darles confianza.
* Licenciado en Ciencias de la Educación, capacitador de docentes y directivos e Investigador del proyecto Ubacyt “Desigualdad, violencias y escuela: dimensiones de la socialización y la subjetivación” . Y coautor del libro Violencia escolar bajo sospecha, de Editorial Miño y Dávila.
sábado, 26 de junio de 2010
SIN INSTALARSE NI MIRAR ATRÁS
13 Tiempo ordinario (C) Lucas, 9, 51-62
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).
ECLESALIA, 23/06/10.- Seguir a Jesús es el corazón de la vida cristiana. Lo esencial. Nada hay más importante o decisivo. Precisamente por eso, Lucas describe tres pequeñas escenas para que las comunidades que lean su evangelio, tomen conciencia de que, a los ojos de Jesús, nada puede haber más urgente e inaplazable.
Jesús emplea imágenes duras y escandalosas. Se ve que quiere sacudir las conciencias. No busca más seguidores, sino seguidores más comprometidos, que le sigan sin reservas, renunciando a falsas seguridades y asumiendo las rupturas necesarias. Sus palabras plantean en el fondo una sola cuestión: ¿qué relación queremos establecer con él quienes nos decimos seguidores suyos?
Primera escena. Uno de los que le acompañan se siente tan atraído por Jesús que, antes de que lo llame, él mismo toma la iniciativa: «Te seguiré adonde vayas». Jesús le hace tomar conciencia de lo que está diciendo: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros nido», pero él «no tiene dónde reclinar su cabeza».
Seguir a Jesús es toda una aventura. Él no ofrece a los suyos seguridad o bienestar. No ayuda a ganar dinero o adquirir poder. Seguir a Jesús es "vivir de camino", sin instalarnos en el bienestar y sin buscar un falso refugio en la religión. Una Iglesia menos poderosa y más vulnerable no es una desgracia. Es lo mejor que nos puede suceder para purificar nuestra fe y confiar más en Jesús.
Segunda escena. Otro está dispuesto a seguirle, pero le pide cumplir primero con la obligación sagrada de «enterrar a su padre». A ningún judío puede extrañar, pues se trata de una de las obligaciones religiosas más importantes. La respuesta de Jesús es desconcertante: «Deja que los muertos entierren a sus muertos: tú vete a anunciar el reino de Dios».
Abrir caminos al reino de Dios trabajando por una vida más humana es siempre la tarea más urgente. Nada ha de retrasar nuestra decisión. Nadie nos ha de retener o frenar. Los "muertos", que no viven al servicio del reino de la vida, ya se dedicarán a otras obligaciones religiosas menos apremiantes que el reino de Dios y su justicia.
Tercera escena. A un tercero que quiere despedir a su familia antes de seguirlo, Jesús le dice: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios». No es posible seguir a Jesús mirando hacia atrás. No es posible abrir caminos al reino de Dios quedándonos en el pasado. Trabajar en el proyecto del Padre pide dedicación total, confianza en el futuro de Dios y audacia para caminar tras los pasos de Jesús.
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).
ECLESALIA, 23/06/10.- Seguir a Jesús es el corazón de la vida cristiana. Lo esencial. Nada hay más importante o decisivo. Precisamente por eso, Lucas describe tres pequeñas escenas para que las comunidades que lean su evangelio, tomen conciencia de que, a los ojos de Jesús, nada puede haber más urgente e inaplazable.
Jesús emplea imágenes duras y escandalosas. Se ve que quiere sacudir las conciencias. No busca más seguidores, sino seguidores más comprometidos, que le sigan sin reservas, renunciando a falsas seguridades y asumiendo las rupturas necesarias. Sus palabras plantean en el fondo una sola cuestión: ¿qué relación queremos establecer con él quienes nos decimos seguidores suyos?
Primera escena. Uno de los que le acompañan se siente tan atraído por Jesús que, antes de que lo llame, él mismo toma la iniciativa: «Te seguiré adonde vayas». Jesús le hace tomar conciencia de lo que está diciendo: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros nido», pero él «no tiene dónde reclinar su cabeza».
Seguir a Jesús es toda una aventura. Él no ofrece a los suyos seguridad o bienestar. No ayuda a ganar dinero o adquirir poder. Seguir a Jesús es "vivir de camino", sin instalarnos en el bienestar y sin buscar un falso refugio en la religión. Una Iglesia menos poderosa y más vulnerable no es una desgracia. Es lo mejor que nos puede suceder para purificar nuestra fe y confiar más en Jesús.
Segunda escena. Otro está dispuesto a seguirle, pero le pide cumplir primero con la obligación sagrada de «enterrar a su padre». A ningún judío puede extrañar, pues se trata de una de las obligaciones religiosas más importantes. La respuesta de Jesús es desconcertante: «Deja que los muertos entierren a sus muertos: tú vete a anunciar el reino de Dios».
Abrir caminos al reino de Dios trabajando por una vida más humana es siempre la tarea más urgente. Nada ha de retrasar nuestra decisión. Nadie nos ha de retener o frenar. Los "muertos", que no viven al servicio del reino de la vida, ya se dedicarán a otras obligaciones religiosas menos apremiantes que el reino de Dios y su justicia.
Tercera escena. A un tercero que quiere despedir a su familia antes de seguirlo, Jesús le dice: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios». No es posible seguir a Jesús mirando hacia atrás. No es posible abrir caminos al reino de Dios quedándonos en el pasado. Trabajar en el proyecto del Padre pide dedicación total, confianza en el futuro de Dios y audacia para caminar tras los pasos de Jesús.
jueves, 24 de junio de 2010
Cuento: Eligiendo cruces
Les comparto este cuento de Mamerto Menapace que puede servir para compartir con grandes y chicos. Al final viene una guía de trabajo
Estos también es del tiempo viejo, cuando Dios se revelaba en sueños. O al menos la gente todavía acostumbraba a soñar con Dios. Y era con Dios que nuestro caminante había estado dialogando toda aquella tarde. Tal vez sería mucho hablar de diálogo, ya que no tenía muchas ganas de escuchar sino de hablar y desahogarse.
El hombre cargaba una buena estiba de años, sin haber llegado a viejo. Sentía en sus pierna el cansancio de los caminos, luego de haber andado toda la tarde bajo la fría llovizna, con el mono al hombre y bordeando las vías del ferrocarril hacía tiempo que se había largado a linyerear, abandonando, vaya a saber por qué, su familia, su pago y sus amigos. Un poco de amargura guardaba por dentro, y la había venido rumiando despacio como para acompañar la soledad.
Finalmente llegó mojado y aterido hasta la estación del ferrocarril, solitaria a la costa de aquello que hubiera querido ser un pueblito, pero que de hecho nunca pasó de ser un conjunto de casas que actualmente se estaban despoblando. No le costó conseguir permiso para pasar la noche al reparo de uno de los grandes galpones de cinc. Allí hizo un fueguito, y en un tarro que oficiaba de ollita recalentó el estofado que le habían dado al mediodía en la estancia donde pasara la mañana. Reconfortado por dentro, preparó su cama: un trozo de plástico negro como colchón que evitaba la humedad. Encima dos o tres bolsas que llevaba en el mono, más un par de otras que encontró allí. Para taparse tenía una cobija vieja, escasa de lana y abundante en vida menuda. Como quien se espanta un peligro de enfrente, se santiguó y rezó el Bendito que le enseñara su madre.
Tal vez fuera la oración familiar la que lo hizo pensar en Dios. Y como no tenía otro a quien quejarse, se las agarró con el Todopoderosos reprochándole su mala suerte. A él tenían que tocarle todas. Pareciera que el mismo Tata Dios se las había agarrado con él, cargándole todas las cruces del mundo. Todos los demás eran felices, a pesar de no ser tan buenos y decentes como él. Tenían sus camas, su familia, su casa, sus amigos. En cambio aquí lo tenía a él, como si fuera un animal, arrinconado en un galpón, mojado por la lluvia y medio muerto de hambre y de frío. Y con estos pensamientos se quedó dormido, porque no era hombre de sufrir insomnios por incomodidades. No tenía preocupaciones que se lo quitaran. En el sueño va y se le aparece Tata Dios, que le dice:
-Vea, amigo. Yo ya estoy cansado de que los hombres se me anden quejando siempre. Parece que nadie está conforme con lo que yo le he destinado. Así que desde ahora le dejo a cada uno que elija la cruz que tendrá que llevar. Pero que después no me vengan con quejas. La que agarren tendrán que cargarla para el resto del viaje y sin protestar. Y como usted está aquí, será el primero a quien le doy la oportunidad de seleccionar la suya, vea, acabo de recorrer el mundo retirando todas las cruces de los hombres, y las he traído a este galpón grande. Levántese y elija la que le guste.
Sorprendido el hombre, mira y ve que efectivamente el galpón estaba que hervía de cruces, de todos los tamaños, pesos y formas. Era una barbaridad de cruces las que allí había: de fierro, de madera, de plástico, y de cuanta material uno pudiera imaginarse.
Miró primero para el lado que quedaban las más chiquitas. Pero le dio vergüenza pedir una tan pequeña. El era un hombre sano y fuerte. No era justo siendo el primero quedarse con una tan chica. Buscó entonces entre las grandes, pero se desanimó enseguida, porque se dio cuenta que o le daba el hombro para tanto. Fue entonces y se decidió por una tamaño medio: ni muy grande, ni tan chica.
Pero resulta que entre éstas, las había sumamente pesadas de quebracho, y otras livianitas de cartón como para que jugaran los gurises. Le dio no sé qué elegir una de juguete, y tuvo miedo de corajear una de las pesadas. Se quedó a mitad de camino, y entre las medianas de tamaño prefirió una de peso regular.
Faltaba con todo tomar aún otra decisión. Porque no todas las cruces tenían la misma terminación. Las había lisitas y parejas, como cepilladas a mano, lustrosas por el uso. Se acomodaban perfectamente al hombro y de seguro no habrían de sacar ampollas con el roce. En cambio había otras medio brutas, fabricadas a hacha y sin cuidado, llenas de rugosidades y nudos. Al menor movimiento podrían sacar heridas. Le hubiera gustado quedarse con la mejor que vio. Pero no le pareció correcto. El era hombre de campo, acostumbrado a llevar el mono al hombro durante horas. No era cuestión ahora de hacerse el delicado. Tata Dios lo estaba mirando, y no quería hacer mala letra delante suyo. Pero tampoco andaba con ganas de hacer bravatas y llevarse una que lo lastimara toda la vida.
Se decidió por fin y tomando de las medianas de tamaño, la que era regular de peso y de terminado, se dirigió a Tata Dios diciéndole que elegía para su vida aquella cruz.
Tata Dios lo miró a los ojos, y muy en serio le preguntó si estaba seguro de que se quedaría conforme en el futuro con la elección que estaba haciendo. Que lo pensara bien, no fuera que más adelante se arrepintiera y le viniera de nuevo con quejas.
Pero el hombre se afirmó en lo hecho y garantizó que realmente lo había pensado muy bien, y que con aquella cruz no habría problemas, que era la justa para él, y que no pensaba retirar su decisión. Tata Dios casi riéndose le dijo:
-Ven, amigo. Le voy a decir una cosa. Esa cruz que usted eligió es justamente la que ha venido llevando hasta el presente. Si se fija bien, tiene sus iniciales y señas. Yo mismo se la he sacado esta noche y no me costó mucho traerla, porque ya estaba aquí. Así que de ahora en adelante cargue su cruz y sígame, y déjese de protestas, que yo sé bien lo que hago y lo que a cada uno le conviene para llegar mejor hasta mi casa.
Y en ese momento el hombre se despertó, todo adolorido del hombre derecho por haber dormido incómodo sobre el duro piso del galpón.
A veces se me ocurre pensar que si Dios nos mostrara las cruces que llevan los demás, y nos ofreciera cambiar la nuestra, cualquiera de ellas, muy pocos aceptaríamos la oferta. Nos seguiríamos quejando lo mismo, pero nos negaríamos a cambiarla. No lo haríamos, ni dormidos.
Guía de Trabajo Pastoral por Marcelo A. Murúa
Cuento Eligiendo cruces, de Mamerto Menapace.
Publicado en el libro Cuentos Rodados, Editorial Patria Grande.
Lectura
Realizar la lectura del cuento en grupo. Es importante que todos los presentes tengan una copia del texto. Se pueden ir turnando dos o tres personas para leer el cuento en voz alta.
Rumiando el relato
Al terminar la lectura entre todo el grupo se reconstruye el relato en forma oral (se lo vuelve a contar).
¿Qué sucede en el relato?
¿Qué sucede con el protagonista? Caracterizar al protagonista.
¿Cuál es su queja?
¿Qué le propone Dios?
¿Cómo es el proceso de su elección? ¿Qué elige finalmente?
¿Qué le muestra Dios entonces?
Descubriendo el mensaje
El cuento nos ayuda a pensar en la vida que a cada uno le tocó vivir, con sus cosas buenas y sus cosas que no nos gustan tanto… todo aquello que solemos llamar "la cruz".
¿Estás conforme con lo que te ha tocado en la vida? ¿Por qué?
¿Qué cambiarías?
¿A qué llamas "cruz" en tu vida? ¿Conoces cruces pesadas en la vida de otras personas? Compáralas con la tuya.
¿Qué mensaje nos deja el cuento?
¿Cómo lo puedes aplicar a tu vida?
Compromiso para la vida
Sintetizar en una frase el mensaje del cuento para nuestra vida.
Para terminar: la oración en común
Leer en común el texto del evangelio señalado.
Compartir oraciones espontáneas en común. A cada intención acompañar diciendo: Señor, danos fuerzas para cargar la cruz de cada día
Terminar leyendo la oración.
Aceptar la vida
Señor,
si valorara más lo que he recibido,
si aprendiera a descubrir lo mucho que tengo,
si tuviera más paciencia y sabiduría
para entender tus caminos,
si recuperara la sorpresa y la gratitud,
si volviera a Ti mi mirada más seguido,
seguramente aceptaría
con más alegría y confianza
la vida tal como me las has dado,
porque Tú sabes
cuál es la ruta de mi camino hacia Tí.
- Que así sea -
Estos también es del tiempo viejo, cuando Dios se revelaba en sueños. O al menos la gente todavía acostumbraba a soñar con Dios. Y era con Dios que nuestro caminante había estado dialogando toda aquella tarde. Tal vez sería mucho hablar de diálogo, ya que no tenía muchas ganas de escuchar sino de hablar y desahogarse.
El hombre cargaba una buena estiba de años, sin haber llegado a viejo. Sentía en sus pierna el cansancio de los caminos, luego de haber andado toda la tarde bajo la fría llovizna, con el mono al hombre y bordeando las vías del ferrocarril hacía tiempo que se había largado a linyerear, abandonando, vaya a saber por qué, su familia, su pago y sus amigos. Un poco de amargura guardaba por dentro, y la había venido rumiando despacio como para acompañar la soledad.
Finalmente llegó mojado y aterido hasta la estación del ferrocarril, solitaria a la costa de aquello que hubiera querido ser un pueblito, pero que de hecho nunca pasó de ser un conjunto de casas que actualmente se estaban despoblando. No le costó conseguir permiso para pasar la noche al reparo de uno de los grandes galpones de cinc. Allí hizo un fueguito, y en un tarro que oficiaba de ollita recalentó el estofado que le habían dado al mediodía en la estancia donde pasara la mañana. Reconfortado por dentro, preparó su cama: un trozo de plástico negro como colchón que evitaba la humedad. Encima dos o tres bolsas que llevaba en el mono, más un par de otras que encontró allí. Para taparse tenía una cobija vieja, escasa de lana y abundante en vida menuda. Como quien se espanta un peligro de enfrente, se santiguó y rezó el Bendito que le enseñara su madre.
Tal vez fuera la oración familiar la que lo hizo pensar en Dios. Y como no tenía otro a quien quejarse, se las agarró con el Todopoderosos reprochándole su mala suerte. A él tenían que tocarle todas. Pareciera que el mismo Tata Dios se las había agarrado con él, cargándole todas las cruces del mundo. Todos los demás eran felices, a pesar de no ser tan buenos y decentes como él. Tenían sus camas, su familia, su casa, sus amigos. En cambio aquí lo tenía a él, como si fuera un animal, arrinconado en un galpón, mojado por la lluvia y medio muerto de hambre y de frío. Y con estos pensamientos se quedó dormido, porque no era hombre de sufrir insomnios por incomodidades. No tenía preocupaciones que se lo quitaran. En el sueño va y se le aparece Tata Dios, que le dice:
-Vea, amigo. Yo ya estoy cansado de que los hombres se me anden quejando siempre. Parece que nadie está conforme con lo que yo le he destinado. Así que desde ahora le dejo a cada uno que elija la cruz que tendrá que llevar. Pero que después no me vengan con quejas. La que agarren tendrán que cargarla para el resto del viaje y sin protestar. Y como usted está aquí, será el primero a quien le doy la oportunidad de seleccionar la suya, vea, acabo de recorrer el mundo retirando todas las cruces de los hombres, y las he traído a este galpón grande. Levántese y elija la que le guste.
Sorprendido el hombre, mira y ve que efectivamente el galpón estaba que hervía de cruces, de todos los tamaños, pesos y formas. Era una barbaridad de cruces las que allí había: de fierro, de madera, de plástico, y de cuanta material uno pudiera imaginarse.
Miró primero para el lado que quedaban las más chiquitas. Pero le dio vergüenza pedir una tan pequeña. El era un hombre sano y fuerte. No era justo siendo el primero quedarse con una tan chica. Buscó entonces entre las grandes, pero se desanimó enseguida, porque se dio cuenta que o le daba el hombro para tanto. Fue entonces y se decidió por una tamaño medio: ni muy grande, ni tan chica.
Pero resulta que entre éstas, las había sumamente pesadas de quebracho, y otras livianitas de cartón como para que jugaran los gurises. Le dio no sé qué elegir una de juguete, y tuvo miedo de corajear una de las pesadas. Se quedó a mitad de camino, y entre las medianas de tamaño prefirió una de peso regular.
Faltaba con todo tomar aún otra decisión. Porque no todas las cruces tenían la misma terminación. Las había lisitas y parejas, como cepilladas a mano, lustrosas por el uso. Se acomodaban perfectamente al hombro y de seguro no habrían de sacar ampollas con el roce. En cambio había otras medio brutas, fabricadas a hacha y sin cuidado, llenas de rugosidades y nudos. Al menor movimiento podrían sacar heridas. Le hubiera gustado quedarse con la mejor que vio. Pero no le pareció correcto. El era hombre de campo, acostumbrado a llevar el mono al hombro durante horas. No era cuestión ahora de hacerse el delicado. Tata Dios lo estaba mirando, y no quería hacer mala letra delante suyo. Pero tampoco andaba con ganas de hacer bravatas y llevarse una que lo lastimara toda la vida.
Se decidió por fin y tomando de las medianas de tamaño, la que era regular de peso y de terminado, se dirigió a Tata Dios diciéndole que elegía para su vida aquella cruz.
Tata Dios lo miró a los ojos, y muy en serio le preguntó si estaba seguro de que se quedaría conforme en el futuro con la elección que estaba haciendo. Que lo pensara bien, no fuera que más adelante se arrepintiera y le viniera de nuevo con quejas.
Pero el hombre se afirmó en lo hecho y garantizó que realmente lo había pensado muy bien, y que con aquella cruz no habría problemas, que era la justa para él, y que no pensaba retirar su decisión. Tata Dios casi riéndose le dijo:
-Ven, amigo. Le voy a decir una cosa. Esa cruz que usted eligió es justamente la que ha venido llevando hasta el presente. Si se fija bien, tiene sus iniciales y señas. Yo mismo se la he sacado esta noche y no me costó mucho traerla, porque ya estaba aquí. Así que de ahora en adelante cargue su cruz y sígame, y déjese de protestas, que yo sé bien lo que hago y lo que a cada uno le conviene para llegar mejor hasta mi casa.
Y en ese momento el hombre se despertó, todo adolorido del hombre derecho por haber dormido incómodo sobre el duro piso del galpón.
A veces se me ocurre pensar que si Dios nos mostrara las cruces que llevan los demás, y nos ofreciera cambiar la nuestra, cualquiera de ellas, muy pocos aceptaríamos la oferta. Nos seguiríamos quejando lo mismo, pero nos negaríamos a cambiarla. No lo haríamos, ni dormidos.
Guía de Trabajo Pastoral por Marcelo A. Murúa
Cuento Eligiendo cruces, de Mamerto Menapace.
Publicado en el libro Cuentos Rodados, Editorial Patria Grande.
Lectura
Realizar la lectura del cuento en grupo. Es importante que todos los presentes tengan una copia del texto. Se pueden ir turnando dos o tres personas para leer el cuento en voz alta.
Rumiando el relato
Al terminar la lectura entre todo el grupo se reconstruye el relato en forma oral (se lo vuelve a contar).
¿Qué sucede en el relato?
¿Qué sucede con el protagonista? Caracterizar al protagonista.
¿Cuál es su queja?
¿Qué le propone Dios?
¿Cómo es el proceso de su elección? ¿Qué elige finalmente?
¿Qué le muestra Dios entonces?
Descubriendo el mensaje
El cuento nos ayuda a pensar en la vida que a cada uno le tocó vivir, con sus cosas buenas y sus cosas que no nos gustan tanto… todo aquello que solemos llamar "la cruz".
¿Estás conforme con lo que te ha tocado en la vida? ¿Por qué?
¿Qué cambiarías?
¿A qué llamas "cruz" en tu vida? ¿Conoces cruces pesadas en la vida de otras personas? Compáralas con la tuya.
¿Qué mensaje nos deja el cuento?
¿Cómo lo puedes aplicar a tu vida?
Compromiso para la vida
Sintetizar en una frase el mensaje del cuento para nuestra vida.
Para terminar: la oración en común
Leer en común el texto del evangelio señalado.
Compartir oraciones espontáneas en común. A cada intención acompañar diciendo: Señor, danos fuerzas para cargar la cruz de cada día
Terminar leyendo la oración.
Aceptar la vida
Señor,
si valorara más lo que he recibido,
si aprendiera a descubrir lo mucho que tengo,
si tuviera más paciencia y sabiduría
para entender tus caminos,
si recuperara la sorpresa y la gratitud,
si volviera a Ti mi mirada más seguido,
seguramente aceptaría
con más alegría y confianza
la vida tal como me las has dado,
porque Tú sabes
cuál es la ruta de mi camino hacia Tí.
- Que así sea -
viernes, 18 de junio de 2010

La Corte Suprema a favor de la Ley de Medios por 8 votos a favor y 0 en contra.
Clarin que publicó en tapa??
Desde hace tiempo, y gracias a Internet, es sencillo descubrir cuando te mienten y cuando te ocultan
En comparación con sus colegas Página/12, Crónica, La Nación, Ambito y El Cronista, Clarín es el diario que menos visibilidad le da al fallo de la Corte Suprema en favor de la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Además es el único que excluye de la primera plana el debate en Gualeguaychú respecto del bloqueo de la ruta 136. Luego de que Diario Popular priorizara ayer en la portada que “Se suicidaron ocho chicos por macabro juego de la muerte”, Clarín toma hoy la posta al destacar que “Investigan en Salta rara ola de muertes de adolescentes”.
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